Agujero negro (XIV)

Cuentos del Café Maravillas –

Otro día, cuando sonaba el piano de Blossom Dearie, un tipo entró en el bar y se sentó. Solía venir por las mañanas, se tomaba un té y se leía el periódico empezando por la última página hasta llegar a la primera. Siempre igual. Sin embargo, aquella tarde pidió un café descafeinado.

–De máquina y en vaso, por favor –su voz profunda y suave subrayó la amabilidad con la que lo dijo. 

Las leves variaciones en las rutinas de la gente, vistas de fuera, son hechos que se perciben como fundamentales cuando uno está habituado a tratar con las costumbres ajenas. No me refiero a ese día en el que haces algo distinto por cambiar de aires como para experimentar a pequeña escala, igual que una explosión controlada en el laboratorio, la quiebra de la repetición y el aburrimiento, y así retomar después el ciclo de lo cotidiano. Eso sería hacer llevadera la rutina, como quien sale un día al cine. Hablo de esa especie de variación inesperada que surge por la acumulación de elementos extraños. Es decir, el hombre venía todos los días al bar, pedía su té, desarrolló su pequeño ritual privado y, de repente, una mañana se levanta más cansado de lo habitual. Tal vez, se ha desvelado a las cuatro. Tal vez, en plena efervescencia sonámbula duda si habrá apagado la calefacción. Algo sin importancia. Aparentemente. Primero piensa en levantarse. Pero la pereza y la voluntad de autocontrol le pueden. Sabe que dejarse llevar por las dudas, es sucumbir. Se trata de su cabeza tendiéndole una trampa una vez más. Es el miedo. Está estresado. Tal vez, no pudo entregar un trabajo esa misma tarde. Y aunque el retraso está justificado, es la segunda vez en un mes que no cumple con su jefe. Decide creer. Se dice que apagó el termostato y se da la vuelta. Se da la vuelta otra vez. Y otra. Pero el estrés, como los electrodomésticos en standby, sigue ahí. Rápido y sin pensarlo, se levanta queriendo zanjar la cuestión. Mira el reloj: son las cinco y cuarto. La calefacción estaba apagada. Ya está. Ha perdido. Una grieta casi imperceptible comienza a abrirse paso por la rutina. Y una tarde, el orden donde habíamos ido recolocando esas rupturas de nuestro anhelo de perfección se parte en dos. Entonces, surge lo sorprendente: un café descafeinado.  

De hecho, ese día en el bar el tipo ni cogió el periódico. Solo jugaba con el azucarillo. Sacó el móvil y lo puso bocarriba junto al vaso. Su rostro parecía arrugado, con el gesto ligeramente encorvado. Nunca lo había visto así. No me atreví a preguntarle. Aunque venía cada semana, era uno de esos habituales que prefería mantenerse a distancia, siempre reservado, sin decir más que lo justo. Miró un par de veces el teléfono. Lo desbloqueó, hizo una ronda de control por varias aplicaciones y lo cerró de nuevo. Cada uno nos quedamos en nuestro lado. Sin embargo, al cabo de un rato, la situación se hizo insostenible. Imposible practicar esa soledad acompañada que ofrecen los bares. 

Bodegas Espadafor, Granada. Década de 1990.

En la calle, la luz tenía ese tono mortecino que indiscerniblemente podría ser del alba o del anochecer, previo al encendido de farolas. Las lámparas del techo aun estaban apagadas. Al acercarme a una de las cámaras a guardar unas botellas, noté el suelo inestable. Tuve la sensación de pisar terreno movedizo. Di un par de pasos más y el pavimento osciló. Rápidamente retrocedí. La barra entera se inclinó de nuevo. Noté que todo quedaba suspendido en equilibrio. Un solo movimiento de mi cuerpo haría caer el bar hacia un lado u otro. Como estar en un balancín. Mi cuerpo mecido por el local entero, la luz, la música, el ánimo. Era el hombre, que con su mera presencia, lo desplazaba todo hacia su rincón en penumbra, cada vez más oscuro, más pesado. Me acerqué cautelosamente y, como quien lanza un anzuelo, le ofrecí el periódico con la excusa de recogerlo de otra mesa. Un gesto con el que le di a entender que lo conocía y sabía cuáles eran sus costumbres. A pesar de ello, el suelo se inclinó más y más. La butaca de la abuela se resbaló por el agujero que ya se había abierto en aquella esquina. A la desesperada, intenté propiciar una breve conexión, algo que pudiese desembocar en una conversación. Lo miré fijamente. El tipo levantó los ojos y rechazó mi invitación. Las banquetas de la barra fueron deslizándose una a una hasta la oscuridad. Todo caía hacia otra dimensión. El hombre alegó que esa tarde no tenía humor para leer. Lo vi varado en esta ciudad de provincias, seca y mesetaria, añorando las lejanas olas de su mar. Sentí en el sótano el rumor de la playa que cada primavera y cada otoño lo veía surfear durante horas esperando el encuentro con su Gran Kahuna. Tuve que agarrarme a uno de los percheros de la pared para no ser engullido igual que las plantas, la librería y la máquina de café. La fuerza de atracción era tal que la luz llegó a parpadear unas décimas de segundo, formando una especie de anillo alrededor de su cuerpo justo antes de desaparecer en la más absoluta oscuridad.

No tengo ni idea de cuánto duró aquello. Todavía aturdido, vi que me había dejado las cosas en la barra, estaba el dinero y el periódico que no había querido leer. Mientras el sol se marchaba por el fluorescente, dejé su rincón así, a oscuras. Decidí no encender la lamparilla de la mesa durante un rato como una especie de homenaje a lo que había sucedido.

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