Encuentro en el garaje

Diario de una epidemia 51 –

El otro día, por fin, pude salir a dar un paseo en bici. Aun así me llevé al niño. Es lo que tiene tenerlo todo en casa, trabajo, guardería, gimnasio, que no tienes un minuto para ti mismo.

Hicimos una mochila con un poco de agua, un bocadillo, algo de fruta, un jersey y cogimos el casco. Mientras bajábamos al trastero, me acordé de una exposición que vi hace años en el Palacio de Cristal de Madrid, de un artista ruso que me dejó impresionado: Ilya Kabakov. Se trataba de pequeñas instalaciones que presentaba como si fueran proyectos de obras futuras y entre una de ellas, se encontraba una maqueta del panóptico, esa idea de cárcel perfecta que inventaron los utilitarias del XVIII. Me llamó mucho la atención porque consistía en un espacio donde las celdas no tenían paredes. Eran bloques cuadrados elevados del suelo lo suficiente como para no poder saltar, todos a la misma altura, en hileras, de modo que no había donde ocultarse ni para dormir. Todos se vigilaban entre sí.

Entonces, cuando llegamos al garaje, de la oscuridad surgió la figura de una niña. Mi primer instinto fue agarrar a mi hijo, como para protegerlo del ataque de algo. Pero inmediatamente, nos dimos cuenta de que era Paula, una amiga suya que vivía en otro portal. La verdad es que los dos se quedaron tan cortados que no hubo necesidad de sujetarlos, pues ella retrocedió un par de metros a toda velocidad, al tiempo que mi hijo se escondía detrás de mí. Para rebajar el susto y viendo que su padre se acercaba, me salió decir alguna tontería. 

Al principio, solo distinguí una figura larguirucha. No conocía al padre. Nunca habíamos coincidido con él en el parque. Desde la penumbra, llamó a su hija, le dijo que lo esperara. Tenía una voz muy grave y ligeramente rota, como de ser un gran fumador. Yo solté la típica de no pasa nada, es Paula con su papá, más dirigida a ellos que a mi hijo. Pero cuando el hombre pronunció el nombre de la niña por segunda vez, sentí algo extraño. 

No sé qué fue exactamente, pero me resultó familiar aquella manera de pronunciar, como si fuese una voz de tiempos lejanos. Tenía un timbre y una cadencia que resonaron en lo más profundo de mí. Como intuyendo un peligro inminente, retrocedí un par de pasos. Noté cómo los hombros y los brazos se me ponían rígidos. Al fin, la figura salió de la penumbra y pude verle rostro. Tardé unos instantes en conectar aquella voz que me decía hola de nuevo con esa cara iluminada por el fluorescente del garaje. Pero cuando lo hice, me quedé sin habla.

El papá de Paula, el hombre que tenía delante, era Panoli, un excompañero de instituto. Habíamos estado un año juntos en clase y nos habíamos odiado a base de bien. Panoli me hizo la vida imposible todo lo que pudo durante una temporada y yo procuraba por todos los medios corresponderle. En cierto modo, éramos rivales. Seguramente, por estupideces de la adolescencia. Pero súbitamente me vinieron a la cabeza los días de tensión en el instituto, cuando sabías nada más entrar que podías tener bronca, la sensación de inseguridad porque alguien podía hacerte algo por la espalda, el apremio de buscar a los amigos para no estar solo. Recordé que durante muchas mañanas de aquel curso, mientras desayunaba, se me ponía un nudo en el estómago que no se me quitaba hasta que regresaba a casa. Odiaba el instituto, sobre todo los primeros cursos, porque luego, ya con diecisiete, se veía todo de otra forma. Pero de los catorce a los dieciséis no fue un momento fácil. 

Palmeras cocoteras, autor desconocido, hacia 1900. Dominio público.

No creo que él me reconociera. Yo no le dije nada. No estaba cómodo y solo quería largarme de allí lo antes posible. Sin embargo, me sorprendió cuando Panoli me preguntó qué tal lo estábamos pasando. Retrocediendo un poco más, busqué la penumbra, y sin mirarlo de frente, le respondí con un lacónico bastante bien, deseando que no surgiera nada más. No quería entretenerme. No me apetecía ni de coña que Panoli me reconociera. A saber cómo podría salir aquello. Ya éramos adultos, pensé, pero queda siempre un poso de esa época que lo vuelve a uno inseguro y narcisista. Sin embargo, tampoco me salió largarme corriendo. El hombre de cuarenta que llevo dentro pugnaba por quitarle importancia a la situación. Para disimular, intenté ser todo lo correcto posible y añadí un educado ¿y vosotros?

Comenzó, entonces, a darme todo lujo de detalles sobre su vida de confinamiento. Cómo se organizaban con la niña. Lo duro que era hacer teletrabajo todo el día. Lo harto que estaba de no salir de casa. Las pataletas de la hija y sus cambios de rutina. Parecía como si hubiese encontrado un momento para descargarse. Tuve la sensación de que el hombre se sentía solo y eso me relajó. Estaba claro que no me había reconocido. Aun así, no me moví de donde me encontraba. Él siguió hablando y, mientras, me acordé de un día que estuvimos a punto de llegar a las manos. Nos pegamos los típicos empujones de gallitos, frente con frente, y si no es por los amigos, hubiésemos acabado mal. 

La situación, la verdad es que me gustaba cada vez menos. Lo último que me apetecía era reencontrarme con mi pasado más violento, con todos mis temores y frustraciones, con mi antagonista de la adolescencia, y tenerlo allí, en el portal de al lado, siendo el papá de la amiguita de mi hijo. Nada me dio más repelús ni más pereza en aquel momento que esa posibilidad. ¿Qué le iba a decir si me reconocía? ¿Me haría el tonto sin más? Eso solo podría aguantarse una temporada, hasta el siguiente encuentro en el parque, hasta la próxima vez que nos cruzáramos en el garaje. 

Algo impacientado y, seguramente, visiblemente incómodo, intenté liquidar la conversación lo más rápido que pude. Había empezado a sudar y no sabía cómo ponerme. Le dije que sí a todo y no entré en detalles. Y justo en el momento en el que terminaba una frase, aproveché el hecho de que mi hijo comenzó a tirar de mí hacia la puerta, para soltar un vale, cariño, que ya nos vamos, y concluir con una despedida cordial en plan no os molestamos más, que vaya bien. Adiós Paula. Y nos alejamos a buen paso.     

No sé por qué me había afectado aquello tanto. El corazón me latía rápido. Solo pensaba en salir del garaje lo antes posible y no volver a encontrarme a Panoli nunca más. Lo único que me tranquilizaba era el hecho de saber que no me había reconocido. Entonces, cuando estábamos a punto de salir, oí cómo desde el fondo el vozarrón del hombre me llamaba: eh,  espera. Pero preferí hacer como si nada. Aceleré el paso. Espera, dijo otra vez. Y entonces, se me heló la sangre cuando gritó: Chávez, os habéis dejado el casco. Me detuve en seco. Desconcertado. El hijoputa de Panoli lo había vuelto a hacer. Me tenía por los huevos el muy cabrón.

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