El activista sexy (X)

Cuentos del Café Maravillas –

Helena repitió con énfasis que al chico no le iba, mientras les pedía a sus amigas que bajaran un poco la voz, que me había enterado hasta yo, o sea el camarero, de que al «activista sexy» no le iba. 

–Con lo fornido que parecía… –se quejó una de ellas desde el butacón. 

Seguramente, el pobre muchacho se había quedado de un aire, continuó explicándoles Helena, porque no es que ella fuera una dómina, simplemente le gustaba fifty-fifty, un poco él, otro poco ella, unas caricias previas, un poco de descontrol después. Lo normal: sentirse deseada. Y eso para algunos hombres ya era demasiado. Aun así, al principio les había ido bien, les dijo. Al terminar la manifestación del domingo, después de un par de días coincidiendo en actos, él se acercó con un taco de octavillas en la mano. Cuidado que viene el Geyperman, le había advertido su amiga Ana. Ella tenía un sexto sentido para poner motes a la gente y el chico le había caído mal desde el primer minuto. Le parecía que tras su aspecto de buen rollo, sensible y preocupado por el mundo, tenía un tufillo machista. Helena, sin embargo, no se dio cuenta de nada hasta la noche en cuestión. Aunque era cierto que físicamente también le parecía un Geyperman, con la barba poblada, rectangular a la moda y la carita de mapache desvalido que se les pone a algunos. El caso es que el chico se les acercó por detrás, les preguntó qué tal y las invitó a unas charlas que estaba organizando para la semana siguiente. Helena dijo que sí. Al fin y al cabo, qué podía perder.

Así, que decidió que el día D no podía terminar después de la charla y se puso bien guapa. Se pintó el hocico. Se puso las botas de tacón y se metió las bragas de la suerte en el bolso, por si acaso. 

–¿Pero qué dices, tía? –saltó Ana entre risas. 

Por lo visto, a las chicas les había hecho mucha gracia el comentario. La que estaba sentada en el butacón de la abuela explicó que les resultaba divertido cada vez que Helena se inventaba esas chorradas. Eso y lo del amigo que nunca te abandona, que es tu desodorante, porque una nunca sabe cómo puede acabar la noche con un tío, pero al menos las axilas no van a dar la nota. De modo que había que aprovechar las circunstancias. Helena iba a por todas, continuó, aunque el chico no la volvía loca. Le parecía inteligente y sensible, de los que se interesan por la vida de una sin ser pesado, lo cual ya era suficiente en estos tiempos, pero no lo miraba y perdía la cabeza.

Taberna de Madrid. Finales de la década de 1950.

Cuando terminó la charla, él se le acercó. Le presentó a sus compañeros. Helena les contó la campaña que habían hecho en su instituto denunciando los recortes y lo bien que había funcionado. Al cabo de un rato decidieron ir a tomar algo. Los dos solos. Entonces, sucedió la primera sorpresa. Helena propuso un bar, pero él contestó que no, que prefería ir a un sitio diferente. Ella sugirió otro. Tampoco le pareció adecuado. Y después un tercero, pero siempre había alguna pega. A Helena le dio la sensación de que el chico estaba evitando algo. Tal vez fuera que no le apetecía encontrarse con alguien o que directamente no quería que los viesen juntos. El caso es que le dio uno de esos pálpitos que decían sus amigas que le daban. Pero no hizo caso.

Terminaron yendo a un bar de copas donde nunca había estado ninguno de los dos, uno de esos garitos de noche con todo el pijerío, y se tomaron un par de gin tonics. Bueno, ella se los tomó, aclaró Helena, porque él se pidió un zumo y con eso estuvo todo el rato. 

–¿Lo ves? –soltó Ana– ¡Te lo dije! 

Helena les hizo un gesto como dando a entender que la cosa no hizo más que empeorar. Ella se puso a bailar, intentó animar al chico de mil maneras, pero no había forma. Y cuando le preguntó qué le pasaba, él alegó que la música no era lo suyo, que prefería otros estilos, que el bar no le convencía. 

–¡Pues haberlo mandado a casa! –la cortó la del butacón. 

Helena le dio la razón. Ganas de mandarlo a casa con su madre a que le pusiera un vasito de leche con galletas no le faltaron. Pero el caso es que sin saber muy bien por qué, al verlo ahí tan pavisoso, de pie en medio de la pista, se empezó a poner a mil y solo se le ocurrían cosas muy sucias, tal y como siguió explicándoles a las chicas, las cuales soltaron una carcajada estruendosa, seguramente porque sabían el nivel de guarradas que podía alcanzar su amiga. 

Era verdad. Estaba decidida. No tuvo que esforzarse mucho para que el chico la invitara a casa. Se convenció de que jugando en su terreno, igual la cosa se reconducía.

–¡Vaya moral tienes! –le interrumpió Ana– Yo no me quedo ni diez minutos.

Y en condiciones normales Helena hubiera pensado lo mismo. Sin embargo, ya era casi una cuestión de curiosidad lo del Geyperman y, de todas formas, al día siguiente ella entraba más tarde a trabajar, así que no tenía nada mejor que hacer. Era, o largarse a casa sola o divertirse un rato resolviendo el acertijo, les explicó a la chicas. Sentía intriga. En serio. Se estaba desinflando tanto el efecto «activista sensible» que le producía curiosidad saber de qué iba exactamente. En tan solo cuatro horas había pasado de ser el macho alfa de la manifa, controlando con el megáfono el espíritu de las masas, a ser de lo más soso y un poco tiquismiquis.

Pero la sorpresa definitiva sucedió al entrar en su casa. Igual es que ella era un poco prejuiciosa, aclaró, pero es que no esperaba encontrarse ciertas cosas. Objetos que no cuadraban demasiado bien con la imagen que él le había vendido. No quería decir que alguien no pudiera gozar de ciertas comodidades o de algunos caprichos solo por el hecho de ser una persona reivindicativa, pero encontrarse en el salón una supertele gigante de pantalla ultrafina, colgada en la pared, fue un poquito chocante. Por no hablar de una de esas videoconsolas con mandos inalámbricos y todo, que tenía en el mueblecito de abajo. Helena no se imaginaba al chico volviendo de parar unos desahucios para engancharse a un juego de esos de pegar tiros. No le pegaba. Pero ahí estaban. Además, la casa tenía un toque general de cierto nivel. Se veía dinero. Las estanterías, por ejemplo, no eran las típicas de Ikea que tenía todo el mundo. Ni siquiera eran el modelo caro. Tenían un diseño particular, de metal y madera maciza, como en las revistas de decoración. Los sofás, muy modernos, lucían ese toque que se ve tan solo en un museo. Y a ella siguió sin cuadrarle estar hablando de cómo combatir el capitalismo y tener al mismo tiempo una casa en propiedad, viviendo él solito, con todo tipo de lujos y comodidades. Para nada. Pero aun así, se dejó llevar. Total, ya estaba allí. ¿Acaso el chico no tenía derecho a todo aquello? Había empezado a sentirse como una antropóloga estudiando los usos y costumbres de una tribu perdida. No quería dejarse llevar por ningún tipo de prejuicio.

La amiga que se llamaba Ana me hizo un gesto para que les pusiera otras tres cañas. Eso era lo que más me fastidiaba siempre, que me pidieran algo cuando cotilleaba la conversación de algún grupito. Volví justo a tiempo de escuchar cómo fue Helena quien tuvo que dar el primer paso. Les estaba contando a sus amigas que ya se les habían hecho las tres y pico, y allí no pasaba nada. Por eso, ella creía que lo había puesto nervioso, porque cada tío era un mundo, les dijo, y a algunos no les gusta que las mujeres den el primer paso. Se sienten de menos o acojonados. 

Estuvieron un rato en el sofá, enrollándose sin más. A ver si se calentaba la cosa. Unos besos por aquí, un pellizquito por allá. Hasta que él se puso encima de ella. En ese instante, la cagó por completo. Comenzó a besarla, bajando poco a poco, yendo despacito y los ojos de ella, fijos en el techo, empezaron a bajar también. Primero las paredes, luego la estantería, la mesita, ¿y qué se encuentra allí, el primero sobre una pila de revistas? ¡Las mil ochenta recetas de Simone Ortega!

–¡El puto libro de la Simone! –repitió Ana. 

Las tres explotaron de la risa. Se miraron con complicidad, dándose golpecitos unas a otras. Era el libro favorito de su madre, continuó explicándoles Helena, que se lo había regalado el día que se independizó. 

–Es generacional… –dijo la del butacón. 

Pero a Helena le daba igual. Es decir, después de haber acumulado material para dos tesis doctorales sobre antropología de tipos raros, cuando parecía que por fin se estaban acompasando, de repente, se encuentra a su madre dándole lecciones de cocina para el día que se case. ¡Venga ya! No podía ser. Si el chico quería aprender a cocinar, por ella, estupendo. Pero aquello era como acostarse con su madre. Igual que dicen que antes de morir se le pasa a uno la vida entera por la cabeza, a ella se le aparecieron todos los traumas de la infancia. El calentón se le bajó a los pies. Se incorporó. Intentó cambiar de tercio. Buscó otro escenario como última oportunidad, aun sabiendo que la cosa ya se había vuelto irremediable. Le dijo que fueran a la cama, que estaba incómoda, y fue ahí cuando él se puso rígido como una piedra y dejó de reaccionar. Se quedó tieso. Tal cual. 

–O sea, que no le iba.

Helena intentó ponerse seria. 

–¡Qué cabronas sois! 

–Mucho activismo y poca acción. 

–Un desastre –concluyó Ana.

Helena abrió los brazos como pidiendo comprensión para el pobre chaval. Pero las amigas hicieron sangre sin piedad. Eso sí, en ningún momento revelaron su identidad. Me tenían por completo intrigado. Me entraron ganas de levantarme y preguntar. Pero aparte de que jamás lo hubiese hecho, Helena estaba ya centrada en que el problema era que no sabía si se trataba de algo suyo o si tenía que ver con los tíos que se buscaba, que eran más raros que hechos de encargo. Por eso, pensaba que llevaba una racha como para retirarse a un convento. Desde luego, tenía muy claro que no pensaba volver a ninguna manifestación durante una temporada larga. 

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