Fantasmas

Diario de una epidemia 7 –

Con todo este ajetreo, con esta calma tensa, se me pasó que ya llegó la primavera. Es verdad que de momento el tiempo tampoco ha acompañado demasiado. Y, aunque veo los brotes verdes de los árboles desde mi ventana, no me había fijado lo más mínimo. Así transcurren las cosas ahora, de manera inadvertida las que antes me llamaban la atención, de forma grandilocuente aquellas que hace solo un mes no tenían importancia.

El otro día, por ejemplo, en la parte baja del salón, en una de las estribaciones del valle que da a poniente, encontramos un corrillo de pelusas. Crecían vivaces y despreocupadas, asomando sus sombreros gris pardo por entre las raíces del mueble archivador. Alguna incluso mostraba su pedúnculo con descaro, protegida por el clima especialmente sombrío de aquel lugar. Rápidamente le pedí a mi hijo que trajese el aspirador. Antes hubiésemos podido tolerar algún que otro corrillo de similares características  en ciertos rincones de la casa. Nos parecía algo irrelevante o, simplemente, lo obviábamos. De todas formas, aspirar la casa solo podíamos hacerlo una vez a la semana, normalmente los sábados, por lo que era mejor desviar la vista hacia otros lados. 

Sin embargo, ahora no pasan ni dos días sin que le demos un repaso a alguna habitación. Cada vez que mi hijo encuentra algo, una miga en el suelo o un hilo en la tapicería del sofá, se pone a gritar como un loco, saltando de alegría y haciendo todo tipo de aspavientos. De hecho, pasar el aspirador se ha convertido en uno de sus juegos preferidos. Así, que, encontrar aquellos ejemplares tan desarrollados de pelusa, me resultó casi una afrenta. ¿Cuándo habían crecido, si desde que estamos confinados huye de nosotros hasta el polvo?

Montamos el operativo con ayuda de mi chica. Acordonamos toda la zona, señalizamos la entrada y la salida del perímetro para que no hubiera confusiones y activamos el protocolo pertinente de manera que cada uno supiera qué tenía que hacer. Colocamos el cuerpo de la máquina por detrás de nosotros. Mi hijo fue el responsable de asentarla bien en el terreno y de hacer las intervenciones apropiadas en la alfombra para que estuviera lo más estable posible. A mí me tocó construir el cableoducto hasta el enchufe más cercano, situado a unos kilómetros de allí, por detrás de la butaca. Por su parte, mi chica se encargó de dirigir la operación y manejar el brazo telescópico para introducirlo por entre las raíces del mueble, con sumo cuidado de no provocar ningún daño irreparable en el ecosistema. Una vez dispuesto todo, el niño apretó el botón y al instante, las pelusas desaparecieron succionadas por dos mil doscientos vatios de corriente de aire inversa. 

Hongos, Johnston, Frances Benjamin, 1910, dominio público.

Debo confesar que sentí un cierto orgullo de familia. Todos compenetrados con un objetivo común. Un gran ejemplo para la educación del niño. 

Sin embargo, siento también a veces algo de nostalgia por todas aquellas cosas fundamentales que han pasado ahora a un segundo plano. Por ejemplo, tachar los días del calendario. Antes no perdonaba ni uno. Durante el desayuno, cogía un rotulador y marcaba con una equis la casilla correspondiente. Sin propósito alguno. Por puro placer de ver cómo se iban sucediendo las semanas, los meses, las estaciones. También escribía encima de las fechas las citas con el médico, el límite para la declaración de la renta, la fiesta de los padres en el cole de mi hijo o algún que otro cumpleaños. Pero ahora ya no tiene sentido.

Imagino que algo de eso le habrá pasado también a mucha gente con su terraza. ¡Cuántas veces oí eso de que en Valladolid no hacía falta! Como hace frío muchos meses al año, siempre se ha considerado algo poco provechoso. De hecho, lo típico por estas latitudes es la galería, esa especie de balcón estrecho y alargado forrado de ventanas de arriba abajo. Por eso, hubo toda una generación, la de nuestros padres, que por ganarle unos metros al salón, cerraron su trocito de calle en casa, que es como siempre he definido yo los balcones. Y con orgullo te enseñaban esa minihabitación, normalmente convertida en trastero, para que vieras lo útil que resultaba acristalar la terraza. Supongo que a partir de ahí, el paso lógico era construir directamente sin nada, como ocurre en el noventa y nueve por ciento de los pisos nuevos, y reservar ese espacio al aire libre como un extra de lujo para ciertos apartamentos.

Aunque una cosa de la que estoy seguro es de que precisamente esto va a cambiar después de la epidemia. Así me lo hizo intuir un amigo el otro día. Él fue de los que acristaló. Nada más y nada menos que ocho metros cuadrados. Todo un paraíso de posibilidades, pensé yo, según el catálogo de verano de Ikea. ¡Qué lástima! Ahora, cuando se levanta de la cama, lo primero que hace es dirigirse al salón y mirar lo que podría ser una magnífica terraza llena de plantas, con una mesita y un par de sillas, guirnaldas de farolillos solares y hasta un pequeño huerto urbano. Y como él es muy dramático, me dijo que se sentía como si le doliese esa parte de la casa, como ese síndrome del miembro fantasma que tienen las personas que han perdido un brazo o una pierna. ¡Menudo exagerado!, le solté. Y me salió una carcajada. Aunque algo de razón llevaba. Por eso, me aclaró, en cuanto todo esto pasara, lo primero que iba a hacer era abrir de nuevo su casa al aire libre, echarse a la buena vida, comprarse incluso una barbacoa, si total, con el cambio climático ya empezaba a hacer mejor en la meseta. 

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