Diario de una epidemia 6

Movimento é vida –

En el décimo día de confinamiento oficial, se me empiezan a acumular las cosas de las que me gustaría hablar. Hay demasiadas y apenas tengo tiempo para sentarme a escribir. En casa hemos elaborado un plan exhaustivo para poder teletrabajar, estar con el niño, estar en pareja, atender al wasap, aplaudir a las ocho y estar un poquito solo. Un estrés, vamos. Aunque efectivo.

Cuando antes cada uno de esos ámbitos tenía su lugar, la oficina, el parque, la cama, etc., los días parecían inconmensurables. Me levantaba temprano y la hora de la cena me resultaba lejana y extraña como la navidad en agosto. Daban tanto de sí las horas porque resultaban muy variadas. Y al acabar la jornada tenía la sensación de haber hecho mil cosas. Ahora, sin embargo, los días pasan cada vez más rápido. Ni siquiera los minutos me dan. ¡Y eso que son infinitos!

A las siete y media nos levantamos. A las ocho y media ya hemos desayunado. Un poco de aseo, limpieza básica y a las nueve ya está cada uno en su puesto. Dependiendo del día, uno trabaja hasta las dos y el otro cuida del niño. Si toca cuidar, hasta las nueve y media tenemos sesión de cuentos infantiles. Después, una hora de dibujo, manualidades, pegar papelitos, hacer bolitas, colorear. Entonces, hacemos un circuito de ejercicios con música. A las once, pausa en familia, con café (para nosotros) y fruta, y a las once y media, volvemos al cole. Salimos a la terraza, regamos las plantas, cuidamos el minihuerto, sacamos tierra con una pala, traemos la excavadora y algún playmobil para hacer una carretera. A las doce y media, entramos de nuevo y nos lanzamos al mundo del lego. Aquí estoy sometiendo a mi hijo a un entrenamiento intensivo de autonomía, para que aprenda a jugar solo y a mí me deje diez minutos tranquilo, que ya me entra el mono de móvil. Así estamos en un tira y afloja constante hasta la una y media, hora a la que recogemos todo, nos lavamos las manos y nos reunimos de nuevo la familia para hacer la comida. Y entonces llega la siesta, el momento de paz y tranquilidad más esperado. Por la tarde cambiamos los roles, en vez de cuentos, le damos al terraceo, después merienda y elaboramos un día pan, otro bizcocho y otro galletas, luego diez minutos de mirar al techo, cinco de abrazos y manoseos, y a las ocho y media, llega la ducha, la cena, la leche, el cuento y a dormir. Hacia las nueve y media, el niño está en la cama y, entonces, nosotros morimos. 

Árboles. Autor desconocido. Hacia 1926. Colección Matson. Dominio Público

Mira que mi chica y yo habíamos fantaseado millones de veces con un apocalipsis zombi o algo parecido, pero jamás pensamos que sería así. Antes de tener el niño, nos veíamos todas las pelis que salían, desde los clásicos de Geroge A. Romero hasta 28 Días después con sus secuelas, haciendo incursiones en el género adolescente como La quinta ola o El laberinto para llegar a los grandes del género como Zombieland, Guerra Mundial Z, El día de mañana o Infection. A veces, comparábamos la versión original con su remake reciente, por hacer análisis del cambio social palpable entre los años cincuenta y la actualidad, por ejemplo, como con El último hombre sobre la Tierra y Soy Leyenda. Incluso, después del visionado, nos íbamos a la cama y fantaseábamos con la estrategia a seguir: destrepar por la terraza, robar un coche, aprovisionarse en un super de carretera, marcharnos a algún lugar recóndito. Nada que no apareciera ya en la ficción. Y nos reíamos mucho. Se lo contábamos a los amigos y nos llamaban flipados. Teníamos un lema de supervivencia que pronuncia Brad Pitt en Guerra Mundial Z: «movimento é vida».

Y entonces llegó esto. La pura realidad. Y de lo primero que nos dimos cuenta fue de que nosotros seríamos de los que palman en la película en el minuto cinco. Nada de ser protagonistas ni héroes. Caeríamos como todo hijo de vecino. No teníamos despensa, así que fuimos a comprar cuando a todos nos entró el biruji. Entre risas y cachondeo, también compramos papel higiénico. Y, por supuesto, tuvimos que echar gasolina en el coche, quedándonos embotellados durante un par de horas. Si hubiese sido una epidemia de zombis, a estas horas andaríamos mordiendo. Tantas horas de entrenamiento, tantas conversaciones para, al final, cometer los típicos errores de principiante. 

Es evidente que la fantasía no tiene nada que ver con la realidad. ¿Cómo íbamos a haber previsto que el fin del mundo sería tan aburrido, que nos pillaría haciendo teletrabajo, mandándonos memes y practicando yoga infantil con nuestros hijos? Nadie podía anticipar que el fin de nuestro mundo tendría más que ver con el aburrimiento y la saturación que con nuestra instantánea y repentina desaparición. Porque el primer paso para languidecer es no soportarse a uno mismo.

De hecho, visto así en la distancia, ahora que ya empezamos a acostumbrarnos al encierro, creo que esas primeras escenas de supermercados vacíos y colas en el Media Markt, fueron un intento inconsciente de darle una solución conocida a ese gran acontecimiento inédito que se estaba desplegando ante nuestros ojos. Me explicaré. Como somos incapaces, culturalmente hablando, de imaginar el fin de nuestro sistema capitalista, cuando de verdad se vislumbra como ahora (ahí está Merkel interviniendo el mercado), solo podemos entreverlo en términos de fin del mundo. No como una oportunidad de iniciar algo mejor ni como un cambio a una fase, tal vez, menos egoísta e individualista y más comunitaria y colaboradora, sino como el puto apocalipsis. Pero de película de Hollywood.

Por eso, ahora que veo cómo va el tema, creo que lo más acertado sería darle la vuelta al lema de Brad: quietud es vida. Echar un poquito el freno y darnos la oportunidad de mirar nuestras vidas cara a cara, y ver si, a lo mejor, así somos capaces de fantasear un poco mejor nuestro mundo, un lugar donde de paso, la próxima vez, no solo se piense en las necesidades de los pobres perros, sino también en la salud física y mental de nuestros hijos.

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