2 de mayo

Diario de una epidemia 49 –

A veces, espero a la noche para tener ciertas conversaciones. Por el día, entre el trabajo y el niño, si hablo con alguien, no suelo pasar del ven aquí, hijo mío, dile a Fulanito lo que estabas dibujando, para así poder ganar unos minutos más, cuando el niño haya superado la ansiedad de querer hablar a toda costa con quien sea por teléfono, y me deje continuar con la conversación.

Pero una vez que él está en la cama, me reservo las llamadas serias, como la que tuve el otro día con mi amigo Lucio, que estaba todo emocionado por una cosa que le había pasado. El qué, le pregunté yendo al grano. Pero el tío, que es experto en narrar historias no quiso desvelarme nada hasta haberme contado con pelos y señales el motivo de su felicidad.

Lucio es profesor de lengua y literatura en un instituto y se le da muy bien enseñar. Yo siempre le digo que ojalá lo hubiese tenido a él como profe, igual así habría andado un poco más motivado. Y eso que al principio no quería dedicarse a ello. Estudiamos juntos la carrera y renegábamos de hacer oposiciones. Éramos los dos raritos de clase que el último año, poco antes de terminar, no estábamos estudiando. El resto de compañeros lo echó todo. Corrió el rumor de que esa sería la última convocatoria durante una buena temporada y, claro, ¿qué podía hacer uno con un título de filología si no era sacarse una oposición? 

Sin embargo, Lucio, fiel a un espíritu rebelde que le había llevado a colgar desde la cuarta planta de la facultad unos versos de Goethe como consigna revolucionaria durante las huelgas estudiantiles del año 2000, decidió marcharse a Finlandia nada más terminar la carrera. A buscarse la vida. Sin más. No tenía ni idea de suomi ni conocía a nadie allí. Pero entonces, por qué se iba para allá, le preguntamos en su día, a lo que respondió que si Ángel Ganivet tuvo los huevos de vivir en aquel país, también podía hacerlo él. Así era Lucio. Salvando el pequeño detalle de que el escritor se había ido como cónsul, lo demás era maravilloso.

El caso es que el tío se fue en principio para pasar el verano y acabó quedándose siete años, el tiempo de una relación. Allí, mientras iba aprendiendo el idioma, uno de los más difíciles del mundo y sin relación alguna con las lenguas europeas, trabajó de todo. Empezó recogiendo turistas en el aeropuerto y siguió de camarero, montador de exposiciones, reponedor en un supermercado, hasta que entró en una escuela impartiendo clases de español. Allí conoció a Miska. Una belleza nívea con rasgos esquimales. Se enamoraron, vivieron juntos unos años y, cuando parecía que ya solo les quedaba tener hijos y beber vodka a orillas del mar Báltico, se separaron y Lucio se volvió a España.

Entonces, como si repentinamente hubiera sentado la cabeza, se hizo el curso para ser profesor, se puso a estudiar y se sacó la oposición a la primera oportunidad. Pero no ha vuelto a tener pareja. De hecho, la cuarentena lo pilló recién mudado a un piso que se había alquilado solo. Con cuarenta y dos años, quitando el periodo junto a Miska, era la primera vez que podía permitirse no compartir piso. 

Así, que las primeras semanas nos echamos unas risas, en plan, ¿no querías vivir solo?,  pues toma un confinamiento, y cosas por el estilo. Desde luego, el tiempo lo aprovechó bien para colocarse la casa entera. Pero poco a poco, como era de esperar, comenzó a sentirse agobiado. Un par de veces me dio la sensación de que había perdido la noción del tiempo. Y eso que trabajaba. Seguía dando clases online. Lo que pasó seguramente es que tenía tantas tareas acumuladas, tantos grupos de chavales y se pasaba tantas horas delante de la pantalla que por momentos dejó de distinguir los días. Siempre que hablábamos, yo se lo comentaba, que me parecía una brutalidad lo que estaban haciendo con los alumnos y los profes, con toda esa presión de tener que acabar el curso, hacer las evaluaciones, dar cuatro o cinco horas de clase todas las mañanas por videconferencia. Y todo ello como si no hubiese pasado nada, como si no estuviésemos viviendo la situación más extraña de nuestras vidas, encerrados en casa, viendo impotentes por una rendija minúscula cómo nuestro mundo anterior se iba desmoronando. Sin un solo aplauso de las ocho. Sin una palabra de aliento.

Abeto en el condado de Cowlitz (Washington), Lee Russel, 1940. Dominio público.

Cuando llegó el 1 de mayo, el pobre hombre estaba ya un poco desesperado. Me contó que algunas veces se había ido con el coche al párking del supermercado. Ni siquiera entraba a echar un vistazo. Simplemente, se bajaba y se fumaba un cigarro o dos, con la música un poco alta, mirando cómo entraba y salía le gente, porque estaba a punto de estallar. Se subía por las paredes de su casa y necesitaba ver gente. 

Entonces, llegó el día 2. Lucio estaba emocionado, como todo el mundo. A las ocho y media, me contó la otra noche por teléfono, ya estaba bajando las escaleras del portal. Cuando salió a la calle, casi le dio un mareo. Todo le parecía nuevo, enorme, y al mismo tiempo lo mismo de siempre. Miró los árboles como un niño que se fija en los recién nacidos brotes por primera vez. Respiró fuerte. El aire le sabía a campo, a pesar de vivir en uno de los barrios más populosos. Dio un par de vueltas a la plaza sin saber muy bien a dónde ir, hasta que se decidió por ir a un parque que no estaba lejos. Al principio, caminaba despacio, sin dejar de mirar a todas partes. Pero al cabo de unos minutos se sorprendió acelerando el paso. Estaba nervioso, con ganas de ver el verde. Cruzó la calle a toda velocidad, aunque no pasaba un solo coche. Torció la esquina y, al ver al fondo las copas ovaladas de los castaños, se echó a correr. Él, que odiaba todo lo que se pareciera al deporte. Corrió los últimos centenares de metros hasta que entró por la puerta del jardín. Entonces, respirando muy fuerte, maldito tabaco, tenía que dejarlo, pensó por enésima vez, frenó en seco y estalló en una carcajada que casi lo tiró al suelo.

Allí, de rodillas, riendo sin parar a las puertas del parque, se sintió el hombre más feliz del mundo, como si se hubiera reencontrado con una parte de él que hubiera perdido durante el confinamiento. O en Finlandia. Le pesaba un poco la cabeza, pero la sensación era maravillosa, como embriagado. Creyó respirar incluso el aroma casi dulce de los abetos bañados por el Báltico.

La cosa, me explicó, es que no se había dado cuenta, ido como estaba, de que alguien se le había acercado para preguntarle si se encontraba bien o se había hecho daño. Lucio levantó la cabeza y, recortado contra el verde de los árboles, vio el rostro de su vecina de abajo. Le pareció un milagro, una cosa del destino. Cuarenta y tantos días sin salir, se iba al parque a las nueve de la mañana y se encontraba con su vecina. Y qué tenía eso de especial, le pregunté intrigado. Pues que le pareció el ser más bello del planeta en ese instante. Ya se conocían. Era maja y no especialmente guapa. Alguna vez habían charlado antes de todo esto. Pero ahí, con su pelo rubio cayéndole por encima de los hombros, se sintió irremediablemente atraído por ella.

A la chica le debió de suceder algo parecido, pues se quedaron ambos un poco extrañados al reconocerse. Ella también estaba sola. Lucio se puso de pie y, sin saber muy bien qué hacer o qué decir, se la quedó mirando. Y entonces se dieron un abrazo repentino. A la mierda, pensó él. Los dos llevaban mascarilla. Y allí se quedaron no sé sabe la de tiempo abrazados, respirándose el uno al otro, sin decir nada, únicamente percibiendo sus olores desconocidos a través de la tela quirúrgica, tocando sus cuerpos deseosos de ser tocados con guantes de nitrilo, hasta que uno de los dos, no supieron quién, dio los primeros pasos en dirección a casa, tirando del otro, sin mediar palabra.

Cuando llegaron al portal, la chica abrió la puerta a toda prisa, casi temblando, y por las escaleras le hizo un gesto dándole a entender que fueran a su casa. Él asintió. En silencio, se encaminaron al salón y tocándose con una delicadeza jamás experimentada, se desnudaron lentamente. Cuando Lucio le fue a desabrochar el sujetador, se acercó para besarla el cuello. Retirándose suavemente, la chica le susurró que no, que mejor nada de besos ni palabras. Así, como sexo en cuarentena, le dijo.

Mi amigo me contó que se divirtieron un buen rato juntos. Luego ella se marchó y él se quedó el resto del día en una nube. El encuentro le había servido, me confesó por teléfono, para aguantar otro par de semanas. Aunque esperaba, concluyó entre risas, quedar con ella un día cuando fuese a hacer la compra. 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: