Silence is sexy

Diario de una epidemia 9 –

Un grupo alemán de música, cuyo nombre me costó horas de práctica en mis soledades berlinesas, Einstürzende Neubauten, tiene una canción que se llama así: el silencio es sexy, y se me vino el otro día a la cabeza cuando hice una breve excursión a tirar la basura.

Confieso que llevaba un par de días mirando con preocupación cómo se llenaba la bolsa de orgánico. Y puesto que no había leído el Real Decreto, no estaba del todo seguro si podía ir al contenedor ni cuánto tiempo se me permitía la salida. Además, se me había ocurrido que podría ser una buena excusa para sacar a mi pobre hijo, que se está quedando como esos nobles de tez nívea que pintaban en el Quattrocento. Solo bajar y subir, me dije. Así, que me puse nervioso y ahora, a toro pasado, ¡joder qué fácil es verlo todo a posteriori!, me di cuenta de que sobreactué. 

Me vestí, me puse los zapatos, cogí la cazadora y, una vez listo, me froté las manos con agua oxigenada, luego me enfundé los guantes de fregar y, como no tenemos mascarillas gracias a la solidaridad de algunos, me vine arriba y me calcé hasta la nariz una braga de montaña. Al niño, naturalmente, lo abrigué sin más. Eso sí, advirtiéndole cada treinta segundos que no tocara nada, cosa que pasó por alto nada más abrirse el ascensor, abalanzándose sobre el botón del bajo mientras decía: yo, papá, yo. 

Cuando llegamos al portal y abrí la puerta de la calle, una sensación extraña me embargó repentinamente. No fue el aire fresco de la calle después de tantos días, ni esa luz extraña, un poco neblinosa que nos acompaña desde el principio, fue la quietud de mi calle. O, más bien, el jaleo vecinal que se oía. Y entonces, me di cuenta de que no había tráfico. Como no se oía un solo coche, ni siquiera ese ronroneo de fondo que ya hemos asumido como parte del ecosistema urbano, abrumaba un poco la potencia del silbido de los pájaros, muchos más gorgoritos de lo habitual, y más alto. Pero sobre todo, me dejó con la boca abierta el eco de las voces de mis vecinos. No solo es que el aire estuviera lleno de palabras, algo que jamás había percibido, sino que en casi todas las ventanas, terrazas y balcones había al menos una persona. Todos hacían algo. Y de este modo, una calle que habitualmente está desangelada y sumida en la apatía, se mostró vívida y repleta de emociones.

Olivos en Jerusalén. Autor desconocido. Hacia 1900. Colección Matson. Dominio Público

Mi hijo, que tampoco debió de ser ajeno a estas sensaciones, no podía dejar de mirar a todas partes. En una ventana, se agolpaba una familia al completo, pareja más dos hijos, con ambas hojas abiertas y charlaban tranquilamente mientras bebían café y tomaban un aperitivo. Otros hacían ejercicio en su terraza del ático y se les podía oír cómo respiraban. Un chico y una chica, sentados a una mesa, disfrutaban del sol mientras escuchaban música. En un balcón del primero, un señor mayor canturreaba según cuidaba de sus plantas. Unos niños, cada uno en un edificio, jugaban a piedra, papel o tijera asomados a las ventanas. Todo esto en solo unos metros hasta llegar a los contenedores.

No era silencio, era una quietud animada, familiar, que me recordó a los veranos cuando era pequeño e íbamos de camping con mis padres. Al anochecer, con esa luz aun anaranjada del último sol, si volvías tarde la ducha, te encontrabas a todo el mundo recogido, preparándose para cenar, con las sartenes en el fuego, el olor a tortilla francesa, al aceite de oliva caliente de unos filetes empanados, mezclado con el aftersun y el salitre en el ambiente, y la penumbra solo rota por el tintineo de los cubiertos y las conversaciones a media voz en torno al campingás.

Así, que me pareció como si nuestra calle hubiese sido tomada por las vacaciones, solo que, en realidad, en vacaciones se queda vacía. A punto estuvimos mi hijo y yo de sentarnos allí en medio de la carretera a contemplar aquella representación tan bella. Me acordé de ese libro de George Perec, La vida instrucciones de uso, donde trata así las historias de un edificio, como si hubiera quitado la fachada, igual que en nuestra versión española 13 Rue del Percebe, de Ibáñez. 

Pero entonces, me vi los guantes y sentí el calor de la braga. Me pareció que algún vecino nos miraba raro. Aunque seguro que eso fue mi paranoia. Le metí un poco de prisa al niño, que ya se estaba entreteniendo con unos palos. Aun así, cuando llegamos de vuelta al portal, miré por última vez hacia atrás, hacia las casas rebosantes de vida y pensé que igual no sería mala idea, una vez pasado todo esto, que organizáramos una fiesta del vecindario, algo donde cada uno aportara su plato de comida y una cosa de beber, tal vez en junio, para celebrar que hemos vivido todos juntos, cada uno por su cuenta, pero juntos, este momento de este tiempo, que estamos caminando acompañados esta vida.

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