Tantos fologüers, tanto vales (XV)

Cuentos del Café Maravillas –

Carmen miró con resignación al hombre que se le había puesto al lado y se encogió de hombros, dejando que su larga y tupida melena negra le cubriese el pecho.

–¿Pero qué me estás contando? Pregúntale a él.

«Él» era yo, y como volvía del otro lado del local, no tenía ni idea de qué iba la historia. Solo que se trataba de Marcelo, una especie de escritor maldito según contaban por ahí, que acaba de entrar. Me apoyé con las dos manos en la barra, esperando a que el hombre me dijera algo. Me di cuenta de que iba borracho. Ni me miró. Le hice un gesto a Carmen para que me avisara si el tipo se ponía pesado y seguí a lo mío.

–¿Con uno… con tres… con cinco? –oí que decía con la lengua trabada– A ver… dime cuántos libros hacen falta… ¿cuántos?

Sacó un volumen y lo puso sobre la barra.

–¿Lo ves?

Como por arte de magia, puso otro libro encima y después otro. Así hasta cinco.

–Pero yo… a mí nadie me considera escritor, ¿lo ves? 

Carmen miró de reojo los ejemplares. Poesías, alcanzó a leer en una de las portadas, donde una especie de diamante irradiaba un arcoíris sobre un edificio antiguo de piedra que intuyó podría ser la catedral.

–Bueno, libros has escrito unos cuantos.

El hombre soltó una carcajada cuyos efluvios alcohólicos hicieron que Carmen girara la cabeza. 

–Pero el niñato… ese… –refiriéndose a mí– solo tiene uno… 

Me hice el tonto. Eran las siete de la tarde y no tenía la más mínima intención de encararme tan temprano a un borracho. El hombre insistió. Su argumento era claro: si yo, con un libro en la calle, era considerado escritor, por qué no él. Debía de haber algún criterio más o menos racional, por lo menos algo fundamentado en cuestiones literarias y no meramente subjetivas, para determinar quién podía y quién no podía incluirse en esa categoría artística. Algo que no fuese simplemente una cuestión de me caes bien. Porque, continuó diciéndole a Carmen, tenía que darse cuenta de una cosa, que tener un libro publicado o no, en ningún caso era un hecho de peso para considerar escritor a alguien. Y como vio que la mujer giraba de nuevo la cabeza, el hombre se lo debió de tomar como un signo de duda ante sus afirmaciones, tal vez como si Carmen no tuviese clara la diferencia entre literatura y mundillo literario, tal y como él siguió explicando, pues una cosa era realizar, por así decir, una obra literaria, dedicarse a ello en cuerpo y alma, con esfuerzo y trabajo, como era su caso sin ir más lejos, y otra muy distinta, estar en el mundillo, conocer a unos y a otros, asistir a los eventos y a las presentaciones de los últimos libros, participar en los congresos literarios. Clavó sus ojos en mí con tal rabia que, aun estando de espaldas, noté una punzada en la nuca. 

–¿Pero tú tienes un libro? –Carmen me lo preguntó como suplicando que alguien la salvara del borracho. 

El hombre continuó con su monólogo. Para él, no tenía nada que ver una cosa con otra. Y ella, que tenía cara de ser una persona leída, debía darse cuenta de lo siguiente: la prueba definitiva de la verdad de sus palabras era que había un montón de escritores, y con ello incluía también a las escritoras, claro que sí, no fuera a darse por discriminada, que lo eran a pesar de no haber publicado nada en vida, o de haberlo hecho ya muy tarde, después de los cincuenta o sesenta años, personas que habían tenido una vida de lo más normal, con empleos comunes y corrientes de oficinista, barrendero o vendedor de coches, personas que lo habían dado todo por y para la literatura, sin esperar reconocimiento ni premio alguno, que habían estado toda su vida escribiendo, construyendo una obra monumental, una auténtica obra maestra, en silencio o, más bien, de forma ignorada para el resto de mortales, y que sin embargo, al obtener el favor del público al final de sus días o, al menos, bastante tarde con respecto a lo que suele ser un mundillo literario que premia a los consagrados, nadie, y recalcó la palabra nadie, podía negarles el calificativo de escritor. 

–Con mayúsculas… retrospectivamente –pero esto último apenas se le entendió. 

Bar americano, Gran Vía de Madrid, 1930. Biblioteca Nacional de España.

Para el hombre, Kafka era el ejemplo irrefutable. Nadie podía obviar que siempre había sido escritor, a pesar de que el mundo lo conoció únicamente a raíz de un acto de vileza de un amigo suyo. Porque saltarse la voluntad de un muerto de quemar la propia obra solo podía ser considerado como un acto de vileza con todas las letras. Lo dijo con amargura mientras fijaba la mirada en el vacío. Comenzó a tambalearse.

–Oye… pon una cerveza… a la señorita –soltó de repente con un chorro de voz impropio de su estado– y a mí una caña. 

Pero Carmen le dijo que no. Yo la acompañé negando con la cabeza. Sin embargo, como si aquello hubiese sido un simple desvío en la trayectoria imparable de su discurso, el hombre continuó. Lo de ser escritor era una cosa, y otra muy diferente, ser considerado escritor. Él autopublicaba y no era menos por eso. Había estado años enviando manuscritos. Si no había escrito a doscientas editoriales, no lo había hecho a ninguna. Pero nadie, y recalcó la palabra nadie con extraño orgullo, distinguía la verdad de la mentira, lo bueno de lo malo.  

–¿Sabe… señorita, sabe qué es lo único… que importa? –hizo una pausa, aunque Carmen llevaba un rato mirando para otro lado– Solo cuentan… los fologüers. 

El hombre intentó colocarse en el campo de visión de Carmen. Ese era el criterio de publicación. Tantos fologüers, tanto vales. Así, que había que demostrar una entereza titánica y no sucumbir a las tentaciones del momento, no caer en la estupidez de creerse artista solo porque una editorial te hubiera publicado un libro, como le pasaba a una gran cantidad de personas. Volvió a mirarme. 

–¡Pues ábrete un instagram! 

Carmen agarró su bolso y se bajó del taburete para marcharse. Con gesto torpe, el otro la cogió del brazo. La mujer lo empujó y consiguió zafarse.

–¡Te doy un tortazo! ¿Eh?

El hombre se tropezó y a punto estuvo de clavar las rodillas en el suelo. Salí como una flecha de detrás de la barra.

–A ver… ya viene el Premio Cervantes.

Apestaba a alcohol. Se retiró unos centímetros y levantó las manos como si estuviera detenido. Se volvió hacia Carmen, quien se había colocado a un par de metros en la esquina de la barra. 

–Señorita… si me permite…

Intentó explicar que solamente quería terminar de contarle, pero apenas se oyó un balbuceó. El hombre estaba firmemente convencido de la urgencia y la necesidad de distinguir entre aquellos que eran escritores –me miró de nuevo con inquina– y aquellos que habían profanado una de las artes sacras debido a la ignorancia y al cainismo de la sociedad, pues muchos de los primeros, como él, no llegaban a entrar en vida en el panteón de las letras por culpa de los segundos. Se trataba de la batalla contra la mentira y la manipulación. La gran batalla de la palabra y no de la imagen, como nos habían hecho creer. Por eso, a él no lo querían publicar. Los concursos estaban vendidos porque eran pura imagen. Premiaban a gente ya reconocida, con sus fologüers, para vender más. En eso consistía el mundillo literario. Esto último lo dijo tan arrebatado que agarró por detrás a Carmen como si fuera a darle un beso. No tuve más remedio que invitarlo a que se marchara. Pero él se apartó bruscamente.

–¿Qué pasa… los que autopublicamos no tenemos derechos…?

Le dije que no. Di un paso hacia él y abrí los brazos señalando la puerta. Aceptaba ser el blanco de su enfado. Al fin y al cabo, la profesión de camarero también conlleva algunos días ser la fuente de todos los males del borracho de turno. Pero no podía consentir que molestara a todo el mundo. El hombre pareció ceder. Se encaminó hacia la salida tambaleándose. Pero cuando llegó al escalón de la entrada, se detuvo. Lo tanteó con cuidado, como para cerciorarse de la altura que debía salvar. Me coloqué detrás de él, temiendo que en el último instante se cayera y le pasara algo. Entonces, se agarró al quicio de la puerta y se dio la vuelta, mirándome cara a cara. 

–No tienes ni puta idea chaval… tu responsabilidad en esta batalla… 

Puse cara de venga, termina rápido y lárgate. Hasta ese instante en el que lo tuve tan cerca no había percibido otro olor aparte del alcohol. Sin embargo, mientras me hablaba, me vino un hedor ácido y rancio como de pis reseco mezclado con grasa de kebab. Todo el mundo, me dijo, cifraba su vida entera en sacarse fotos cada cinco minutos, como celibritis, pero las imágenes ya no daban más de sí. La gente ya había asumido su irrealidad, que una imagen miente más que mil palabras. Mientras que el verbo seguía siendo sagrado, me gritó al ver que le apremiaba a marcharse, pues le había parecido entender leyendo mi libro, ya que él sí lo había leído, me aclaró, que la palabra, o el verbo, si así lo prefería, habían sido tratados como creadores de falsedad a lo largo de la historia, y que por eso, la forma en que uno nombrase las cosas otorgaba o no la posibilidad de emanciparse a las propias cosas.

–Gilipollas… –se le encendieron los ojos con auténtico odio.

Preferí no responder. De un salto, igual que uno se lanza a la piscina, el hombre salió del bar con un perfecto equilibrio como si hubiese estado tomándonos el pelo todo el rato. 

Respiré aliviado. Encararse a un cliente así es jugar a la ruleta rusa. Al volver a la barra, Carmen me hizo un gesto para que le pusiera otra caña. Me puse otra para mí.

–Pero tú, ¿tienes un libro publicado?

Me reí. Cogí el dietario que guardábamos junto a la caja y lo levanté como un trofeo.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: