Las paredes (XI)

Cuentos del Café Maravillas –

Como rostros cuarteados por el tiempo, con las fatigas del trabajo y las ilusiones breves, los muros hablaban de su propia historia. Al menos así nos gustaba pensarlo. Cada uno en su idioma, con su particular acento. Los muros de sillar de caliza blanca. Los pilares del sótano. Los vanos de las ventanas y las paredes enyesadas. Incluso, el pladur del cuarto de baño. Todas las paredes contaban algo de los más de cien años que tenía el local. El edificio era de finales del siglo XIX y, por eso, tenía tantas vidas que si uno se ponía a raspar, salían hasta las primeras capas. Un mapamundi del tiempo. Quizás por eso, a todo el mundo le recordaba el bar a alguna otra ciudad. A La Habana, decían algunos. No, parece Berlín, reivindicaban otros. El truco fue que la única reforma que pudimos hacer consistió en coger unas espátulas y raspar la pintura que acumulaban las paredes. Raspar y decapar durante días. Hasta acabar con los brazos rotos. Tiramos muebles, desmontamos focos, hicimos añicos celosías. Cuanto más vacío e incompleto, mejor. Cuanto más pareciera una ruina, más cerca estaríamos de nuestro gusto estético. Glamour de segunda mano. 

Me acababa de quedar en paro. Por tercera vez en mi vida, mi carrera fulgurante y prometedora en algún sector relacionado con la cultura dio al traste con la misma velocidad y determinación que se había anunciado. Mi entrada en el parnaso de las letras se frustró con la quiebra de la editorial donde publiqué mi primer y único libro. Mi consagración como profesor de español en el Cervantes fue torpedeada por lo que se llamó contrato fijo-discontinuo, que solo me aseguraba cuatro meses a media jornada. Por último, mi lanzamiento al estrellato de la gran prensa internacional perdió altura con los despidos masivos del año 2012 hasta tocar suelo. De este modo, el bar llegó con no más de 200 euros en la cuenta y sin tener suficiente cotizado para cobrar el desempleo. Las grietas también empezaban a hablar de sus nuevos dueños.

Un día, en mitad de la faena, se descascarilló un trozo de muro. 

–Ya la jodimos –gruñó José, un amigo que nos ayudaba. 

La raja era grande. Al agrietarse el yeso, habían salido a la luz los ladrillos compactos y rojizos de la construcción original. 

–Que no –dijo Laura–, que hemos encontrado el Arca de la Alianza… 

Había una fina cámara de aire entre ambas capas, un aire que tendría décadas de antigüedad. Conservadas en aquella atmósfera, asomaban dos hojas de periódico amarillentas en perfecto estado. Eran de El Socialista, 23 de enero de 1936. El revuelo que se armó fue tremendo. A la hora del descanso se acercaron algunos amigos más. Observaron detenidamente el papel. «La crisis francesa», «Los monárquicos y los cedistas no han llegado a un acuerdo», «La insurrección de octubre en Asturias»… Callamos durante un largo rato. Me acordé de la escena final de In the mood for love en la que el señor Chow entierra el secreto de su amor por la señora Li en un agujero en los templos de Angkor. 

Café de Levante. Zaragoza, principios del siglo XX.

Al día siguiente apareció Teo a mitad de mañana. 

–Niño: aquí hubo marcha. Ponme un pacharán, que la historia es larga. 

Por lo visto, conocía a los antiguos dueños del local. Le habían contado que a finales de los setenta, cuando hicieron la reforma para lo que fue la primera cafetería, se encontraron una pistola escondida entre las vigas. Alguien que sabía del tema les aclaró que era una Star. Especulaban con la idea de que antes de la guerra había habido una imprenta en el sótano. No se conservaba nada de aquel tiempo más que la memoria del abuelo de uno de los caseros. Aquel modelo de arma era el preferido de los anarquistas de la CNT, de modo que dieron por probado que aquello funcionó como un lugar de reunión sindicalista. Pero tampoco nadie pudo asegurar a ciencia cierta lo contrario. 

–Entonces, ¿aquí imprimieron el periódico? –intervino Laura.

Teo soltó una carcajada burlona, entrecortada por los ataques de tos que le daban siempre. –Para nada mi niña.

Dio un trago a su pacharán, lanzando una exhalación de placer. Sabía hacerse esperar, cortar los relatos en el momento de mayor suspense. Se puso a rebuscar cigarrillos en los bolsillos de su chaqueta. Laura lo miró afilando los ojos. También bebió de su cerveza y sacó tabaco. Mientras se liaba un cigarro le hizo un gesto con la cabeza y los hombros para que siguiera. 

–Yo creo que no es culpa de nadie –continuó Teo con su habitual tono moralista–. O de todos. Pero no tenéis ni puta idea de vuestra historia.

Laura salió como una bala.

–Gracias a vuestra generación.

–Mi generación, como dices, suficiente tuvo con la amenaza real de volver a lo anterior. Porque salió democracia, pero perfectamente podía haber salido dictadura otra vez.

–Normal –arremetió Laura encendida–, Franco murió en la cama…

Tuve que mediar yo. A Laura y a Teo les encantaba discutir. Lo hacían por cualquier cosa y una vez que empezaban, se lanzaban con tal violencia el uno sobre el otro que terminaban espantando al resto. Los invité a salir al escalón de la entrada a fumar.

Teo se puso más académico todavía. El periódico era un panfleto del partido socialista. Aunque los anarquistas no se llevaban muy bien con ellos, el diario se leía mucho en toda España. Pero eso seguía sin resolver quién había ocupado antes el local.

–Aunque para mí –añadió– lo nuclear del asunto es el por qué.

–¿Por qué hubo una imprenta? –dije yo.

–No –Teo hizo una de sus pausas–. Por qué ocultaron esa página.

Le dio un trago largo a su pacharán hasta terminarlo. Nos miró con rostro de satisfacción. Me recorrió un escalofrío todo el cuerpo.

Aquella tarde, dimos por concluido el trabajo de raspado. Lo del periódico y la pistola había sido como las últimas palabras de un moribundo. No quisimos disturbar más su memoria. La excitación nos dejó baldados. En recuerdo de aquellas vidas olvidadas, enmarcamos las hojas y las colgamos junto al hueco de la pared.

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