Sueño, de Murakami

La libertad de elegir entre diez millones de sabores de yogur –

A veces me pasa con algunos grandes escritores que tardo años en agarrar su obra por los cuernos para enfrentarme de lleno a lo que todo el mundo considera sus trabajos fundamentales, mientras que me deleito con opúsculos poco conocidos, de menor importancia o pertenecientes a momentos laterales de su producción. 

Eso es lo que me ha sucedido con Haruki Murakami. No he leído Tokio Blues, que siempre es citada como una de sus obras fundamentales, aunque sí La caza del carnero salvaje. Y, sin embargo, con lo que he disfrutado de verdad ha sido con su relato Sueño, que considero una auténtica pieza capital de la literatura del cambio de siglo. La manera que tiene de tratar la autonomía, la individualidad y la libertad en este relato lo sitúan en un lugar diferente. Intentaré explicarlo.

Una mujer, con estudios universitarios, casada y con un hijo, es ama de casa, en principio, por voluntad propia. La perfección que es para ella haber alcanzado los objetivos vitales marcados por la sociedad (marido, hijo, hogar) deviene, tras los primeros años de pasión y novedad, en indiferencia, primero, para convertirse después en aburrimiento y finalmente, en insomnio. Así es como, de hecho, comienza la historia, con una confesión: «Es el decimoséptimo día sin dormir». 

Sin embargo, la falta de sueño, lejos de convertirse en un problema de salud, libera a la mujer de su rutina y le facilita el reencuentro consigo misma, con su yo olvidado de juventud. A través de una larga elipsis por su vida, la relación con su marido y su hijo, y su rutina diaria, Murakami nos muestra el proceso de redescubrimiento de ella misma. Primero, una lenta conquista de las horas para su propio disfrute. Luego, el reencuentro con sus viejas costumbres. Finalmente, el fortalecimiento de su iniciativa. Es decir, primero se vuelve a reconocer como alguien con entidad propia (individualidad), después recupera su capacidad de conducirse por sí misma (autonomía) y, por último, experimenta la libertad. 

Lo interesante es que su transformación la lleva a cabo sin cuestionar ni un solo instante el rol que ella misma ha asumido en su vida familiar, sin pretender subvertirlo o cambiar su entorno en lo más mínimo. Al contrario, el personaje va asumiendo su nuevo tiempo, el que se le abre por las noches, con curiosidad, naturalidad, una cierta ingenuidad y alegría. No se trata de un proceso brusco ni de una ruptura, sino de una transfiguración lenta y cuidadosa con su entorno.

Sin embargo, he aquí el problema. A la vista del desenlace, resulta mucho más transgresor y peligroso para el estado de cosas dado alcanzar la libertad de esa manera consciente y progresiva que hacerlo de un modo rompedor, tal y como nos lo figuramos normalmente en nuestro imaginario.

¿Por qué es así? Probablemente por la propia manera de reconquistar esa individualidad, que es a través de la elipsis de su pensamiento, narrada por Murakami de manera magistral en primera persona, con un tono a veces a lo Raymond Carver, y simbolizada en el insomnio. 

La elipsis es una figura caracterizada por un modo de mirar filosófico, tal y como le explicó Walter Benjamin a su amigo Gerhard Scholem en una carta de 1938: al observar un objeto o un acontecimiento, la imaginación y la memoria rápidamente nos ponen en relación con otra cosa, lo cual produce un diálogo con un pasado que solicita estar presente, una tensión que nos obliga a discernir lo nuclear de entre la maraña de sucesos y emociones del momento actual.

De este modo, por medio de esa elipsis, de su falta de sueño, al recuperar su pasado, las mujer no solo rescata su autonomía, individualidad y libertad perdidas, sino que también las coloca en el seno de los otros, su marido y su hijo, enmarcándolas en su comunidad familiar, con su historia compartida, resolviendo de paso el encaje entre individuo y sociedad. No es ella frente al mundo, sino ella dentro del mundo.

Mujer dormida con naipes. Hacia 1900. Autor desconocido. Dominio público.

El problema es que Murakami no es nada halagüeño con respecto a esta cuestión. El final (sin pretender desvelarlo) muestra sin miramientos los límites de la individualidad que la sociedad no está dispuesta a dejar traspasar, porque, una vez que la mujer se ha hecho con las riendas de ella misma, el mundo la ataca con toda su violencia más cruda. Y así, sin pretenderlo, Murakami nos lanza una especie de mensaje: podrás ser libre, pero sin autonomía. O lo que es lo mismo, practicar una especie de libertad dirigida, a la manera en la que hoy en día el sistema nos la plantea: como una cuestión de elección entre opciones dadas. Como elegir entre diez millones de sabores de yogur.

Esa es la libertad de la que está hablando Sueño, una especie de sucedáneo, como la mahonesa light, el café descafeinado o la cerveza sin alcohol, algo de lo que disfrutamos pero a medias, bien porque nosotros no nos comprometemos hasta el fondo con ello o bien porque se nos hurta la posibilidad de decidir sobre ello. En palabras del filósofo Slavoj Žižek, «para tener una auténtica libertad deberíamos compartir la libertad, así seríamos realmente libres. También deberíamos tener la libertad de elegir y de formar un sistema diferente, que nos permita ser libres de una forma diferente. Sólo eres libre dentro de este marco. La forma fundamental de libertad es la de cambiar este marco general. Esa es la libertad que estamos perdiendo hoy. Eres libre de hacer lo que quieras, pero las reglas de nuestra libertad se hacen cada vez más en secreto». 

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