No es un virus, es miedo

El último hombre en la tierra –

A menudo, cuando hay dos versiones de una película, me gusta verlas y compararlas. Sobre todo, si hay varias décadas de distancia entre una y otra, como es el caso de Soy leyenda (2007) y El último hombre sobre la Tierra (1964), que me han venido a la cabeza ahora que estamos en plena explosión de pánico por una nueva gripe llamada «coronavirus». Sin embargo, aunque parezca contradictorio, la lectura sacada de la versión más reciente resulta mucho más conservadora que la de los años 1960.

En la primera, Will Smith hace de Robert Neville, un científico investigador que sobrevive como el último hombre en la tierra, tras una pandemia que ha matado a la población o la ha transformado en zombi. Su mayor afán, aparte de seguir con vida, es encontrar una cura para restablecer la civilización. Cuando parece que la ha encontrado en la sangre de un niño, debe sacrificarse por la esperanza que suponen este y su madre. 

En la segunda, Vincent Price encarna al doctor Morgan, científico también, aunque a diferencia del otro, este ha sido responsable del virus en un laboratorio, de modo que vive atormentado por ello y pagando su culpa. También aparece un día otra persona, pero se trata de una mujer sola, infectada, a la que milagrosamente logra curar. Esto le hace comprender que en un mundo en el que él es ya el último ser humano «puro», no tiene sentido empeñarse en luchar contra esa nueva «civilización» que ya está naciendo y a la que él no pertenece.

El último hombre en la Tierra (1963). The Kobal Collection / AIP

En ambas películas se expone la cuestión del contagio y de la soledad. Sin embargo, es el miedo a lo desconocido, al fin de la existencia de la propia civilización, lo que marca ambas historias y lo que las separa mucho más que los cuarenta años habidos entre un rodaje y otro. La cuestión es cómo cada uno afronta ese fin: como desaparición o como transformación.

El miedo de Robert Neville lo lleva a buscar supervivientes e investigar una cura cazando zombis. Su miedo a lo otro es, en realidad, a lo desconocido extranjero, podríamos decir. Le hace negar los signos de cultura que llega a constatar en los infectados y no duda en usar sus cuerpos como conejillos de indias con el fin de restablecer su humanidad. No hay culpa ahí, sino reafirmación en los valores de nuestro mundo: todo aquello que no esté sano debe ser aniquilado o tratado para su curación. No es posible un camino entremedias.

El miedo del doctor Morgan, sin embargo, es otro. Está carcomido por el remordimiento y la culpa. Él ha sido uno de los máximos responsables de la infección y esa especie de vampiros (en 1964 aun no se había generalizado la figura del zombi), tiene todavía algún rastro de humanidad, saben quién es él, y todas las noches se dirigen a su casa llamándolo por su nombre, señalándole con el dedo. Su miedo tiene más que ver con la fascinación por lo otro extraño, con el hecho de saber que podría llegar a formar parte de ello, que con la desaparición. Es un miedo a la transformación. El hecho de que los vampiros representen una nueva cultura o civilización, inconcebible según nuestros esquemas, es lo que más parece asustar a Morgan. Aunque esto es lo que, paradójicamente, acaba aceptando: la hegemonía de los nuevos seres. 

Así, mientras que en 2007 la única salida frente a lo extraño es su negación, no hay aceptación del otro, ni siquiera un intento de síntesis entre ambas civilizaciones (de hecho, solo hay una, la humana), en 1964 la respuesta a la llegada de un ser extraño es la mezcla, el intento de asimilación, su aceptación. Es por esto por lo que los años 1960 resultan más aperturistas que la primera década del 2000. O dicho de otro modo, nuestra época parece apuntar a un mayor dogmatismo que la de nuestros padres, cuyos anhelos pretendían ser más liberales. No por casualidad nuestro Will Smith, a pesar de estar libre de culpa, tiene un papel un tanto neurótico, obseso y rígido, mientras que Vincent Price, por el contrario, es mucho más abierto y relajado, aun siendo muy disciplinado.

Podríamos decir que el horizonte de valores ha cambiado significativamente entre una película y otra. La tolerancia, que podía parecernos una forma arrogante de aceptación del otro desde nuestra condición superior, y que, por tanto, debía ser desterrada por el último hombre de 1964, se nos antoja hoy en día casi como un paraíso perdido, a la vista de la intolerancia más reaccionaria que nos ha traído nuestro miedo a lo desconocido, pues hemos perdido el horizonte de expectativas de los derechos humanos. En nombre de nuestra seguridad somos capaces de renunciar voluntariamente a valores básicos como la igualdad, la libertad y la fraternidad. 

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