Conversaciones con mi hijo 4

Diario de una epidemia 53 –

Estábamos mi chica y yo durmiendo la siesta, apenas quince minutos, uno de esos raros momentos en los que podemos estar solos, y de repente, oímos una puerta que se abría y pasos veloces. Al instante siguiente, se nos abalanzó el niño encima de nosotros, con su pañal de tres años bien voluminoso y su tripita al aire.

Traía un libro en las manos, un cuento, pensé, porque le estamos enseñando a que si los demás dormimos, él puede sentarse en el sofá a leer un rato. Pero nada. No hubo manera. Empezó a canturrear y a soltar palabras, como era su costumbre cuando quería que le hiciéramos caso. Soy doble, mamá, soy doble, repetía marcando bien las sílabas. DO-BLE. Y qué quería decir con eso, tuvimos que preguntarle ante la imposibilidad de seguir echando una cabezada, por qué venía pegando grititos cuando sabía de sobra que los demás queríamos descansar, a ver si nos lo explicaba. Pero entonces se calló.

Vi el libro que tenía entre las manos y era La carta de Lord Chandos, de Hugo von Hofmannsthal, que seguramente lo había cogido de la estantería sin darme cuenta. A mí, que no me gustaba que hiciera ese tipo de cosas, pues temo siempre que se rompa alguna página, confieso que no me sentó muy bien, y con tono firme le pregunté por qué lo había traído a la cama si no se lo iba a leer, no se jugaba con eso y teníamos que cuidar los libros, concluí quitándoselo de las manos y añadiendo que la cultura era lo más sagrado e importante que podía tener una persona, pues podían quitarnos todo menos el saber que tuviera cada uno. Y me quedé tan a gusto. Es lo bueno de tener hijos, que les puedes soltar todo el rato este tipo de discursos grandilocuentes, da igual si es hablando de libros o sobre fútbol.

Sin embargo, mi sorpresa fue mayúscula cuando el niño empezó a decirme que precisamente ese tipo de comentarios era seguramente lo que había llevado a Von Hofmannsthal a escribir aquella carta, pues lo único que denotaban era, en primer lugar mi desconocimiento absoluto del contenido del libro, es decir, de las posiciones estéticas e ideológicas que habían llevado al escritor austríaco a decir lo que dijo, y en segundo lugar, dejaban traslucir mi poco aprecio por la cultura, a todas luces inconsciente, pues entronizando de ese modo el arte, subrayando su carácter sublime, lo único que conseguía era obviar su parte material, que dicho sea de paso, era la esencia de lo estético, es decir, lo cotidiano trascendiendo su insignificancia para hacerse universal.

Lógicamente, me sentó fatal su comentario. Le dije que fuéramos a por un calzoncillo, que había que quitarse el pañal. Y mientras lo limpiaba, le recriminé sus palabras, pues claro que me había leído el libro, aunque hacía mucho tiempo y a lo mejor, no me acordaba con detalle, pero aun así, la literatura y la poesía las consideraba lo más grande que había inventado el hombre, dicho así en genérico, le remarqué con un poco de sarcasmo, pues no eran las personas ni la gente ni el ser humano, como decía él constantemente intentando generar una idea falsa de no discriminación por sexo, sino simple y llanamente el hombre, que nuestro idioma castellano reservaba en una de sus acepciones como sustantivo universal para la especie humana, le solté como reproche. 

Vides, 1939, autor desconocido. Colección Matson. Dominio público.

El niño se tiró un pedo y, lanzándome una sonrisa desafiante, me preguntó cómo podía ser tan retrógrado cuando me daba la gana, pero que en cualquier caso no pensaba darme una clase de lenguaje inclusivo, ni siquiera me iba a explicar por qué era mejor referirse al conjunto como la humanidad, pues no estábamos hablando de eso, sino del mensaje de rabiosa actualidad, y pronunció rabiosa con una potencia que me dejó maravillado, que conllevaba la lectura de la obra del austríaco. Y es que, si recordaba, en La Carta de Lord Chandos se trataba sobre todo de la posibilidad del arte ante una realidad sobrepasada por los hechos históricos, pues Von Hofmannsthal, me aclaró mientras me señalaba que le había metido mal el calzoncillo, era hijo del imperio austrohúngaro y había vivido, el pobre, el hundimiento de su mundo tras la Primera Guerra Mundial. 

El tema me estaba interesando de verdad y me sentía muy curioso por saber dónde quería llevarme el niño con la conversación. De modo que le ofrecí manzana o naranja, a su elección, como merienda, y le pedí que no parara, que me explicara eso de los hechos históricos que sobrepasan la realidad. Entonces, él, escogiendo la manzana no sin antes reclamarme una galleta de chocolate, me hizo un gesto como dando a entender que estaba claro. Estaba claro que a principios del siglo XX el imperio austrohúngaro marcaba los límites de posibilidad de desarrollo de un mundo que en lo económico era ya capitalista, pero en lo cultural se movía todavía de forma mayoritaria en una especie de romanticismo tardío. Y, por eso, resultaba evidente que al desplomarse el imperio, que era la gran potencia mundial, sus gentes tuvieron que tener un sentimiento muy fuerte de que el mundo se acababa, aunque, claro, añadió con tono un tanto displicente, era su mundo el que terminaba, no el mundo en general, lo cual le daba un toque trágico al asunto, pues eso lo sabemos nosotros a posteriori, pero no personas como Von Hofmannsthal, que lo habían experimentado así, como la crisis definitiva.

Así, que ya empezaba a pillarle al niño por dónde iba y dejé que se comiera la manzana a su ritmo, sin apremiarle, haciéndole notar que nuestra perspectiva podría ser, por tanto, en cierto modo parecida, a lo que me respondió con un movimiento afirmativo de cabeza, añadiendo que por eso el remitente de la carta ficticia, Lord Chandos, le contaba al filósofo Francis Bacon, el receptor, que ya no le quedaba otra que dejar el arte, guardar silencio y dedicarse a otras cosas, pues le resultaba imposible hablar de lo sublime y de lo bello frente a una realidad de muerte y destrucción, de dolor y sufrimiento, sin precedentes.

O sea, que según su opinión, debía callarme y dejar de escribir, le interrumpí un poco contrariado. El niño soltó una carcajada. ¿Acaso no era eso lo que venía a insinuarme tras su siesta?, le insistí. ¿No me había puesto el pañal en la cara, con su pis y sus necesidades de niño de tres años para hacerme ver que ahí tenía un límite insalvable el arte y que, por eso, muy pocos escritores habían introducido la paternidad, por poner un ejemplo extremadamente material, en su obra? Volvió a reírse. Cogió las pinturas de dedo y unos papeles.

No podía creerse, me soltó poniéndose serio repentinamente, que los padres nos comportáramos de forma tan ególatra, que no todo tenía que ir sobre nosotros, que había más cosas en el mundo, y de acuerdo, añadió, que yo también escribía y comprendía que por ahí hubiese visto un paralelismo, pero que lo sentía mucho, pues él se refería a los artistas en mayúsculas, a los poetas, aclaró echando un pegote de verde y amarillo, y yo lo hacía muy bien, pero sin ofender, escribía simplemente cada tarde un diario de confinamiento, nada que ver con el inmenso Hugo von Hofmannsthal, por lo que no, no tenía que callarme. Podía seguir contribuyendo al ruido histórico con mis tribulaciones de hombre blanco de cuarenta años en posición medio acomodada, concluyó. Y comenzó a mezclar la pintura con la palma de las manos a lo loco, con una expresividad que me hizo pensar en que el jodío niño estaba ya desarrollando, con tres años recién cumplidos, un carácter peculiar, del cual me sentí, naturalmente, muy orgulloso.

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