La penúltima

Diario de una epidemia 8 –

Hoy hace dos semanas que fue mi cumpleaños. Normalmente ni lo pensaría. Menuda estupidez ir contando los días que han pasado desde entonces. Lo que pasa es que no pude celebrarlo. Había organizado una pequeña fiesta con amigos y familia. Pero entonces llegó el anuncio de la inminente declaración del estado de alarma y, aunque legalmente estaba aun a tiempo de poder reunir a todo el mundo, decidí cancelarlo por precaución.

Desde entonces, no he hablado jamás tanto por teléfono o, más bien, por videoconferencia. Y mira que mi familia es grande y cada uno vive en una esquina de España. Sin embargo, nunca se nos había ocurrido. Sí que solemos quedar virtualmente con los amigos alemanes. A veces, incluso, nos llamamos para tomar un vino o cenar juntos. Pero cuando el otro día mis hermanos me sorprendieron con una llamada a seis, me di cuenta de sopetón de que lo del confinamiento iba en serio. No pensé en el hecho de que nuestras vidas vayan o no a cambiar con esto, sino en la prueba palpable de cuánto lo han hecho ya.

Tomarte un aperitivo por vídeo, el pasar más tiempo en familia, funcionar por internet para cosas que antes hubieras hecho en persona, reservarte más tiempo para estar a solas, aun cuando los demás te rondan por la casa, o prestar más atención a los colores del cielo son ya costumbres que se van asentando en estos casi quince días y que tendré que ir pensando en cómo mantener aquellas que me agradan una vez que pase todo.

Debo decir que esto es una de las cosas buenas que me están sucediendo, descubrir o, incluso, rescatar algunos hábitos, maneras de mirar las situaciones y de enfrentarme al día a día que antes no hubiese sido capaz de asumir. De hecho, mi hermana me decía en las primeras horas de confinamiento que la consecuencia más profunda iba a ser la huella psicológica que nos dejara, sin tener que entender esto obligatoriamente como algo negativo. 

Como si me encontrase ante un gran experimento de campo, me pregunto en algunos momentos cómo afectará el encierro a un pueblo que, en líneas generales, lleva la calle en el tuétano. Estamos tan acostumbrados a salir, a quedar con amigos, a pasear por la calle, a sentarnos en un banco de la plaza y comer pipas o un helado, a tirarnos en el parque a tomar una cerveza o hacer botellón, que puede suponer un antes y un después en nuestra forma cultural de ver la vida el hecho de tener que estar tanto tiempo sin salir de casa, sin tener vida social cara a cara. Porque es una cosa que nos ha venido de repente y que estamos viviendo todos a la vez. No un grupito o alguna provincia, ni siquiera una generación, sino todos y cada uno de nosotros, desde la presentadora del telediario hasta el frutero. Es decir, si nos ponemos grandilocuentes, es lo más común que nos ha sucedido después de nacer y antes de nuestra muerte. El confinamiento. 

Árbol de caucho en Lake Worth (Florida), Jackson, William Henry. Entre 1880 y 1807. Dominio público.

Mi hermano me lo decía ayer, que estaba viendo cómo su vida de antes se llenaba todo el rato de planes, salidas y encuentros que, a la vista de lo relajado que se sentía ahora, sin la cosa del deber social, le resultaban en buena parte prescindibles. Demasiado tiempo con los demás, me terminó confesando, y le gustaría estar más consigo mismo. 

Y soy consciente de que habrá personas que sientan lo contrario, que estén deseando alejarse de sí mismas. Un amigo me contó en verano que él no soportaba estar sin trabajar,  se agobiaba con más de quince días de vacaciones y que, por eso, se las distribuía en lotes de diez a lo largo del año. Pues bien, incluso ellos van a tener que recomponerse por dentro. No sé si cuando llegue la normalidad se montarán una tienda de campaña en Fuente Dorada para estar siempre rodeados de gente. A lo mejor, les da por salir todos los días a cenar o se montan una orgía en la plaza. O, quién sabe, si tal vez acaban hechos a la cuarentena y le piden una reducción de jornada a sus jefes. A mí me gustaría que el hecho de que la levadura y las harinas se hayan acabado en mi supermercado fuese una señal de que empezamos a sacarle juguillo a todo esto. No lo sé. 

Siento ponerme hoy un poco más pesado. Pero es que hay días para todo y esta tarde me acordé de algo muy curioso que pasaba cuando estaba en la carrera. Creo que era cosa de la edad (¡oh, por dios, ya he dicho una de esas!). Salíamos el grupo de colegas los fines de semana y nos daban las tres o las cuatro de la madrugada, de bar en bar, charlando casi todo el rato, diciendo tonterías, haciendo gracias y, alguna que otra noche, cuando la ocasión lo permitía, abríamos nuestras colas de pavo desplumado e intentábamos ligar. El caso es que cuando te marchabas, fuesen las doce o las seis de la mañana, te hubieses aburrido o divertido como nunca, se te echaban los amigos encima para que no te fueras. La insistencia era grande, tanta que normalmente sucumbías. De hecho, se decía aquello de tomar la penúltima, de manera que la despedida se alargaba durante al menos una hora. Y lo hacíamos todos, pues se establecía una especie de obligación social a quedarse. 

Años más tarde, cuando vivía en Alemania, me chocó al principio esa especie de frialdad en las despedidas. Cuando te ibas, te ibas. Y punto. Nos vemos o, como mucho, un cuídate, si eras supercolega. Allí, por el contrario, aprendí a vivir conmigo mismo. Las largas horas de soledad me enseñaron a pasar el tiempo no solo hablando por teléfono o viendo la tele. Ahora veo que fueron sin querer un largo entrenamiento para esta cuarentena. Sería también una gran noticia ver que la sección de poesía se agota en las librerías. 

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