Descripción de la espera

Diario de una epidemia 52 –

Estamos esperando. No sé muy bien a qué. Pero esperamos. Es la sintonía del momento. El aroma en el ambiente. El regusto en la boca. Una espera sin final concreto ni objeto determinado, digna del mismísimo Samuel Beckett.

Al principio del todo, estuvimos esperando a que todo pasara, cuando todo era una serie de contagios como la gripe, para no pillar el bicho. Allá por el mes de febrero, se trataba de una espera superficial. De alguna manera, en casa decíamos eso de bueno, esto se pasa pronto, como creyendo que todo el mundo se iba a infectar muy rápido y la cosa no iba a ser para tanto. Casi, casi esperábamos cogerlo cuanto antes para seguir adelante. Obviamente, no teníamos ni idea de lo que estaba por venir.

Luego llegó marzo. La cosa se empezó a poner fea. Entre el estupor de ver cómo caía Italia y la arrogancia de los ignorantes que se creen intocables, continuamos esperando. Aunque poco a poco fue perfilándose un deseo en el horizonte de nuestras cabezas. El deseo de medidas más drásticas para contener la epidemia. Todos los días hasta el día 13 nos levantábamos con una conjetura, una exigencia, una preocupación. Solo pensábamos que alguien hiciera algo pronto. Cada noche, con los informativos resumiendo el día, fue creciendo nuestra ansiedad por una espera de algo que no llegaba. Había que ponerse firmes, actuar con más dureza. Hasta que de repente, un día, apareció sin darnos cuenta la idea de que lo mejor, lo más prudente, lo que antes terminaría con eso que ya empezábamos a percibir como descontrolado, tenía que ser por fuerza encerrarnos todos en casa.

Así, que algunos, los más conscientes o los más miedosos o, sencillamente, los que se lo pudieron permitir desde el primer momento, decidieron confinarse cuanto antes. Esperábamos una respuesta rápida, al unísono y decidida. Pasamos unos días donde algunos comenzaron a intuir lo que se avecinaba, mientras otros continuaban alegremente a lo suyo y unos pocos, los menos seguramente, se entregaron a las bacanales del fin del mundo. Y la espera se descoyuntó. Como si ya no se pudiera dilatar más el tiempo en el que suceden nuestras vidas, la gente respiró aliviada cuando el día 13 se anunció el confinamiento.

Lúpulo a punto de la recolección (Polk, Oregón), Dorothea Lange, 1939. Dominio público.

De repente hubo una especie de pausa. Un instante donde vimos el final de nuestra espera. Por fin, supimos claramente lo que se iba a hacer, lo que teníamos por delante, lo que nos esperaba. ¡Pero qué ilusos fuimos!

Entonces, comenzó la espera de verdad. Lo que antes nos había parecido aguardar pacientemente un acontecimiento, sin poder salir de casa y con la expectativa de los primeros quince días del estado de alarma, se volvió un auténtico ejercicio de ver correr las horas y minutos. Creíamos saber cuándo terminaría. Pensábamos que en dos semanas volveríamos a la calle, estaríamos otra vez tomando cañas con amigos, yendo a ver a la familia, saliendo con el coche el viernes a pasar dos días fuera. Se trataba de un pequeño gran esfuerzo, como lo llamaron algunos. 

De este modo, la espera se volvió más tangible. Pero resultó ser un espejismo. Cada hora que pasaba, nos adentrábamos en las profundidades de una epidemia que aun hoy sigue siendo una desconocida. Según bajábamos más y más, nos fuimos dando cuenta de que habíamos emprendido un viaje donde volver para atrás no era posible. Y en medio del camino de nuestra espera, nos encontramos en una selva oscura, sin que supiéramos bien qué hacer de veras, aparte de ir a Carrefour por levadura. Así, las sucesivas ampliaciones del estado de alarma no han hecho más que ir postergando ese final, ese objetivo que creímos tener del todo claro el primer día.

La espera, lo hablaba ayer con mi amigo Álex, lo ha vuelto todo muy leve. Cada variación en el ánimo no parece más que un modo superficial de estar. No porque no lo sintamos, sino porque parece como si nos hubiésemos quedado sin fuerzas. A mí me pasa que el día que estoy enfadado, no llego a sentir realmente enfado. Si me pongo un poco triste, se me mezcla con una apatía densa. La preocupación tampoco llega a hacerse tan tangible cuando me siento realmente preocupado. Y lo mismo me sucede con la alegría, la angustia que he sentido algunos días o incluso, el miedo. 

He llegado a preguntarme si tal vez me estaba convirtiendo en un indolente. Pero creo que tiene que ver con esa especie de espera indefinida, que parece quitarle sentido a todo lo que me rodea. Una cámara de vacío succionando el aire.

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