Bizcocho de manzana

Diario de una epidemia 23 –

Mi hijo se está aficionando a la cocina. Imagino que será cosa de la edad. Pero siempre quiere estar ayudando y participando en todo lo que hacemos nosotros. Tiene un cuchillo de juguete y le ponemos a cortar las patatas, las acelgas, el calabacín y, en general, cualquier cosa asequible a sus fuerzas. Si no, también hace pan y pizza.

El otro día, mientras preparábamos una receta que me dio mi madre de un bizcocho de manzana, lo vi con las manos en la masa, concentrado  en mezclarlo todo bien, sintiendo el tacto pegajoso de la harina y los huevos, y pensé que no podía haber una manera más básica, tanto mental como corporalmente, ni más sencillamente bella, de conectarse con su cultura y su tradición.

Con la tontería de hacer aquello juntos, estábamos elaborando una receta que podía tener tranquilamente cien años, si no más. Mi madre nos la pasó el otro día por el grupo del wasap en unas fotos que había hecho directamente a las hojas del cuadernillo donde la tenía escrita, descoloridas, con su letra a boli azul de bic y varios garabatos de lo que debieron ser los primeros dibujos de alguno de mis hermanos. Le pregunté entonces cuántos años tenía aquello. ¿Cuántos años tiene tu hermana?, me dijo sin darme tiempo a responderle, pues me cortó añadiendo que los mismos tenía la receta. Es decir, cuarenta y cinco, me cercioré.

Por lo visto, una gran amiga suya le había enseñado a hacer aquel bizcocho de manzana hacía cuarenta y cinco años. Vale que yo soy un advenedizo en esto de la repostería y, tal vez, por eso algunas cosas me sonaron muy antiguas, pero aun así me resultaron un tanto exóticas las expresiones y medidas que venían en la receta: dos copitas de coñac (copas, ¿cómo?, le pregunté yo con mi ignorancia), una cucharada de levadura (vale, ¿pero de qué tipo?) y un cuenco de maicena (mai ¿qué?). Después me explicó que a su amiga se la había dado su madre, pero ya no sabía decirme si ella a su vez la había heredado de otra persona o no. Por lo que me apresuré a exclamar que, siendo prudentes, estábamos cocinando algo de hacía cien años. Mi madre se rió. Nunca lo había pensado así, pero en efecto las cuentas salían.

Mi hijo siguió hundiéndose hasta los codos en aquella masa cremosa. Estaba hipnotizado. No sé, si tal vez, por los efluvios del alcohol o porque todo lo que sea pringoso le evoca construir castillos en la arena. El caso es que no decía ni mu, y eso que últimamente nuestras conversaciones comienzan a tener cierta consistencia. 

Campanillas, autor desconocido. Hacia 1900. Dominio público

Entonces, me imaginé a mi madre en la década de 1970, con no más de veinticinco años, hablando con su amiga de cualquier tontería. Me imaginé también a la madre en una situación similar, pero en la década de 1930. Y quién sabe si no podríamos remontarnos a mucho antes viajando en una especie de máquina del tiempo, que es la cocina. Al fin y al cabo, nuestro gusto no puede haber cambiado tanto si tenemos en cuenta que, en lo básico, llevamos gran parte de nuestra historia (al menos desde que cultivamos) comiendo lo mismo. 

Es cierto que ha habido clamorosas introducciones recientes de alimentos: la rúcola era un forraje para el ganado hasta hace cuatro días o el tomate, la patata y todos los alimentos que provienen de América, por ejemplo. Pero ahí están las frutas, las legumbres, los cereales, las carnes, el pescado y los mariscos atestiguando su presencia con nosotros en algunos de los enterramientos más antiguos e, incluso, en Atapuerca. 

Por eso, mientras metíamos el bizcocho al horno, colocado cuidadosamente sobre un papel vegetal cubriendo el molde, me maravillé al constatar cuánto de nuestra cultura se transmite así, de forma callada, sin llamar la atención y con su impronta anónima, a través de las madres, las mujeres principalmente, que asumen el papel de volver a producir una y otra vez las reglas básicas de nuestro sustento como civilización: la comida, los afectos, el cuidado, con pocas variaciones, como si estuvieran salvaguardando el secreto del mundo encontrado, y rápidamente velado de nuevo, hace cientos de miles de años.

Entonces, recordé una visita que hice hace un par de años a un yacimiento arqueológico cercano a Valladolid, Pintia. Se trata de una antigua ciudad de la cultura vaccea, que habitó la meseta castellana hace unos 2.500 años. Dando una vuelta con el director de las excavaciones, me mostró la espectacular necrópolis a orillas del Duero que llevan excavando varias décadas, así como algunos de los objetos más preciados. Al parecer, me explicó, se trataba de un pueblo esencialmente guerrero y agricultor, dedicado sobre todo al cereal. Entonces, me llevó a ver una estela de piedra donde se conservaba uno de los pocos dibujos que nos habían legado. Yo solo vi unas cuantas líneas muy afectadas por los líquenes y la erosión. Pero cuando el profesor comenzó a indicarme por dónde iba cada trazo, mi sorpresa fue mayúscula. Casi con seguridad, se trataba de algún tipo de símbolo vacceo. Un lobo portando entre sus fauces un objeto redondo perfectamente cuadriculado.  Algo de comer. Es decir, un auténtico pan candeal. Posiblemente el mayor estandarte culinario de Valladolid, junto al lechazo y el vino. 

Entonces, como ahora, pensé que no era descabellado sentirme hijo de aquel pasado. De aquellos pueblos mesetarios únicamente nos separan poco más de cien generaciones. De los orígenes del bizcocho de mi madre, solo dos. Y eso se notaba en el aroma y el sabor de las manzanas confitadas con el coñac, en la textura esponjosa y untuosa al mismo tiempo de aquella delicia que sacamos del horno. ¿Cuántas conversaciones, cuántas historias, cuántas sonrisas y abrazos habrían servido como acompañamiento de aquella receta que mi hijo y yo acabábamos de hacer?     

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