Conversaciones con mi hijo 3

Diario de una epidemia 39 –

La nueva normalidad, papá, me soltó mi hijo el otro día mientras levantaba los brazos, agitándolos como en un movimiento coreográfico, y lanzaba una carcajada medio divertida, medio histérica de niño de tres años. 

La nueva normalidad, volvió a repetir como diciendo, ¿pero no te das cuenta, papá, de lo que está pasando? De modo que me vi obligado a preguntarle qué narices sucedía con la nueva normalidad, si era un eslogan de la concejalía de turismo o una campaña de El Corte Inglés, pues no lo pillaba, de verdad que no alcanzaba a comprender la actitud tan rara del niño que después de repetirlo cinco veces, empezó a correr por el pasillo de arriba abajo pasando la mano por la pared, el mueble zapatero, los abrigos del perchero, la puerta de la calle y vuelta por la otra pared. 

Y entonces, le pedí que, o me decía de qué iba todo aquello de hacerse el loco o no jugaba más a los lego, porque una cosa era generar un poquito de expectación y otra, ponerse a decir chorradas, que para eso, le dije, ya estaban los de los bulos y el balconazi del edificio de enfrente que había empezado a increpar a los que aplaudíamos a las ocho. 

Pero no había manera. Era como si el niño hubiera entrado en una especie de frenesí con aquella expresión, como si fuese la primera vez que la oía y le produjese un tipo de cosquilleo en el estómago, de forma similar, pensé, a cuando por fin llegaba el final de curso en el instituto y notabas cómo ante ti se abría un tiempo nuevo, el de las vacaciones de verano, por lo que su excitación la achaqué a eso, pues a mí lo de la nueva normalidad no me decía absolutamente nada. Así, que decidí dejarlo solo con sus cosas, cansado de esperar a que me diera una respuesta.

Pero cómo será el cabrito, que en cuanto vio que me marchaba, dejó de dar saltos y vueltas por el pasillo, gritando como estaba «normalidad, normalidad, normalidad», y vino corriendo a mi lado para empezar a decirme que ya lo dejaba, que no pasaba nada, que si no lo había pillado todavía, él me lo pensaba explicar a continuación, porque tenía que entender que le había hecho mucha gracia esa expresión cuando se la había oído a Pedro Sánchez en la rueda de prensa de esa misma tarde.

Yo, que ya sabía que al niño le gustaba el papel que estaba haciendo el presidente, lo cual nos había valido ya alguna discusión, pues yo era más de Íñigo Errejón, me imaginé que ya venía el muy cachondo a venderme las bondades del gobierno o algo por estilo, de modo que se lo advertí, le corté en seco y le dije que podíamos tener algunos planteamientos políticos en común, pero que ni de coña, y esto se lo recalqué indicándole que fuéramos al baño a hacer pipí, pues podría ser también que parte de su inquietud proviniera del hecho de que se estaba orinando, es decir, que ni de coña íbamos a estar de acuerdo en lo de permitir la vuelta a las actividades laborales no esenciales, porque ahí el presidente se había dejado arrastrar por los sectores más neoliberales a los cuales parecía únicamente importarles la economía, por lo que no, no me iba a encontrar ahí de su lado.

Cactus en un cementerio, autor desconocido. Hacia 1900. Dominio público.

Mi hijo, que con tres años ya me va conociendo mejor que yo mismo, se bajó los pantalones en el cuarto de baño, en silencio y pensativo, consciente de que no me van las respuestas a lo loco, y mientras efectivamente echaba la gran meada del siglo en el orinal, comenzó diciéndome que las diferencias ideológicas entre un padre y su hijo no tenían por qué llevar a una separación, que eso formaba parte de mis prejuicios, probablemente porque aun tenía cerca los relatos de mis abuelos sobre la guerra, pero que eso no era suyo, no formaba parte de él ese miedo a que una discusión política derivase en un enfrentamiento filial, para nada, pues la relación conmigo, me advirtió, era una cosa y mi tendencia política, otra, y el amor estaba por encima de todo, más aún teniendo en cuenta que los dos podíamos considerarnos militantes de la democracia y los valores ilustrados. 

Con lágrimas en los ojos por lo que acaba de decir mi hijo, y mientras le limpiaba la colita, le pregunté que eso qué tenía que ver con lo de la nueva normalidad y, entonces, me aclaró que nada, pero me lo había soltado porque me notaba un poco susceptible, tal vez un poco impaciente por cómo le había dicho que me aclarara el tema o no jugaría nunca más a los lego. Y es que realmente, continuó con una sonrisa en la boca, le había hecho mucha gracia la expresión que había oído por ahí para referirse al mundo que nos esperaba tras el virus, como un intento de hacerlo parecer una especie de reto atractivo, pues no me parecía a mí, me preguntó al tiempo que se separaba de un salto para abrocharse él solo los pantalones, que juntar «nuevo» y «normalidad» era un oxímoron en toda regla, no me parecía que había una contradicción en sus términos en la expresión «nueva normalidad», continuó con la pregunta, cuando hasta Antonio el del kiosco sabía a estas alturas que el mundo por venir sería de todo menos nuevo y normal. 

Me dejó un poco sin saber qué contestarle. No tanto porque me hubieran sorprendido sus palabras, al fin y al cabo, qué podía esperarse de un niño de tres años, sino porque no estaba seguro de comprender el significado de oxímoron en este contexto, por lo que le pedí que se explicase mejor, que no era más que una manera de no reconocer mi ignorancia delante de él y tirar balones fuera. 

Entonces, mi hijo me explicó que se trataba de eso, de una contradicción entre los propios términos de la expresión, debido a que «normalidad» aludía a una situación ya conocida, una rutina en la que nada nos sorprende porque las cosas ya se han ajustado a un conjunto de reglas conocidas, a una cotidianidad, mientras que «nueva», y dijo esto deteniéndose un par de segundos, como reflexionando lo que pensaba añadir a continuación, «nueva» remitía a lo que aún no conocemos, a lo recién aparecido y que es distinto por naturaleza, e incluso, venía a sustituir a aquello que ya está caduco o gastado, por lo que «nueva normalidad» sería literalmente ese estado de lo habitual desconocido, habitual desconocido, repitió para acto seguido preguntarme si no me parecía que formulado de esta forma tenía un cierto aire fenomenológico, en el estilo de Maurice Blanchot en su cuento El paso (no) más allá, como si el ministerio de sanidad se hubiera vuelto de golpe y porrazo una nueva escuela del postmodernismo. Y por eso, concluyó, le había hecho tanta gracia todo aquello, porque veía en la expresión el sello inequívoco de los profesores universitarios de Podemos, y eso sí que era peligroso, volver a la filosofía postmoderna, y no las tonterías que denunciaban los mendrugos del pepé. Así, sin más. Y terminó su discurso con esta advertencia que me dejó absolutamente boquiabierto.

Sin embargo, aunque desconcertado, le respondí rápidamente, para no dejarle traslucir mi sorpresa, que cómo conocía él a Blanchot, si era un escritor francés muy marginal que, a pesar de haber influido en la obra de Levinas y Deleuze, no lo leía casi nadie. Y entonces, con su habitual desparpajo, mientras cogía la caja de los lego dándome a entender que ahora me tocaba a mí cumplir mi parte del trato, señaló la estantería y, soltando una carcajada, me dijo que no fuera tonto, que el libro lo tenía en el tercer estante en versión original, papá, recalcando ese «papá» como si le hubiese gastado la broma más grande de la temporada.

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