El pintor profesional

Un cuento gótico –

La carretera estaba vacía. El páramo a aquellas horas de la tarde era un gran horno ardiendo. En verano, la mayoría de los ayuntamientos de la provincia convocaban concursos de pintura rápida y el pintor Ernesto Santolaria se presentaba a todos los que podía. Era una forma de ganarse el dinero para el invierno, como una profesión más. Al principio de la temporada se hacía un calendario con todos los certámenes, las horas de recogida, sellado y entrega de los lienzos, la cuantía de los premios y los posibles miembros de cada jurado. Después, dibujaba un pequeño mapa con los recorridos a seguir los días en los que coincidían varios concursos, indicando las distancias entre un sitio y otro, de manera que pudiese presentarse a las ocho en un pueblo, sellar, realizar un pequeño apunte y marcharse volando para estar a las nueve a 50 kilómetros, sellar, hacer un apunte, coger los trastos y en algún lugar intermedio, en mitad del páramo o detrás de una tapia de adobe medio deshecha, pararse a pintar ambos cuadros a toda prisa y así, entregarlos puntualmente ante sus respectivos jurados. No arriesgaba lo más mínimo. Usaba una serie de motivos, colores y texturas que había desarrollado a lo largo de los años, de manera que últimamente ya no era capaz de distinguir un cuadro de otro, si era del día anterior o del año pasado. 

Al llegar a la plaza del pueblo, aparcó junto al ayuntamiento y se encaminó decidido hacia el salón de plenos, donde ya estaba el jurado sentado y listo para dar su veredicto. La obra premiada, cuidadosamente cubierta, se apoyaba en un caballete, esperando a ser desvelada. Tras la lectura del fallo, se anunció que Santolaria era el ganador. Mientras se levantaba para recoger el galardón, descubrieron el lienzo. En ese instante, el rostro del pintor mutó en un gesto de incredulidad. Aquel no era su cuadro. No era la pintura que había realizado horas antes junto al arroyo del páramo. No sabía qué podía haber pasado. Seguramente, sería una confusión. Miró al jurado y al público buscando una respuesta. Pero lo observaban con impaciencia sin comprender por qué no subía al estrado. Repitieron su nombre. Definitivamente, debía de ser una equivocación. Se dirigió a los asistentes. Con la sonrisa de quien está sufriendo una broma, aclaró que el cuadro no era suyo, que había un error. El presidente se levantó de la mesa y, arrugando el ceño en señal de incomprensión, le preguntó secamente quién era él. Cuando el pintor pronunció su nombre, Ernesto Santolaria, el presidente le atajó rápidamente pidiéndole el carné de identidad. Se lo entregó, cotejaron los datos con la ficha de inscripción y el resguardo de entrega del cuadro, miraron la firma y se lo devolvieron. Era él. No había duda. Y ese, su lienzo ganador. Como demostración, el presidente levantó el resguardo para que todo el mundo lo viera, firmado por el artista, y señaló el ángulo del lienzo donde se encontraba la misma rúbrica, que además coincidía con la de su documento de identidad. Hubo un cierto revuelo en la sala. Algunos asistentes, competidores sin suerte, lanzaron gritos en señal de protesta. Una mujer le soltó que era idiota si renunciaba y unos pocos palmotearon y corearon: ¡Que renuncie, que renuncie! El jurado tuvo que llamar al orden dos veces. Pidió silencio y al ver que no funcionaba, apremió a Santolaria a pronunciarse. Era muy sencillo: o aceptaba o lo rechazaba.

Estupefacto, el pintor no supo qué decir. Él no había pintado aquello, aunque todo apuntara a que era su autor. Se quedó mirando el cuadro. Los colores y las formas no semejaban a los que utilizaba normalmente, pero tenían algo atrayente, casi hipnótico. ¡Qué maestría en el trazo! ¡Vaya forma sublime de superponer las capas de color! Se odió a sí mismo por no haber tenido nunca el coraje de pintar algo así. Aquella obra superaba claramente todo lo que había hecho durante años. No podía negarlo. Su belleza era apabullante. Y se le pasó por la cabeza aceptar el premio. O, más bien, el cuadro. Quería llevárselo a casa. Era una auténtica obra de arte. Y firmada por él. Aunque no fuese suyo. Es cierto que lo más honesto hubiese sido renunciar, sin embargo, finalmente decidió aceptarlo. La situación no tenía ni pies ni cabeza. No obstante, puesto que nadie reclamaba el lienzo y, al fin y al cabo, se lo atribuían a él, no encontró nada malo en quedárselo. El dinero le venía muy bien. Técnicamente no estaba haciendo nada ilegal. 

Salió con la pintura bajo el brazo y un cheque de 2.000 euros en el bolsillo, sorprendido aun por los acontecimientos. Con un ligero nudo en el estómago y los remordimientos de quien se sabe culpable de estar haciendo algo indebido, metió el lienzo en el asiento de atrás del coche. Aun así, la euforia de llevarse su premio, no le dejaba comprender lo que había pasado. Arrancó el motor y aceleró de golpe, a punto de atropellar a algunos curiosos que lo habían seguido. 

Dejó atrás el pueblo. Por el retrovisor vio el lienzo emerger. Se preguntó qué hubiera sucedido de haber rechazado el premio. Le hubieran llamado de todo. Menuda broma de mal gusto, pensó, o de venganza. A más de uno le sentaba fatal perder. No aceptaban que año tras año fuera él quien se llevara buena parte de los premios de la provincia. Ridículo. Pensó que irse a casa con un premio que no era suyo, con un cuadro atribuido a él que superaba con creces todo lo que había hecho hasta la fecha, suponía un golpe a su orgullo. Era indignante. Se preguntó qué habría pasado con el auténtico cuadro, qué derroteros hubiera seguido el concurso de no haberse producido el cambiazo, y le entró rabia. Vio a la gente haciendo aspavientos en el salón de plenos. El revuelo generalizado. Los ojos enormes del presidente del jurado. Comenzó a zumbarle el oído. ¡Qué desfachatez el haber cambiado su cuadro por otro! Hasta ahí podrían llegar. Si no les gustaba o no les parecía suficientemente bueno, solo tenían que haberle dado el premio a otro. El jurado era una panda de impresentables, pensó, mientras comenzó a lanzar insultos y tacos, y se enrojecía a causa de la ira. Hasta que sin pensarlo, dio un volantazo y pegó un frenazo en seco. 

Muchedumbre observando a un muchacho pintando. Autor desconocido, hacia 1900. Dominio público.

Se había detenido en un camino de tierra. En mitad del páramo. Miró a su alrededor. No había nadie. Entonces, sacó el lienzo. Lo observó blasfemando todavía. Una obra excepcional y enigmática. De eso no había duda. Portentosa. Pero eran unos hijos de puta. Arrojó el cuadro al suelo y lo roció con trementina. Le prendió fuego. Las llamas crecieron rápidamente mientras el óleo crepitaba. Se quedó junto a la hoguera hasta que se hubo consumido todo. Inhaló fuerte. Cerró los ojos y por un momento se sintió aliviado.

Al llegar a su edificio ya era de noche. Recorrió el portal a oscuras. No se oía ni un ruido. Como si todos los vecinos se hubieran marchado de vacaciones. Llamó al ascensor. 

–¿Astaró? –le asaltó una voz desde del interior de una casa–. Querido Astaró, ¿cómo llegas tan tarde?

Súbitamente, la puerta del bajo se abrió. A contraluz, se recortó la silueta del viejo que vivía en la antigua portería. Estaba claro que le había confundido con otra persona. 

–Ernesto –replicó el pintor algo asustado–, el vecino del cuarto. 

Y sin entretenerse más, le dio las buenas noches y se metió en el ascensor. Siempre le había resultado agradable y extremadamente educado el anciano. A pesar de no haber tenido una conversación nunca con él. Pero aquella salida brusca le estremeció. Probablemente, por su manera extranjera de hablar, con un acento algo meloso, y su actitud hierática. Parecía salido de otra época. Igual que su forma de vestir, siempre llevando americanas elegantes, jamás desarreglado, despeinado o con una camisa mal planchada. 

Cuando entró en casa, fue directo a la cocina. Tenía dolor de cabeza. Sacó una botella de vino y empezó a beber. Notaba las sienes cargadas. Le sentaría bien emborracharse, sentir un poco de flojera mental y olvidarse del cuadro. Quitarse de encima la ignominia del jurado, los abucheos del público. Le dio varios tragos seguidos a la botella. Echó un vistazo alrededor. Eran todos unos crédulos imbéciles. No tenían criterio alguno. Cómo no se habían dado cuenta de que él jamás hubiese podido pintar ese cuadro. Si hubiesen investigado un poco su trayectoria, lo habrían comprobado enseguida. Mirando las obras con las que ganó otros años, habrían llegado a la conclusión de que él no podía ser su autor. No hacía falta ser un experto para percibir las diferencias. Solo había que tener ojo. Ver la profundidad de las capas de color. La intensidad de la pincelada que parecía barrer de un solo trazo la superficie completa del lienzo. El dolor de cabeza se hizo más fuerte. Como si la coronilla le fuera a estallar. Las figuras del cuadro se mezclaban con las mujeres del jurado. El fuego de la hoguera. Las llamas iluminando el salón de plenos. Abrió otra botella. Siguió bebiendo hasta caer completamente borracho. 

A la mañana siguiente, se despertó tirado en el suelo. No recordaba nada, solo que había bebido mucho. Apestaba a pintura. Entonces, se dio cuenta de que tenía las manos manchadas de rojo. Miró a su alrededor y una sospecha le fue invadiendo. Sobre el caballete había un lienzo. Se acercó. Allí, en un formato más grande y rotundo, se erigía el cuadro. Todavía húmedo. Resplandeciente. Exactamente el mismo cuadro del concurso, ese que él no había pintado. El mismo que había quemado en el páramo. Se miró las manos manchadas de pintura como si hubiera cometido un crimen. Le entró un escalofrío. No conseguía recordar qué había pasado. Juraría que se había deshecho de él. Pero, tal vez, con la emoción y el dolor de cabeza fue solo una especie de fantasía. Decidió llamar a Torremoza, un compañero de gremio que también había estado el día anterior en el concurso. Necesitaba otra perspectiva. Alguien que le contara desde fuera lo que había sucedido. 

Cogió el móvil, pero no se desbloqueaba. Hizo varias pruebas, colocando el dedo de distintas maneras. El lector no reconocía su huella. Probó a colocar lentamente el pulgar. Nada. La pantalla seguía en negro. Comenzó a impacientarse. Menuda forma de empezar el día. En eso se habían transformado los teléfonos, pensó. Aparatos que no te dejan hacer lo más sencillo: llamar. Tras un par de intentos más, decidió introducir el código pin. Pero también daba error. Estaba claro que el día comenzaba con mal pie. Respiró hondo e intentó relajarse. Aún no había tomado el café y ya tenía que estar lidiando con incomodidades. Pulsó por segunda vez su código. Incorrecto. ¿Qué clase de confabulación había esa mañana contra él? No podía ser tan tonto de haber olvidado la contraseña. Volvió a probar por última vez. Apretó las teclas una a una y muy despacio, repitiendo en voz alta los números. Cinco, tres, uno, siete. Pulsó aceptar. En ese momento, el teléfono se bloqueó definitivamente. Un mensaje pidiéndole otro código, que por supuesto no tenía, apareció en la pantalla.  Tiró el móvil violentamente contra la pared. Lo mejor sería ir al banco lo antes posible para ingresar el cheque. Desayunó y se arregló. 

Bajando en el ascensor, coincidió con la vecina del tercero, que apenas le saludó. Como si no existiese. Debía de estar volviéndose loca, imaginó el pintor. No le extrañaba. Con su marido siempre en el bar y un hijo de casi cuarenta años todavía con ellos, cualquiera perdía la cordura. La mujer le puso cara de perro guardián y le preguntó de dónde venía. Como si no lo supiera bien. Si bajaba del cuarto, solo podía ser de su casa. Pero eso no le convenció. Se quedó refunfuñando y hasta que no salieron juntos del portal, la mujer no dejó de clavarle la mirada. Incluso, le dejó salir a él primero para asegurarse de cerrar la puerta por completo. 

Al llegar al banco, se dirigió a la caja y se puso a la cola. Estaba atendiendo el chico de siempre. Con mucha paciencia le resolvía un problema a una señora. Algo con un impago del recibo de la luz. Cuando llegó su turno, puso el cheque en el mostrador junto a su dni y le echó una sonrisa al cajero como de viejos conocidos. Quería ingresarlo en su cuenta. El chico tomó nota de sus datos y empezó a teclear en el ordenador. Clicaba con el ratón. Borraba información y la volvía a escribir. Así durante más tiempo de lo normal. No mucho más, pero lo suficiente como para que el pintor comenzara a impacientarse. Estiró un poco el cuello intentando ver la pantalla a través del cristal. El dependiente siguió tecleando. Hizo una pausa. Cogió el documento de identidad, lo examinó por ambas caras y volvió a escribir. Entonces le dijo que lo sentía mucho pero había un problema. Él no tenía una cuenta en esa entidad. El pintor sonrió. Tenía que haber un error. Era cliente desde hacía años. Sacó su tarjeta de crédito y se la enseñó. Pero el dependiente había hecho ya varias comprobaciones. No había nadie registrado como Ernesto Santolaria González. Su número de identidad tampoco arrojaba registro alguno. Por tanto, no podía ingresar el cheque y para cobrarlo, tendría que dirigirse al banco emisor. El pintor hizo un gesto de no comprender. Él tenía su cuenta allí. De hecho, el chico era quien le había atendido la mayoría de las veces desde hacía años. Tenía que aparecer por algún lado. Su dinero no se podía haber esfumado. Esas cosas no pasaban así como así. No desaparecía de la noche a la mañana una cuenta bancaria con los ahorros de una persona. El dependiente se encogió de hombros y le ofreció abrirse una cuenta. Tenían nuevos productos que podrían interesarle. Si domiciliaba su nómina, disfrutaría de importantes ventajas. Y, por supuesto, podría cobrar el cheque. Pero el cheque ya le daba igual, el pintor quería su cuenta. Le exigió hablar con su jefe. Se estaba poniendo nervioso. Quería sus ahorros. Era su trabajo. Su vida. Tenía que ponerse a pintar. Pero el dependiente ya no le prestaba atención. Así, que empezó a insultar a todo el mundo, alzando la voz. Amenazó con romper el cristal si era necesario. Les advirtió que se quedaría allí a dormir hasta que resolvieran lo que narices hubiera pasado. Hasta que al final, se puso a aporrear la vitrina blindada. El guardia de la oficina, que llevaba ya unos minutos pendiente de la situación, intervino en ese momento. Lo agarró del brazo y lo echó a la calle. 

Largo rato permaneció en la acera el pintor, mirando la puerta del banco. El vigilante lo observaba desde dentro con expresión amenazadora. En pocos minutos se había quedado sin cuenta, sin ahorros y sin posibilidad de ingresar el premio. Se había esfumado. Era como si una parte de su vida se hubiese volatilizado. De hecho, mientras volvía a casa, por primera vez en mucho tiempo, se dio cuenta de lo efímero que era todo. Y se encontraba muy solo. Únicamente lo apaciguó pensar en el cuadro. Le entraron ganas de contemplarlo. Su superficie oscura de diversas capas. Transparentaba una especie de profundidad vacía. Algo así como el abandono. Esa intimidad reconfortante de cuando uno está solo. Era como si tras el color, se abriera un espacio profundísimo que lo envolvía. Estaba convencido de que, si pudiese indagar en ello, si fuese capaz de adentrarse en lo que había pintado, podría desarrollarlo más. Trabajar en una serie completa. Montar una exposición. Porque ahora ya admitía que debía de haberlo pintado él. Sin saber cómo ni cuándo ni dónde. Pero no podía seguir negando mucho más tiempo la evidencia. Su firma estaba allí. El cuadro estaba allí. Incluso creyó ver algo de su propio estilo. Es decir, de ese manierismo con el que venía pintando para los concursos desde hacía más de una década. Aunque superado por una pincelada original, nueva, y por una composición nunca antes experimentada por él. Trataba de saber cómo lo había hecho. O, más bien, de darse cuenta, de hacerlo consciente, pues saber, lo que se dice saber, ya lo sabía. Aunque fuese en lo más profundo del subconsciente. Sería como desandar un camino. Ir paso a paso mirando cada detalle, de fuera adentro. Reconstruyendo la técnica que debía de haber usado, para analizar, después, las distintas hipótesis sobre el lugar donde podría haber nacido todo aquello. Por eso, tenía que llegar a casa cuanto antes. 

El resto del camino intentó no pensar más en ello. Cuando por fin llegó a su portal, se acordó del anciano. La mirada afilada con la que lo abordó la noche anterior. Un hombre solitario. Debía de tener ya la cabeza un poco ida. Llamó al ascensor, pero alguien lo bloqueaba en otro piso. Aporreó la puerta. Dio un par de gritos. Nadie contestó. Insistió. Pero no quería perder más tiempo. Necesitaba ver de nuevo ese maldito cuadro que lo estaba volviendo loco. No podía esperar más. En la cabeza se le agolpaban muchas imágenes. La voz del viejo, con su acento extranjero, llamándolo por aquel nombre extraño. El dependiente del banco despidiéndolo como si fuera nada. El  móvil estropeado. La imposibilidad de llamar a su amigo Torremoza. Una especie de vacío en todo lo que tenía que ver con el cuadro. Empezó a sentirse como si él no fuera él. Es decir, como si no pudiera asegurar lo que iba a hacer a continuación. No lo que fuese a suceder, sino cómo reaccionaría. Decidió subir por las escaleras. A toda velocidad, dando zancadas, subiendo los escalones de dos en dos. Le asaltó la visión del cuadro, triunfante. Las sonrisas de la gente. Llegó a la cuarta planta sin aliento. Miró hacia atrás. La escalera estaba vacía. Sacó las llaves temblando. Hasta el tercer intento no fue capaz de abrir. Cuando por fin entró, cerró la puerta y echó el pestillo. Comprobó por la mirilla si le había seguido alguien. Pero no había nadie. Se quitó la chaqueta y la colgó del perchero. Entró directamente a la cocina. Abrió el grifo y dejó correr el agua para que saliera fresca.  Se mojó el cuello y la nuca. Cogió un vaso del armario para beber. Entonces, oyó un ruido. Como un susurro lejano. Una o varias voces que hablaban muy bajo. Se asomó al pasillo. Estaba vacío. Pero el ruido continuaba. Provenía del salón, como una frecuencia que va y viene. Se acercó despacio, procurando no hacer ruido en la madera del suelo. Cada vez se oía más alto. Más denso. Una especie de zumbido indiscernible. Millones de susurros, grititos, chasquidos. Respiró hondo y giró el pomo de la puerta. Entonces abrió bruscamente. Pero en ese instante todo cesó. 

Al entrar en el salón, la casa entera se le vino encima. Lienzos amontonándose en el suelo, en el caballete, por todas partes. Las paredes forradas de arriba abajo. El cuadro cubría toda la habitación. Incluso el techo. Decenas de copias. El mismo repetido cien veces. El cuadro que había aparecido en el concurso, el que había quemado. Todos exactamente iguales. Como si solo existiese ese cuadro. Como si siempre hubiese existido nada más que el cuadro. Todos y cada uno de ellos firmados en el ángulo inferior derecho, con una letra similar a la suya. Pero, en lugar de su nombre, ponía: Astaroth, 1972.     

Salió corriendo sin darse cuenta de que dejaba la puerta de casa abierta. Bajó las escaleras dando saltos. El anciano. El anciano tenía que saber de qué iba aquello. Quién era ese con el que lo había confundido. Por qué su casa estaba llena de cuadros suyos.  Cómo habían llegado hasta allí. El último tramo de escalera lo bajó tan rápido que casi se abalanzó sobre la puerta del viejo. Intentó coger aire antes de llamar al timbre. El hombre tardó en contestar. Lo oyó llegar por el pasillo, hablando solo. Cuando abrió, ya sabía quién era. Como si lo estuviera esperando. Con su camisa recién planchada y su corbata. Ni rastro de sorpresa o sobresalto en su rostro. Simplemente, lo invitó a entrar y, sin darle oportunidad de decir nada, le ofreció una taza de té que tenía preparado. Así, que el pintor entró. El pasillo estaba oscuro. Era largo, con el suelo de madera vieja y los techos, altos. Varias estanterías repletas de libros cubrían la pared izquierda, adentrándose en el salón. Debía de haber miles de volúmenes. Apenas distinguía los títulos, pero sí reconoció que la mayor parte estaban en otras lenguas, sobre todo en rumano, aunque también en alemán y en francés. Otros objetos aparecían de vez en cuando entre los estantes. Dos figuras africanas de madera, con rasgos demoníacos custodiaban un grabado que le recordó a las escenas de brujería de Goya. En otro estante había un cofre de plata. Uno de los títulos que reconoció ahí fue la Historia del diablo, de Daniel Defoe. Un poco más allá, un candelabro pequeño de siete brazos descansaba junto a una edición de principios del XX de Samalio Pardulus, de Otto Julius Bierbaum. Al entrar en el salón, en un extremo había un escritorio de roble, con revistas y más libros, algunos cuadernos y una lámpara estilo art decò. En el centro, dos butacas y un sofá estilo funcional rodeaban una mesita baja de cristal, sobre la cual había un libro titulado La doctrina secreta, de una tal Madame Blavatsky. A un lado del sofá se alzaba una lámpara de pie y en la pared de enfrente, dos puertas de cristal daban al patio. No entraba mucha luz, a pesar de no haber cortinas, pero era lo suficiente para un pequeño jardín compuesto por un ficus benjamina, un par de amarantas grandes y bastante leñosas, un aloe gigante que parecía reptar por el suelo y varios cactus de distintos tamaños. Entre las plantas, una especie de ídolo precolombino de cristal parecía vigilarlo.

El pintor no sabía por dónde empezar. Tenía la respiración entrecortada y el corazón aún se le salía por la boca. Intentó articular una frase completa, pero le fue imposible. El anciano le indicó que se sentara. Le sirvió té y le ofreció pastas. Y como si se conocieran desde hacía años, el hombre comenzó a contarle que lo había estado esperando mucho tiempo. Desde antes de salir de Rumanía. En la universidad, tal vez. Allí le había resultado cada día más complicado continuar. Había ganado la cátedra, sí, pero eso no le salvó de nada. Las protestas estudiantiles habían provocado que una mitad de los profesores fuesen informadores y la otra tenía mucho que ocultar. Por eso, a una persona como él se le hacía cada vez más difícil permanecer libre de sospecha. Y mucho más debido a que su familia había simpatizado con el régimen de Antonescu. Algo que nunca se llegó a olvidar. Ni siquiera a principios de los setenta, o especialmente en aquella oscura época. Todo el mundo sabía aun qué significaba ser el profesor Dumitrescu. Por lo que al rectorado no le resultó demasiado complicado argumentar su expulsión del departamento cuando saltó el escándalo con la tesis que estaba dirigiendo. 

El anciano hizo una pausa para levantarse de su butaca y acercarse a una de las estanterías. El pintor lo observaba con curiosidad. No tenía ni idea de lo que le estaba contando. Pero poco a poco, se fue tranquilizando hasta olvidar, por un instante, el motivo de su presencia allí. Un par de veces hizo el gesto de querer interrumpirlo y preguntarle por la noche anterior. Sin embargo, le pareció algo sin importancia. Como si el relato del profesor, que ni siquiera lo miraba, fuese un torrente de lava que lo arrastra todo a su paso. Se encontraba sumido en sus palabras, mientras el anciano evocaba punto por punto los sucesos que lo habían llevado hasta él. El profesor sacó un libro y acarició la tapa. Se lo ofreció al pintor. Se trataba de un ejemplar muy especial. Una primera edición de la novela de Joris-Karl Huysmans, Là-bas, de 1891. Perteneció a su abuelo. El argumento, aparte de muy sangriento y sádico, no era nada del otro mundo. Pero el caso es que al pobre escritor se lo persiguió en su época. O, más bien, a sus libros. Este, dijo señalando el ejemplar, fue uno de los que sobrevivió. Pero lo que tenía de particular era otra cosa. Le quitó de las manos el libro, lo abrió, cogió una hoja al azar y la puso a contraluz. Si uno se fijaba bien, había una especie de mancha ocupando casi toda la superficie. Al acercarse más, se distinguía perfectamente otro texto entre las líneas de los párrafos. Como si fuese una marca de agua o, mejor dicho, un palimpsesto. Solo que, al contrario que los amanuenses, el editor no pretendió borrar el libro primigenio, sino esconderlo. Obviamente, aquello tenía un propósito claro: que solo los iniciados fuesen capaces de leerlo. Su familia había guardado el secreto durante décadas, tal y como juró cada uno de sus depositarios. Cuando su padre le cedió la custodia del texto, él ya era profesor en la universidad de Bucarest. Llevaba diez años investigando sobre el autor francés. Nadie se ocupaba de temas satánicos por aquel entonces y, aunque llamó la atención entre los académicos, se contempló dentro de una sana y aparente libertad de cátedra. 

El anciano le sirvió más té. Se acercó al escritorio y sacó un álbum. Era finales de la década de los sesenta, continuó. El departamento se había convertido en un lugar inseguro. Al menos dos profesores trabajaban infiltrados. Nadie se atrevía a dar una clase o escribir una recensión acerca de algo o alguien que no estuviese dentro de la línea oficial. Fue entonces cuando se matriculó de su asignatura Nicoleta, una joven que desde el primer momento le fascinó por su hondo conocimiento de las lenguas antiguas y la historia del arte. No tardaron mucho tiempo en hacerse amigos. De una de las páginas del álbum, el anciano despegó una foto para mostrársela al pintor. Era la chica. De una belleza nada evidente, pero irradiada con fuerza. La figura desgarbada. El pelo negro, liso y suelto le caía por delante de los hombros. Llevaba las gafas de sol de la época, imitando carey, con cristales ahumados en tono azul, unos pantalones vaqueros de campana y una blusa blanca. Una tarde el profesor la invitó a su casa y antes de que se diera cuenta, se encontró hablando con ella de Huysmans. La chica conocía muy bien su obra. La había leído en francés, por supuesto. Así, que él no pudo resistirse y le mostró su primera edición. La sorpresa de ella fue mayúscula. Al instante supo que aquello estaba en escritura demótica y al profesor, como uno podía imaginarse, le dio un vuelco el corazón. Durante los siguientes tres años, le estuvo dirigiendo la tesis a ella. Versaría sobre la iconografía del mal en Huysmans, para lo cual estuvieron viajando la mayor parte del tiempo. Visitaron Bruselas, Madrid, Londres, París y otras muchas ciudades. Y ahí comenzaron los problemas. 

Mientras el anciano pasaba las páginas del álbum, enseñándole fotos de sus viajes, el pintor comenzó a sentirse mal otra vez. Un sudor frío le bajó por la nuca y la frente. Una foto le había llamado la atención casi sin apenas verla. Le hizo un gesto con la mano. No era como las otras, donde aparecían los dos posando delante de monumentos. Esta se veía completamente improvisada. Estaban en un museo o una sala de exposiciones. Con mucha gente. Formaban un corro, con otras cinco personas. Sonreían y charlaban animadamente. Algunos fumaban y llevaban copas de la mano, como si fuese una inauguración o una fiesta. Los hombres con traje y las mujeres con vestido largo. El pintor le preguntó si se la podía enseñar con más detenimiento. El estupor de sentir que una especie de presentimiento se hacía realidad no le impidió comprender literalmente las palabras del anciano. Se dio cuenta de que, en la imagen,   entre el grupo que acompañaba a la pareja, se encontraba el presidente del jurado del concurso, y por detrás de ellos, colgado en la pared, el cuadro en toda su majestuosidad. 

Comenzó a sentirse mareado. Oyó cómo el profesor le llamaba de nuevo con aquel nombre extraño: Astaró. Tenía que acordarse seguro, le decía. Fue la tarde que inauguró su exposición en Bratislava. ¡Qué fabulosa exposición! Pero el pintor se levantó desorientado. Miró a su izquierda. Los libros de la estantería eran ahora más grandes. Como si estuviesen a punto de saltar al suelo. Miró a su derecha. Por una de las ventanas entraba un rayo de luz que atravesaba el ídolo y se descomponía en diminutas iridiscencias que salpicaban aquí y allá el salón. Tenía calor. Se sentía sofocado. Por un momento, casi perdió el equilibrio. Intentó a agarrarse a la lámpara, pero acabó por tirarla al suelo. El anciano lo sostuvo por los hombros. Tenía que tranquilizarse. Le prepararía algo de comer. Lo mejor sería que se sentase de nuevo, que descansase. Aún tenían que preparar la ceremonia. El texto. Pero el pintor solo quería salir de allí. Le faltaba el aire. Quería irse lejos. Coger el coche y marchar al páramo. A campo abierto. Sin decir nada, le arrancó al viejo aquella maldita fotografía y atravesó el pasillo a toda velocidad. No miró atrás. Mientras cerraba la puerta de un golpe, creyó sentir que el profesor iba tras él. Salió del portal. Antes de echar a correr despavorido, miró el reverso de la foto. Había una dedicatoria. «Por la nueva vida. Vuestro: Astaroth. Abril, 1972».  

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