El mundillo de la política

Diario de una epidemia 54 –

Lo bueno que tiene lo de estar tantas horas en casa, sin poder salir, es que hay rincones que te los sabes de memoria. Igual no lo habías pensado o no eras consciente de ello. Pero si me preguntaran ahora por ciertos lugares, podría describirlos de memoria hasta un nivel de concreción bastante aceptable.

Buceando el otro día por uno de esos sitios, me encontré vestigios de mi pasado más reciente. Me refiero a mi fugaz paso por la primera línea política, si es que se le puede llamar así a ser diputado en un parlamento autonómico que no importa a casi nadie. Se trataba de papeles de una de las cientos de iniciativas que trabajé y registré. Y entonces, recordé la cantidad de horas que me llevaba ese trabajo hasta el punto de anular buena parte de mis gustos, deseos y apetencias.

Siempre he pensado que se trata de una actividad en la que es muy fácil figurar sin más. Hacer más bien poco. Pero si uno se lo toma en serio, entonces te faltan horas del día para estudiar leyes y normativas, reunirte con los implicados de tal o cual problema, discutir soluciones con ellos, hablar con expertos, estudiar propuestas, preparar las iniciativas, discutirlas e intentar forjar acuerdos en torno a ellas, dar cera política a tus adversarios, atender a los medios, cuidar a los simpatizantes, mantener la organización bien engrasada y acudir a actos con medios de comunicación, colectivos, organizaciones o instituciones que te reclaman. Y hablo solo desde el punto de vista de un diputado de la oposición. De modo que, aunque a veces no lo parezca, hay personas que se toman el trabajo político muy en serio. Y de verdad que se nota cuando tienes delante a una de ellas. La manera en la que preguntan en una sesión y las réplicas que dan son la prueba de saber de lo que se habla.

Durante mis cinco años en ese mundo, conocí un poco de todo en cada uno de los partidos con representación en las Cortes de Castilla y León. No digo esto para apuntalar esa idea estúpida e infantil de que todos son iguales. Nada más alejado de la realidad, pues es cierto que en algunos abundan más currantes que en otros y creo que eso tiene que ver al final con lo democrática que sea la organización y la institución. Cuanto más tenga que trabajarse uno el consenso y los apoyos, de una forma transparente y participativa, más tiempo tendrá que dedicar a escuchar, aunar esfuerzos e imaginar futuros, que es básicamente lo que hace un político honesto. En realidad, lo decía porque tomarse las cosas en serio depende más bien de la forma de ser y la actitud de cada persona.

En cualquier caso, más allá de eso, lo que sí teníamos todos en común era lo absorbidos que estábamos por el mundillo de la política. Porque una cosa es la política y otra muy diferente su mundillo. Yo siempre dije que a mí la política me gusta. Eso de trabajarse una iniciativa, con una estrategia comunicativa determinada, hablar con la gente y montar la discusión en el parlamento, me encantaba. Eso es lo más noble, buscar explicaciones y aportar soluciones. Pero el mundillo lo odiaba. El juego de poder interno, los dimes y diretes de las distintas facciones de tu partido, las envidias de dentro y fuera, las conspiraciones, el qué habrá dicho tal o cual periodista o si te sacan en tal o cual sitio, eso era una mierda. Y cuanto más arriba, peor, más cerrado ese mundillo, más afilado y despiadado.

Bananero (Florida), autor desconocido, 1910. Dominio público.

De hecho, ahora me sorprende lo poco que hablábamos de otras cosas. Solo había un tema de conversación en las reuniones. Solo se hablaba de una cosa en las comidas. Las charlas tomando una cerveza trataban solo de un asunto. El mundillo de la política. En todas sus variaciones y con todas sus connotaciones. Mezclada con todos los matices y tonos. De altos vuelos o del nivel más bajo. Con los de tu partido casi nunca sacabas en la conversación algo que no fuese el gran tema. Y con los adversarios, si salía una conversación de cine u otra cosa era, en realidad, porque no se podía hablar de ello.

Recuerdo como honrosas y saludables excepciones las personas con las que tuve otro tipo de charlas, más aun, cuando surgían en actos oficiales y se salían por completo del guión. Ese consejero con el que hablaba de Cicerón y Séneca, o el portavoz que se leía la biografía de Fouché escrita por Stefan Zweig, por ejemplo. Son momentos que los guardo como la auténtica sustancia de la política, porque era ahí cuando atisbabas a la persona, con sus razones y valores, más allá del gesto frente a las cámaras. Sinceramente, creo que esos momentos hacían más por mantener un tono democrático en la pugna de partidos que todos los acuerdos «de comunidad» juntos. Por supuesto, nunca fui partidario de esa gilipollez de algunos que era demonizar la conversación de pasillo con un adversario, si precisamente la política consiste en hablar con todos, más incluso con los que no piensan como tú. 

Ya sé que tampoco ibas a estar constantemente hablando de poesía, cuando lo que se esperaba era que ofrecieras interpretaciones a un problema. Pero es una pena que esta actividad fagocite tanto a la persona. Es absurdo que mostrarse como un ser humano de verdad, interesado por cosas sublimes, sea considerado populista, táctico o propio de los caracteres débiles. Es un crimen que en determinados ambientes de la izquierda más cerril e identitaria te miren con desprecio o te tachen de castuzo si muestras un mínimo de cultura, de lo que ellos ven como alta cultura, aunque no lo llamen así. O que entre algunos de derechas se mire con desprecio cualquier manifestación artística que no sea de su agrado. 

A mí, desde luego, me anuló la política en este aspecto. No tenía tiempo para leer. No tenía ganas de escribir. Solo conservo de esa época un diario (¡otro!) mucho más serio que este, más aburrido seguramente, que me sirvió como vía de escape. Porque, sinceramente, es una actividad que te seca por dentro cuando estás en primera línea. Te va horadando poco a poco hasta que solo queda tu piel fina, dura como el granito. De ahí esa inhumanidad con la que algunos menosprecian todo lo que no sea como ellos. ¡Cuánto me gustaría que de vez en cuando se salieran un poquito del papel! ¡Cuánto lo echaba yo de menos! 

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