Cara de tonta (XII)

Cuentos del Café Maravillas –

Ana era muy atrevida al hablar. Tenía mucho desparpajo. Lo achacaba a su profesión, pero hasta aquel día yo solo sabía que trabajaba en el parlamento, sin saber en realidad de qué. Entró en el bar sobre las once de la mañana, cosa inédita en ella, pues solía venir por las noches, y se sentó en el extremo de la barra donde yo andaba liado. 

–¡Madre mía, si esto parece el 8m!

Era la hora punta de los desayunos y habitualmente había mayoría de señoras. Miró a su alrededor y después me hizo un gesto como preguntando si pasaba algo. Los grupos de mujeres llegaban en distintas oleadas. Primero tres, luego cinco, después doce y de repente, estallaban en un coro desordenado de voces con sus timbres agudos y sus acentos que, con la música clásica que solíamos poner a esas horas, semejaba una ópera de Ligeti. Estaban Amparo y sus amigas, que venían del centro cívico donde iban a clase de biología. La más joven debía de tener unos sesenta y cinco. Se sentaban en la mesa grande, se pedían sus tostadas con tomate y lo comentaban todo, desde el concepto de partenogénesis hasta la situación laboral de los hijos, pasando por el broche que se había comprado una de ellas en Tous. Luego venían también las funcionarias, que eran mucho más jóvenes, y hacían la pausa del café mirando mucho el móvil y comentando a dónde se iban a ir de vacaciones. Sobre las once y media, un poco más tarde que el resto, se acercaba Concha a toda prisa, se bebía un cortado con leche fría en tres tragos y, con la misma, se marchaba masticando aún una galleta. Tenía una tienda un poco más abajo y colgaba el cartel de «Vuelvo en cinco minutos» para tomarse su descanso mañanero. Pero también pasaban madres con sus hijas que debían de estar haciendo recados, grupos de amigas de un instituto cercano o, simplemente, señoras que venían de hacer la compra en el mercado.

Así, que cuando esa mañana apareció Ana, aquella ópera adquirió improvisadamente un cromatismo inusitado. Con su gesto sombrío, al contrario que el del resto de mujeres, impuso un silencio largo. Allí se quedó bebiendo su té verde y mirando el móvil. De vez en cuando, hacía alguna mueca de desagrado o resoplaba. Hasta que, una vez se hubo vaciado el local, me acerqué a ella. No me hizo falta decir nada. En seguida, dejando el teléfono sobre la barra, soltó una queja:

–Hoy todo es una mierda.

–¿Pero qué ha pasado?

Se había quedado sin trabajo. No era funcionaria, como yo pensaba. Era algo mucho mejor. La jefa de gabinete del presidente del parlamento o, lo que era lo mismo, su asesora. Llevaba varios años en su equipo. Lo había seguido por distintos cargos que había ocupado los últimos ocho años. Y ahora, de la noche a la mañana, estaba en la calle, separada y con dos niñas, una de seis y la otra de nueve. No se encontraba mal por el hecho de haber perdido el trabajo. Eso ya sabía que algún día tendría que llegar. Era uno de esos cargos de libre designación y sabía que al terminar la legislatura, cesaba. El problema fue lo inadvertido del asunto, el verse así repentinamente, sin haber podido contar con ello, sin planearlo. Antes de tiempo. 

El presidente había dimitido el día anterior, pero lo había mantenido en secreto hasta esa misma mañana cuando lo anunció en rueda prensa. Ahora ya estaba en todos los medios. Me enseñó los titulares. Incluso en prensa nacional. Ni siquiera ella lo había sabido. Se enteró por un periodista al ser preguntada por la sala en la que se haría el anuncio a los medios. 

–Imagina con qué cara de tonta debí de quedarme. 

Asentí sin decir nada. El presidente la llamó justo después para disculparse. Aunque ya sabía lo que era el juego político, se excusó, le debía una explicación. Un día se estaba arriba, le dijo, y al día siguiente abajo. Procuraría conseguirle a ella el mejor de los finales, tanto económicamente como en cuestión de referencias. Pero no le consoló. 

Taberna La Viña, Huelva. Hacia la década de 1950.

El presidente era uno de esos políticos que siempre había buscado su propio perfil en el partido. Inteligente y cauto. En las últimas primarias no se había pronunciado casi hasta el final. Los dos bandos principales estaban muy igualados en cuanto a apoyos y él sabía que podía decantar la balanza hacia un lado u otro. Por eso, llamó a su hombre de confianza, Hipólito. Amigo suyo desde los primeros años universitarios, Poli «el manitas», como lo llamaban, había sido de joven camarero en la cafetería de la facultad. Allí conoció al presidente, quien, en sus tiempos de estudiante, era de los que se pasaban el día entero jugando al mus con los amigos. Un día, bebieron más de la cuenta y sin saber cómo, empezaron a discutir. El caso es que al final llegaron a lo personal y antes de darse cuenta, el presidente tenía encima a uno de sus amigos. Poli salió de la barra y fue directo a separarlos. Dicen que primero le soltó un guantazo a cada uno y después los invitó a chupitos. Desde ese día, se hicieron inseparables. No solo se veían en la facultad, sino también comenzaron a quedar fuera. Se metieron juntos en el partido y, aunque Poli supuestamente nunca trabajó directamente para él, siempre se mantuvo cerca, estaba dentro de su grupo de confianza. Si se necesitaba persuadir a alguien de manera creativa, recurrían a él. De modo que las cosas jamás le fueron mal. 

Poco antes del congreso de las primarias, el presidente recibió «al manitas» en su despacho del parlamento. Lo había convocado para analizar la cuestión de los candidatos. Con su habitual desparpajo Poli entró sin llamar. Vestía traje oscuro, lo menos de tres mil euros. Se sentaron en las dos butacas Lipparini que el presidente había hecho comprar nada más tomar posesión del cargo. Sin mediar palabra, Poli sacó un cuaderno lleno de nombres. Tras revisarlo de principio a fin de forma metódica, el presidente corroboró que solo estaba en su lista Moreno, el candidato de Madrid. Según las anotaciones, disponían de dos carpetas suyas, concienzudamente elaboradas a lo largo de varios años, repletas de regalitos, como llamaban entre ellos a la información comprometida que atesoraban sobre miembros del partido: desde fotos hasta facturas, capturas de pantalla de conversaciones, testimonios y hábitos comprometedores. Basura que se podría poner en un momento dado sobre la mesa de alguna redacción y que arruinaría la vida de cualquiera. Por ejemplo, la del candidato oficialista. Precisamente por eso, había que apoyarlo. 

–Conoce a tus amigos –le gustaba decir a Poli– como si fueran enemigos y a tus enemigos como si fueran amigos.

Sin embargo, quedaba una semana para registrar las candidaturas y el presidente aun no había hecho pública su posición. Sabía que cuanto más tardara en anunciarlo, más rédito podría obtener. Aunque también, más riesgo correría. Así, que la primera reunión con Moreno la organizó a solo tres días del cierre. Le invitó a un asador. Sin equipo, los dos solos. Pero en contra de todos sus pronósticos no hubo feeling. Le pareció como si al otro le diera igual tener su apoyo. Moreno le ofreció continuar en la presidencia de la cámara y, a nivel interno, estar en la secretaría de programa. 

–Eres indispensable justamente ahí –le dijo. 

El presidente sabía que era un puesto florero. Formaba parte de la ejecutiva, muy bonito, muy vistoso, pero inservible en términos de recursos del partido y de acceso a medios de comunicación. Decidió no cerrar nada. Optó por mostrarse ambiguo. Las siguientes cuarenta y ocho horas fueron de infarto. Moreno no dio señales de vida. Lo estuvo llamando y no contestaba. Los mensajes que le dejaba ni los abría. Por fin, el día antes coincidieron en el acto de cierre. El presidente creyó que era el momento para una foto conjunta, pero Moreno rehuyó la ocasión. Entonces saltaron las alarmas. Se estaba quedando fuera. Había sido demasiado cauto, muy lento, y ahora las circunstancias podrían añadir fuerza al vendaval que comenzaba a arreciar. El día de las primarias, durante el desayuno, un diario reveló que la policía investigaba al otro contrincante por un supuesto delito de tráfico de influencias. Pensó que ya no tenía elección. El presidente aprovechó una visita al Consejo Consultivo para ponerse ante los medios y exaltar la figura de Moreno. Finalmente, y como era previsible, aquella noche ganó la secretaría general. Conformó su equipo y cumplió su palabra. Nombró al presidente secretario de programa y lo metió en la ejecutiva. Pero también, como era de esperar, no convocó ni una sola reunión de su secretaría los cuatro meses siguientes, a pesar de tratarse del periodo clave antes de las autonómicas. Ni un grupo de trabajo ni un café en la sede. Nada. Sin embargo, eso no fue lo peor. A dos meses de los comicios, el presidente aun no tenía confirmación de su presencia en las listas para las elecciones. 

Realizó varias llamadas sin obtener resultado alguno. Todo eran evasivas o, simplemente, silencio. Parecía como si todos sus enemigos hubiesen hecho un frente común contra él. Iba a los actos y delante de los medios, saltaba siempre la misma pregunta, qué planes tenía dentro del partido. La respuesta era invariable cada vez: se ponía a disposición del secretario general y estaría allá donde pudiera ser más útil. No quedaba ni rastro del hombre de perfil propio con el que se había hecho un hueco en la política nacional. A Ana, como asesora que era, le reventaba ese tipo de contestaciones. Creía que debía mostrarse más independiente y proactivo, aunque sabía de sobra que no era más que una especie de fórmula de lealtad aparentada. Por eso, no dejó de insistirle. A pesar de que ella ya daba por segura la pérdida de confianza en él por parte del aparato del partido. El presidente comenzó a ponerse nervioso, a dar pasos erráticos, y fue cayendo en un aislamiento poco a poco más hermético. Poco después se oyeron los primeros rumores. Pensaba dar el salto a otro partido.

Los últimos días antes de su dimisión, la relación entre los dos se había vuelto más fría. Hacía tiempo que él ya no le consultaba a ella más que las cosas oficiales. Pero ni eso. «El manitas» estuvo yendo toda la semana a su despacho. Se encerraban solos y no llamaban a nadie excepto para encargar café o comida. Y claro que ella sospechó que estaba sucediendo algo, pero se habían vuelto impenetrables y no había manera de saber lo que se hablaba allí dentro.

La mañana de la rueda de prensa, el presidente argumentó su dimisión aludiendo a cuestiones del partido. No escatimó en sacar trapos sucios. Se puso como víctima de la ambición de Moreno. El partido había sido secuestrado. Moreno había vendido los ideales. Al presidente no le quedaba otra que renunciar.

–¿Y tú? –le pregunté. 

Me miró enarcando las cejas. Poco a poco, la sonrisa pedagógica que había tenido hacía unos segundos se le fue borrando, dejando traslucir una leve mueca de amargura y desánimo. Movió la cabeza en señal de no tener ni idea, de no saber qué pasaría con su vida. Guardó su móvil en el bolso y me pagó el té. Antes de marcharse, me hizo un gesto poniéndose la mano en la frente:

–¡Nueve años comiendo sapos y culebras! 

–Te puedes escribir un libro –le dije.

–Son los años que tiene mi hija la mayor…

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: