Camino del rodapiés

Diario de una epidemia 48 –

Cada vez es más difícil encontrarse por la casa con esas especies tan raras que campaban a sus anchas los primeros días de confinamiento. Así se va imponiendo el mundo anterior. Y es que tengo la sensación de que la nueva normalidad es, en realidad, más vieja de lo que pensábamos.

Las manadas de camisetas, por ejemplo, que volvieron a pacer tranquilamente en la región de la entrada, junto a los bosques de chaquetas y plumíferos, han desaparecido de nuevo.  Han regresado a sus lugares mitológicos y por más que mi hijo se esfuerza cada mañana en llamarlos, no hay manera. Hemos probado incluso a penetrar unos metros en el bosque para dejarles unas perchas, que dicen que les encantan. Pero solo encontramos silencio y pelusas.

Me da pena. Así de rápido se deja sentir de nuevo nuestra huella. Fue quitar el cartel de «Hic Sunt Dracones» que pusimos al principio, ahora que ya podemos salir a la calle, y como en el libro de La historia interminable, todo lo bello se precipitó hacia la nada. La fantasía, la poesía, las ensoñaciones han empezado a esfumarse como el calor evapora el agua, hacia regiones de donde no sabemos a ciencia cierta cuándo volverán. No creo que tarden demasiado en seguir ese camino el resto de la artes. Es como si ahora que recuperamos nuestro tiempo reglado, volviésemos a nuestro estadio de sopor en el que música y literatura son solo unas etiquetas al final de la extensa nota a pie de página de nuestras vidas. Seguirá huérfana la cultura. Quién sabe si tendrán que convertirse en epidemia los virus ideológicos para que venga algún ministro a meterla en un real decreto declarándola esencial.

Hojas de octubre, autor desconocido, 1898. Dominio público.

La normalidad, sea nueva o vieja, es una calle repleta otra vez de coches. Son los alcorques de los árboles afeitados al cero, no vaya a ser que crezcan margaritas y amapolas. La normalidad son las banderas otra vez colgadas como guillotinas contra extraños. Son las caras embozadas que te miran con recelo. Es ese chico que ha vuelto a su esquina desierta para pedir una moneda, con guantes de nitrilo, eso sí.

Y así, se van borrando los vestigios de estos meses, porque es nuestra tendencia natural olvidar lo que nos hace mella. Somos animales oteando la inminencia del futuro y las heridas pertenecen siempre a lo pasado. No nos valen para seguir nuestra huida hacia adelante. Pretendemos ocultarlas haciendo como si no pasara nada, haciendo de nuestro alrededor un grotesco museo de cera.

Por eso, no aprendemos nada. Cuando mi hijo me preguntó la otra tarde por los seres mitológicos que habían salido del armario las últimas semanas, únicamente me salió disimular, cambiar de tema, sacar el aspirador y pasarlo por los rodapiés, que acumulan polvo que da gusto. Otra cosa sería realmente peligroso. ¿Acaso nadie se ha parado a pensar qué sucedería si habláramos desde las profundidades del confinamiento, sin máscaras ni guantes? ¿O si guardáramos silencio y contempláramos sin más? ¿Qué pasaría si descubriéramos que era antes cuando estábamos confinados? Podíamos salir, claro que sí. Podíamos mirar y ser mirados. ¿Pero cuánto hacíamos en realidad? Hacer en el sentido de poner en orden algo, como decían los antiguos. ¿Y padecer, es decir, abrirnos a lo manifiesto? Porque es ahora cuando lo ínfimo y lo cotidiano se nos revelan como extraordinarios, pero siempre estuvieron ahí, esperando a que les dedicáramos si quiera una mirada, amortiguando nuestras quejas mientras los despreciábamos sin más.

Es duro ver cómo se cierran las posibilidades, con doble vuelta y puerta blindada. Porque si eliminamos la memoria, cancelamos la intuición, que no es más que su continuación hacia el mañana a ciegas, como los dedos se convierten en parte de los ojos al tantear a oscuras. Y lo hacemos alegremente, esperando recuperar ese mundo anterior que por definición ya no está. 

No aprendemos. O muy poco. Y no lo digo en plan pesimista. Creo firmemente en el ser humano, con todas y cada una de sus imperfecciones. Comprendo sus circunstancias y me fascina el amasijo de deseos y frustraciones que le dan cuerpo. Así, que justamente por esto no comprendo por qué nos lo jugamos todo a una carta, al todo o nada, a la pureza o la basura, y no buscamos lugares intermedios.

No necesitamos hacer tabula rasa para llegar a algo mejor. No sirve para nada intentar el ser humano nuevo. Nos hace falta algo más mundano, que nazca de lo que ya somos, contando con todos los defectos que tenemos, sin exagerar tampoco mucho nuestras potencialidades. Algo modesto, pero con amor propio.

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