Un virus no es un virus

Diario de una epidemia 27 –

Ahora nos sorprende todo lo que antes pasábamos por alto. Lo cotidiano se ha vuelto grandioso, excepcional, mientras que antes era aburrido y monótono. El efecto de haber desaparecido nuestra vida en el espacio público es que el ámbito privado se ha convertido en todo nuestro mundo, y lo miramos con microscopio, haciendo enorme lo que antes era minúsculo.

Los rituales del baño, por ejemplo, constituían una especie de lujo premium que nos dábamos los sábados o los domingos, cuando teníamos más tiempo. En mi caso, dejaba al niño con mi chica y me tomaba libre, por así decir, la media hora que empleaba en una buena ducha, un afeitado preciso, crema en el cuerpo y ese tipo de cosas. Ahora, sin embargo, todos los días son lunes en ese aspecto, es decir, aseo rápido y eficaz, pero nada de entretenimientos. No sé por qué, pero no tengo ganas de más.

O el chirrido de la puerta del salón, que antes me había pasado desapercibido y, sin embargo, ahora, llevo investigándolo tres o cuatro días. Quiero entender si viene de las bisagras o de otro lado y si es así, establecer si es una cuestión de engrasar la puerta o de reajustarla. Seguro que son gilipolleces. Pero son las gilipolleces de mi mundo actual. No hay mucho más.

También está pasando que los fenómenos de la naturaleza tienen más cuerpo, como que son más densos, y los notamos con mayor facilidad. Antes, por ejemplo, lo mismo se ponía a nevar y no te dabas cuenta hasta pasado un rato. No en mi caso, porque yo siempre he sido un flipado de la nieve, y apenas veo que el día está a puntito, entonces monto guardia en la ventana y rastreo por las zonas de penumbra a ver si veo el primer copo, por pequeño y fugaz que sea. Pero a mi chica sí que le pasaba que no advertía esos momentos. Hasta ahora. 

Desde que estamos confinados, seguimos el parte meteorológico cada media hora. La temperatura, la dirección y la velocidad del viento, el índice de rayos uva. Naturalmente miramos la predicción por horas y lo hacemos en las tres ciudades que definen actualmente nuestras coordenadas vitales: Valladolid, Berlín y Burgos. A veces, incluso realizamos comparativas y pensamos qué estarán haciendo nuestros amigos en cada uno de esos lugares. Apenas vemos una gota en la terraza, lanzamos un grito de alerta y allá que vamos todos a pegar la nariz en la ventana. Incluso el niño, que está ya muy germanizado, ha empezado a dar su propia voz de alarma. En cuanto se acercan por el oeste nubes tormentosas, nos dice: ¡que viene Thor!, pues ya conoce al dios del trueno.

Cazador posando delante de un cactus, autor desconocido. Hacia 1900. Dominio público.

Y es que hay algo en estos días de encierro que me recuerda a una cosa que decía J. G. Ballard, que somos los humanos el decorado de las grandes fuerzas de la naturaleza, o algo parecido. En las obras suyas que conozco, El imperio del Sol, Crash y El rascacielos, con sus respectivas adaptaciones al cine, es cierto que el ser humano aparece como algo de fondo, como si fuera parte de un escenario en el que los grandes elementos, el deseo, la ira, la guerra, el amor, la naturaleza, la muerte, fueran los auténticos protagonistas. No en vano, él está entre los precursores de esa especie de subgénero de la ciencia ficción, que es la clima ficción, con su primera novela El mundo sumergido, que tengo apuntada desde hace siglos, pero nunca me leo, como ya una vez conté que me pasaba con Murakami

En ese decorado está sobreentendida nuestra insignificancia y, al mismo tiempo y paradójicamente, nuestra grandeza. Por eso, porque nos volvemos hacia un mundo más pequeño, el de los detalles minúsculos, adquiere todo una dimensión inmensa, como en la película del Hombre Hormiga, donde este superhéroe reduce su tamaño hasta una escala cuántica y de ese modo, opera en la escala humana. Así, nuestro ser tan poquita cosa frente al mundo, nos impide tal vez ser conscientes de lo inmensamente grande que es todo, pero nos permite percibir la importancia fundamental de esos detalles ínfimos. La idea de que lo uno y lo otro son interdependientes.

Solo de este modo, podremos ir viendo que lo que tenemos sobre la mesa no es solo un virus, sino toda una manera de organizarnos nuestro mundo. Una manera en la que nos hemos creído eso de que estábamos por encima de la naturaleza. 

El último año de carrera, a mí que me iba el hardcore y, a pesar de estar en filología, me gustaban la estética, la política y la física, me matriculé de filosofía de la ciencia, con Javier de Lorenzo, que era toda una eminencia en ese campo. Un día nos explicó que hay una cosa que él llamaba la hipótesis teorética de la physis. La verdad es que del trasfondo conceptual no me acuerdo. Sinceramente, aquella asignatura superó con creces mis capacidades científicas. Pero recuerdo que él lo resumía, tras largas explicaciones, en un comentario muy de bar, muy entre colegas, que venía a ser algo así como que el ser humano podía hacer grandes especulaciones, pero al final, un terremoto era un terremoto. Es decir, que jamás debíamos olvidar que por detrás de toda nuestra vida humana, de todas nuestras creaciones más alucinantes, con sus fórmulas matemáticas y sus innovaciones tecnológicas y culturales, etcétera, etcétera, hay un suelo que pisamos cuyas normas de funcionamiento se nos escapan por completo. Como un virus, por ejemplo.  De ahí la importancia de fijarme con mi hijo en las pequeñas cosas cotidianas, las que están más en nuestra escala.

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