Notas para un aniversario

Diario de una epidemia 55 –

Hoy hace un año que murió mi padre. Lo digo así, directamente, para que nadie se lleve luego a engaño. Hoy voy a hablar de la muerte.

Desde que se anunció el confinamiento y la evolución de la epidemia comenzó a medirse por el número de fallecidos a diario, no he hecho más que darle gracias a la vida por que mi padre muriera en 2019. Si la pérdida de alguien a quien queremos es de por sí uno de los momentos más duros y extraños que podemos experimentar, puedo imaginarme que hacerlo, además, en medio de este aislamiento férreo, sin haberlo visto en días o semanas y sin poder llorarlo en compañía, debe de ser muy doloroso.

En mi caso, pude acompañar a mi padre todo el tiempo. Pude incluso tener unas palabras de despedida con él y agarrarle de la mano hasta el último segundo, lo cual ya fue entonces una suerte. También fuimos afortunados por poder disponer de una habitación propia, de las modernas instalaciones del hospital público en el que estuvimos y del trato pausado, atento y predispuesto de todo el personal que cuidó de él. Me figuro que, desgraciadamente, todo esto habrá sido simplemente imposible para muchas personas en estos últimos dos meses.

La muerte ya es de por sí difícil como para, encima, tener que añadirle complicaciones. Es suficientemente inconcebible como para sumarle además circunstancias excepcionales. Si solo nos quedáramos con un tranquilo adiós en una cama, tendríamos aun así un cierto sufrimiento asegurado para una buena temporada. Pero muchas personas han tenido que soportarlo en condiciones desesperantes, solas y aisladas del calor de una mano. Así, que intuyo que la tristeza y el desamparo han tenido que ser inconmensurables para ellas. 

Confieso que me da un poco de reparo hablar de todo esto. Quiero ser lo más cuidadoso posible. Por eso, siento que no hay necesidad de poner palabras gruesas a algo que ya lo es. Creo que adornar todo esto con expresiones y adjetivos tremendos sería igual que pintarrajear con colores una foto en blanco y negro, solo añadiría irrealidad y un cierto tono hortera. 

Sin embargo, siempre he percibido una tendencia hacia el exceso cuando se habla de la muerte. Es algo cultural, es evidente, porque también aprendemos a expresar este tipo de dolor, con sus códigos y sus ritos, algo que en principio resulta de gran ayuda, tener algo así como un manual de instrucciones para enfrentarse a lo desconocido. Lo que pasa es que cuando lo juntamos al lugar absurdo al que hemos relegado el hecho de morir, uno tiene entonces una sensación de desubicación similar a cuando visitamos esos grandes centros comerciales atestados de familias un sábado por la tarde. No parece el lugar más adecuado para fortalecer los lazos filiales.

Ramo de flores, Harris y Ewing, 1911. Dominio público.

Algo similar sucede con la pérdida de un ser querido. Nunca hablamos de la muerte. Es un tabú en toda regla. No solo la hemos desterrado de nuestras conversaciones, sino también de nuestro entorno. Hemos llevado los cementerios al extrarradio, junto a los polígonos industriales, rodeados de escombros o solares en obras. Y lo mismo con los tanatorios, que son de los mayores ejemplos de nuestra falsa relación con la muerte, fingiendo ese aire de hotel de lujo diseñado para ocultar lo evidente.

Así, que en lugar de hablar de ello y verlo en toda su naturalidad incomprensible, pues el paso a la inexistencia, admitámoslo, es algo que se nos escapa, lo callamos o lo escondemos, lo pintamos como algo extraterrestre. Ese acontecimiento que no nos pertenece. Un suceso que no forma parte de nosotros, de nuestro ciclo vital, sino que viene a interrumpirnos, como si fuéramos nosotros seres sin final. Y, visto así, como algo extraño, puede que sintamos entonces que se trata de algo injusto o que no nos merecemos, pues la muerte se nos presenta como una cosa excepcional. Perdemos la noción de dónde estamos y olvidamos quiénes somos: seres animales nacidos de la tierra o si lo preferís de una manera más trascendente, polvo que se transforma en polvo, como dicen los cristianos. Es decir, que formamos parte de un todo completo, donde vida y muerte son dos posibilidades. 

Por eso, no puedo comprender ni compartir esas banderas de luto que exhiben algunos. Porque si forman parte de ese exceso cultural con el que expresamos la muerte, las portarían con dignidad y respeto, aunque fueran impostados a la manera de las antiguas plañideras. Nunca como arma arrojadiza ni como moneda de cambio, difuntos por ideología. Pero es que, si por otro lado, ese símbolo intentase reconstituir la naturalidad de todo eso, con la intención de hacernos presente la muerte como parte de la vida, y así recordarnos de verdad que todas esas personas fueron los seres queridos de un país entero, entonces no deberían ser exhibidos en vano los crespones en las banderas, pues podríamos pensar que solo hay una intención tan fútil como mezquina de que los muertos sean honrados de una única manera, la de unos pocos, despreciando la diversidad de los muchos, la de todos y cada uno de ellos.

Si hubo una enseñanza que saqué de la muerte de mi padre es el hecho de haber visto que no hay ningún precepto ni una única forma de sufrir la ausencia, que los actos públicos tan pronto pueden consolar como hacerte sentir más solo, que nadie sabe cuál es el camino hacia el reencuentro con los seres queridos excepto uno mismo. Es algo que depende de cada persona. 

Por eso, pienso que usar el dolor como coartada política es de lo más despreciable que se puede hacer. Nadie que haya perdido estos días a alguien cercano se lo merece. Suficiente tienen ya con su propio desconsuelo como para que vengan algunos a usarlos de bandera. 

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