Viernes

Diario de una epidemia 50 –

Esta mañana me levanté con la sensación de ser un náufrago, sin saber muy bien ni dónde estaba ni si podría llegar a alguna parte, suponiendo que haya parte alguna adonde ir. El pelo desgreñado, mucho más largo de lo habitual. Barba de mes y medio, muy poblada y canosa. El cuarto de baño desierto parecía anunciar desde la ventana un oleaje fuerte rompiendo contra mi isla. Desde el fondo de la estantería se abrió paso por entre las cremas y los cepillos de dientes, el canto de un tucán.

Jamás había oído tan cerca uno, debía de estar anidando en la parte media, entre las hojas del espejo. Entonces, como no estaba seguro del camino de vuelta a la región del pasillo atravesando la selva de la estantería, muy peligrosa, debido al paso angosto que bordea uno de los mayores saltos de agua de nuestra casa conocida, el salto del váter, decidí coger la senda de los humedales, un valle en forma de bañera, agradable por su vegetación de cortina y su clima templado todo el año. Los jabones estaban maravillosos, como siempre. Y, justo cuando pasaba a su lado, oí un ruido extraño, como un silbido de largas frases. Me metí por entre las esponjas, con cuidado de no caerme. El silbido se hizo más fuerte. Pensé que debía de ser alguna clase de pájaro tropical que desconocía. Sin embargo, de repente, de un salto, apareció ante mí, con toda su majestuosidad de tres años, mi hijo.

Retrocedí del susto precipitadamente, tropezándome y cayendo al suelo. El niño, lanzando el silbido como un loco, se abalanzó sobre mí y comenzó a lamerme de alegría. La verdad es que no sé bien quién se puso más contento, si él o yo. En aquella isla desierta, no recordaba la de años que hacía que no veía a otro ser. Él debió de pensar lo mismo. Lo curioso era que no nos hubiésemos visto hasta ese instante. Sin embargo, ahora se explicaban muchos sucesos extraños que había vivido en los últimos meses. Como cuando pasé unas semanas acampado en el lavabo y todos los días por la mañana, aparecían los cacharros de la comida revueltos. En aquel momento lo achaqué a los monos, pero ahora sé que fue mi hijo.

De modo que le ofrecí comida, como forma de ganármelo. Al principio, desconfiado, se mantenía a unos metros de mí. Le dejaba unos frutos en el suelo, me retiraba y después se acercaba él. Así varias veces hasta que fuimos cogiendo confianza. Al tercer día, ya estábamos comiendo juntos y por las noches, se tumbaba a mis pies, en un lecho que le preparé con hierbas suaves y un trozo de manta.

Árbol ceiba en Nassau (islas Bahamas), William Henry Jackson, 1901. Dominio público.

Poco a poco, comenzó a imitar mis costumbres y comprendí que, de algún modo, intentaba comunicarse conmigo. Así, que para que resultara más fácil el trato y, porque en cierto modo teníamos ya algo de apego, decidí ponerle un nombre. Lo llamé Viernes. 

Viernes y yo iniciamos una rutina de paseos diarios. Aprovechábamos el ir a por leña o a recoger frutos para asomarnos por los acantilados de la ventana o vadear la poza del bidé. A veces, nos alejábamos un poco más y llegábamos hasta los confines de la meseta del pasillo, pero entonces debíamos tener cuidado de que no se hiciera de noche, pues el camino de vuelta, a oscuras, hasta la bañera resultaba peligroso.

Un día, nos encontrábamos recogiendo hierbas para mullir mejor nuestros lechos y ocurrió uno de los episodios más fascinantes de mi relación con Viernes. Como él ya estaba aprendiendo los rudimentos de mi idioma, a base de mucho esfuerzo por mi parte, leyéndole cuentos cada noche y explicándole cada cosa, incluso aquellos conceptos como libertad o compasión que para un salvaje como él se vuelven en exceso abstractos, por carecer de una referencia social con la que ilustrarlos, íbamos hablando a nuestra manera, intercambiando frases cortas y mensajes repetidos. Él me señalaba cosas y me preguntaba qué era aquello. Entonces, en un punto del sendero, se detuvo y señalando al suelo dijo entusiasmado «mariquita». Me acerqué para comprobarlo. En efecto, se trataba de una mariquita preciosa con sus pintas negras y su caparazón rojo. Se me ocurrió que para mostrarle mejor el insecto podía cogerla con el dedo. El bichito subió por mi mano y tras unos centímetros, extendió sus alas y volvió a la hierba. A Viernes se le escapó un carcajada de sorpresa. Extendió su mano y la acercó para que la mariquita se subiera también por él. El insecto repitió la misma maniobra que conmigo. El niño estaba fascinado y no hacía más que coger una y otra vez al bicho. Hasta que de repente, la cogió con dos dedos y mirándola extrañado, comenzó a aplastarla más y más. Yo le grité que no lo hiciera, que la iba a matar. Pero él continuó apretando hasta que sonó un crujido y la soltó.

La mariquita cayó al suelo muerta. Viernes, con una expresión entre de alivio y desconcierto, la miró sin saber qué pasaba. Me preguntó: la mariquita, ¿dónde está? Ahí, le dije yo, ¿no la ves? Está muerta. Pero él no comprendía lo que había sucedido. Le acercó los dedos otra vez para ver si subía por su mano. Al ver que no reaccionaba, preguntó de nuevo: ¿la mariquita? Yo le respondí que estaba muerta, que la había matado. El niño me miró buscando una aclaración. Me dijo: ¿no funciona la mariquita? Entonces comprendí que esa era la única manera de hacérselo entender. No, no funciona. Le expliqué que cuando se le daba un golpe fuerte a un animal o a otra persona, a veces, se rompía y ya no funcionaba más. Me miró con el ceño fruncido, guardando silencio. Se agachó, tocó de nuevo a la mariquita y, viendo que no pasaba nada, se levantó. Pensativo, se dio media vuelta y me dijo que volviéramos a la cabaña.

Por el camino de vuelta, me acordé de la novela de Robinson Crusoe, que tanto me gustaba. La cantidad de dilemas morales que resolvieron en aquella época, usando la metáfora de la isla desierta, la subsistencia, la soledad y la posibilidad o no de vivir fuera de la sociedad, pusieron las bases para el ser humano moderno. El individuo. Pensé entonces que Viernes se encontraba en una especie de estadio parecido, descubriendo qué era la vida y la muerte. Intenté montar una conversación en mi cabeza para explicarle después de cenar por qué de la experiencia de esa tarde no podíamos deducir una superioridad moral que nos diera excusa para exterminar a todos los bichitos. Tenía todo el discurso. Los ejemplos. Pero terminamos de comer y antes de empezar a hablar, se quedó dormido.

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