El impostor

Un cuento de periodismo –

Como cada mañana, desde que me dieran el trabajo de redactor hacía dos meses, llegué a las nueve en punto a la oficina. Sin embargo, aquel día sucedió lo inevitable. Sobre mi escritorio, alguien había dejado un folio doblado a la mitad. Escrito a mano, ponía: «Te pillamos».

Levanté la cabeza despacio y con cuidado rastreé la sala en busca de algo sospechoso. ¿Cómo me habían descubierto? Vi los ojos de Lucía, la administrativo. Me observaba atentamente. Le saludé con una sonrisilla que correspondió al instante. Sin embargo, no pude contener mi temor. ¿Habría sido ella? Cada mañana, nos hacíamos un gesto desde la distancia, pero ahora resultaba todo sospechoso. Comencé a ponerme nervioso. No sabía qué hacer. Si me habían cazado, ya no tenía nada que hacer allí. Daba igual quién hubiera sido. Lo único que podía hacer era ganar tiempo para preparar una excusa, una retirada encubierta que me permitiera salvaguardar, si no mi profesionalidad, al menos la dignidad. Algo de la imagen que me había fraguado ante los demás. Aunque tuviera que acercarme, incluso, a compañeros clave en la redacción que pudieran defenderme llegado el momento o, por lo menos, me prestaran algo de credibilidad.

Mientras se encendía el ordenador hice un breve repaso mental: Juan, de la mesa general, Andrea y Paola, de la mesa de economía, Nacho de cultura, todos eran unos flojos y se habían mostrado más de una vez excesivamente corporativistas, celosos de sus titulaciones. Seguramente, me darían la patada a la mínima. Verónica de la mesa de deportes, Carlos con su frenético y machacante martillear de teclas y Pedro, de internacional. Estos tres no solían involucrarse en nada. Formaban un grupo tan cerrado que posiblemente no se hubiesen dado cuenta aun de mi existencia en la redacción, por lo que no parecían un problema. Y, de repente, Luis. Me vino a la cabeza la forma en la que había levantado los ojos justo en el instante en el que pasé a su lado al entrar, con las cejas arqueadas y la barbilla puntiaguda hacia arriba, al tiempo que me saludaba con un «venga», casi como quien escupe un huesecillo. Venga. ¿Qué había querido decir con ese latiguillo irónico con el que había alzado la «e» por encima de su mentón, con un ligero vibrato gutural, casi como de risilla simpaticona entre camaradas? 

No quise darle más vueltas por el momento. Era aún muy temprano. Había tomado solo un café y tal vez tuviese el juicio un poco nublado. Así, que pensé que no me convenía precipitarme. Tal vez, me estaba equivocando. Igual no era lo que yo pensaba. Me convencí de que lo más sensato era esperar a que llegara Fernando, testar cómo estaban las alturas de la redacción y, en función de eso, tomar la decisión. Al fin y al cabo, él era el jefe. 

A las diez comenzó a agitarse el día. Llegaban noticias de todas partes y no dábamos abasto. Un terremoto en Sumatra había dejado miles de desaparecidos. Una delegación de alto nivel de Estados Unidos se reunía con varios ministros chinos. Israel lanzaba una nueva ofensiva contra un campo de refugiados palestinos y una mujer australiana se inseminaba con el esperma congelado de su marido muerto hacía 15 años. Sin embargo, por encima de todo, la noticia del día, aquella que centraba toda mi atención y que más me angustiaba, la única cuyo tamaño de titular superaba los cincuenta puntos era la de que me habían pillado.

Componiendo The Cooperator, periódico local de Greenbelt, Maryland. Marjory Collins, 1942. Dominio público.

A medio día Pedro se acercó a mi mesa. Había corregido una nota suya y no estaba de acuerdo con un adjetivo que le había corregido. Me disculpé y lo volví a cambiar. Era el fin. ¡Por un adjetivo! Me resultó evidente que lo sabían todo. En cualquier instante se me echarían encima. Estaba claro que yo no pertenecía a ese trabajo. Nunca me había sentido a la altura. Allí estaban algunos de los mejores periodistas del momento. Todos tenían una historia en mayúsculas. Pedro, sin ir más lejos, se encontraba en Nueva York en el preciso instante del atentado contra las torres gemelas. Caminó diez manzanas entre el humo y el caos, y salió en todos los telediarios. Verónica dio el Mundial de Sudáfrica y su crónica sobre el mítico gol de Iniesta era ya un clásico del género. Y luego estaba Fernando, el rey de reyes, a punto de jubilarse como leyenda viva gracias a su primicia mundial sobre la muerte del Che. De modo, que yo no pintaba nada. ¿Cuáles eran mis logros? ¿Haberme pasado los últimos cinco años encadenando contratos temporales de setecientos euros? ¿Corregir un adjetivo por otro? Yo no era nadie. Había sido pura casualidad conseguir el puesto. Sin duda. De hecho, todas las tardes, cuando volvía a casa me preguntaba cómo era posible. Y luego, con una cierta angustia, daba gracias a los astros por haber pasado un día más en la redacción.

Hacia las dos de la tarde, como de costumbre, me levanté para hacer una pausa y tomar un café. Aunque, en realidad, no era más que una excusa para echar un vistazo. Me encontré a Verónica en la cocina. Mientras sacaba del microondas un tupper con un poco de pasta, me soltó:

–Bueno, ¿cómo te va? 

Y yo me puse nervioso. No sabía hasta qué punto esa pregunta tenía doble intención. Dadas las circunstancias, podía ser un intento de acercamiento por parte de alguien con quien era la primera vez que hablaba o un primer aviso de lo que sucedería cuando ya todos admitieran abiertamente mi farsa.

–Genial y ¿tú? –me salió sin pensar. 

Me hizo un gesto de asentimiento y se puso a comer. Yo estaba de pie, paralizado. Entonces, me sonrió y para mi absoluta sorpresa, me indicó que me sentara. Más temeroso que agradado, accedí. No podía resultar nada bueno de aquello. Verónica era un halcón en lo alto de su montaña. Lo sabía todo de todos. Como era una de las veteranas, conocía cada detalle de cada miembro de la redacción. Cogí el café y me puse enfrente de ella. Empezó a comentarme algunas de las noticias de la mañana. Después, me contó por encima el reportaje con el que estaba en ese momento y justo cuando ya estaba relajándome, de repente me lanzó a bocajarro: 

–¿Sabes qué? El otro día me contaron algo indignante: un conocido que trabaja para El País resulta que no tiene periodismo. ¡Solo ha estudiado filología! –y dijo esto con tono visiblemente enfadado.

–¡Qué morro! –acerté a decir como pude, pálido, con mi taza suspendida en el aire y a punto de levantarme y salir corriendo del edificio. 

Ya no cabía la menor duda, me habían cazado. Ese comentario policial no podía significar otra cosa. Me escondí detrás de la taza, dando sorbitos pequeños al café con la vana esperanza de desaparecer si no permanecía el suficiente tiempo así.

Hora y media después no podía concentrarme más. Las palabras de Verónica me retumbaban en la cabeza, la suspicacia de Luís me punzaba una y otra vez.   La actitud quisquillosa de Pedro. Con cada pequeño comentario surgido de entre las pantallas de los ordenadores me ponía alerta, agudizando hasta el extremo el oído para detectar un cambio de tono, un susurro intercalado que terminara de confirmar mi culpabilidad. Ahora ya no tenía escapatoria, mis compañeros no me lo perdonarían jamás y, sin dudarlo, presionarían al jefe para que no me renovara el contrato poniendo cualquier excusa. Ellos, que tenían ese aire de elegidos ante la historia, los periodistas de universidad, el cuarto poder, habían emitido ya su veredicto inapelable: no tenía ningún derecho a trabajar allí, yo no era periodista, no lo había estudiado. ¡Tenía una simple filología! Y además, me gustaba el voleibol, salía los domingos a la montaña, odiaba el cocido y Pérez Reverte me parecía un soso fanfarrón… ¿Qué les iba a decir yo? Cualquier error que cometiese lo tratarían con auténtico desprecio. Sin piedad. 

De este modo, treinta y cinco minutos antes de mi hora de salida, recogí todas las cosas, incluida mi taza de la cocina, me levanté y me dirigí al cubículo de Fernando. Ya no tenía ningún sentido alargar la agonía. Un minuto más solo empeoraría la situación. Debía decirle al jefe que ya no podía seguir, que ya no contara más conmigo. Solo me machacaba la cabeza una pregunta: ¿cómo habían llegado a saberlo? Fernando nunca hubiese revelado tal información. Tenía que haber sido Lucía. Por ella pasaban las nóminas y los contratos. Ella controlaba la administración. Así, que me di cuenta de que no merecía la pena siquiera avisar. Simplemente, no me presentaría en la redacción al día siguiente. Al fin y al cabo, había sido una carambola del destino trabajar allí. Di media vuelta y me dirigí hacia la salida.  Era lo mejor. Sin decir nada a nadie. 

Mientras abría la puerta muy nervioso, me pareció percibir, tal vez fue Luís, una voz que se acercaba desde el fondo. Pero ni siquiera miré hacia atrás. No era posible. El pánico hizo que me apresurara más todavía.

–¡Qué cabrón! –oí abriendo el ascensor– ¡Cómo te lo tenías callado! Si te hemos traído una tarta de cumpleaños y todo…

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