Manzanos del reencuentro

Diario de una epidemia 60 –

Una de las cosas que me gustaría que permaneciera después del confinamiento es el huerto que empezamos a hacer al principio de quedarnos en casa. Me gustaría que, por lo menos, algunos de los brotes que nos han salido fueran capaces de llegar mucho más allá de nuestras ofuscaciones y pequeñas mezquindades.

La excusa fue mi hijo. Siempre hace falta una. Pero una amiga nos dio la idea de reutilizar la verdura. Con los culos de los puerros, nos dijo, o de las lechugas y zanahorias podíamos empezar. Solo había que germinarlos de nuevo en cuencos con agua. Al cabo de unos días, podríamos plantarlos en simples maceteros. Pero lo que no sabíamos era que un par de semanas después tendríamos un auténtico huerto en la terraza. Como digo, la excusa era el niño, aunque poco a poco se ha ido convirtiendo en una de las actividades centrales para salir a la terraza.

Ahora, le hemos añadido más puerros y zanahorias, varias plantas de garbanzos y judías, unos ajos y unas tomateras que, por desgracia, parece que no están muy por la labor. Sin embargo, lo que hemos plantado con más cariño son diez manzanos, de las Golden que desayunamos cada día. Se están poniendo fuertes y robustos. Rápidamente han echado unas hojas grandes que auguran buenas cosechas dentro de muchos años. Me encanta verlos en fila, cada uno dentro de su tiesto. 

La verdad es que fue casual, no voy a inventarme cosas que no son, ¿pero hasta qué punto ha intervenido el azar y en qué momento podemos pensar que todo tiene su sentido? La simbología de la manzana es poderosísima y las circunstancias de un confinamiento son totalmente excepcionales. Ambas han confluido en nuestro momento. Solo un necio desdeñaría tan fácilmente que para todos los pueblos de nuestro alrededor, desde hace miles y miles de años, el manzano tiene una importancia capital en sus respectivas culturas. 

Flores de manzano, autor desconocido, 1905. Dominio público.

Según Juan Eduardo Cirlot, en su Diccionario de símbolos, esta fruta remite a los deseos terrestres, que se oponen a la pura espiritualidad. Lo que conectaría a los unos con la otra sería el intelecto, la sed de conocimiento, como estadio intermedio. De ahí el papel central que tiene la manzana en infinidad de mitos y leyendas. Inclinándose en unos hacia lo terrestre y en otros hacia lo celestial. Adán y Eva precisamente son condenados a salir del paraíso y trabajar por desatar sus deseos de conocimiento. Pero también se liga el símbolo a la inmortalidad en el mito griego del jardín de las Hespérides, desencadena la lucha entre los dioses del Olimpo que termina en la guerra de Troya, se relaciona en los celtas con la magia y la eterna juventud y un largo etcétera.

No es que lo piense todo el rato, pero me gusta tenerlo en mente cuando salgo todos los días con mi hijo a cuidar de los manzanos. Los regamos, les echamos tierra nueva, los vamos transplantando según van creciendo. Y siento como si hablara con todas aquellas personas que nos precedieron. Porque la manzana es uno de esos alimentos que, como ya dije una vez, nos han acompañado desde el principio de nuestros tiempos. Pienso en mi padre, que se comió todos los días de su vida, desde que tengo recuerdos, una pieza para desayunar. Me acuerdo también de ese dicho, «una manzana al día al médico alejaría», que me cuenta mi chica que le oía decir a su abuela. 

Pero pienso también en que fue una de tantas frutas domesticadas, un árbol que de primeras no estaba hecho para nosotros y que a base de cuidarlo, podarlo y cruzarlo, acabó por ser uno de nuestros compañeros habituales. Del lejano Kazajistán, dicen los estudios de arqueología botánica, hace más de once mil años, hasta Persia y Grecia, hace unos cinco mil años, para llegar al norte de Europa hace solo dos mil doscientos años aproximadamente. 

Por eso, al fin y al cabo, nos pareció bonita la idea de regalarle un manzano a nuestros seres queridos, una vez pase el confinamiento, para unir a todos esos significados el del reencuentro. Para que lo nacido durante estos días no se pierda como un mal recuerdo o un rosario de anécdotas sin más, sino que perviva con sus enseñanzas, con sus frutos, en cada uno de nosotros.  

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