Run to the hills (IX)

Cuentos del Café Maravillas –

Presidiendo la gran mesa redonda que habíamos colocado en el centro del bar se erigía un sillón orejero color salmón. Era el butacón que había acompañado a mi abuela en las largas tardes de inmovilidad de sus últimos años y que daba nombre, entre nosotros, a una región del bar. Decíamos: en el sillón de la abuela han pedido dos cervezas y un zumo. O también: cobra a los de la abuela. 

Me lo habían regalado mis padres y estaba entre los asientos más cotizados del bar debido a su comodidad. Bien mullido, con grandes reposabrazos, ligeramente cerrado como un abrazo hondo y sin pretensiones estilísticas de ningún tipo. A mi madre le gustaba tenerlo allí, decía que era una forma de cumplir los últimos deseos que tuvo la abuela: salir a tomar algo, ir a una cafetería, sentirse señora en lugar de criada. 

Sin poder moverse, a causa de tener los huesos molidos de tanto fregar escaleras, la anciana matriarca había soñado, desde el sillón en sus últimas tardes, con las pequeñas cosas que se le habían negado y con un pasado que para ella nunca fue mejor. Hija de una familia de autodidactas pobres, le marcó tanto la imagen de su madre leyendo el periódico a los vecinos analfabetos del pueblo que siempre creyó en el progreso como una forma de generosidad. Eso lo aplicó constantemente a sus iguales e, incluso, a los sucesivos señores en cuyas casas había servido desde pequeña.

Cafetería del Hotel Oriente, Barcelona. Hacia 1910.

Recuerdo que de niño, me cogía entre sus brazos y me cantaba canciones o me hacía juegos de cosquillas en los brazos. Introducirme en su regazo, pegarme a su blando, enorme y perfumado pecho paralizaba el tiempo, permaneciendo fuera del mundo en un sitio donde nada podía pasar. Allí, durante horas, me contaba historias, me narraba su vida o se inventaba personajes fantásticos que corrían todo tipo de aventuras. Me hechizaban sus palabras, sus metáforas envolventes me transportaban muy lejos, vívidas, tan visuales que cualquier imagen de la tele resultaba árida e insulsa. Poco a poco, según fui creciendo, sus relatos se volvieron más austeros y con mayor frecuencia trataban sobre escenas cotidianas de su vida y sobre la guerra. 

Una tarde me contó sobre mi abuelo, al cual yo no había conocido. Con los primeros bombardeos sobre Madrid, lo llamó a filas el ejército republicano para conducir camiones al frente. Mi abuela, con un hijo recién nacido, intentó sobrevivir como pudo hasta que la sacaron de la capital y se la llevaron a El Escorial, donde estuvo refugiada con las Brigadas Internacionales. A él terminaron por cogerlo prisionero y desapareció unos años. No se supo nada más. Ella lo buscó por todas partes. Preguntó en comisarías, pero nadie le decía nada. Terminó la guerra y siguió sin tener noticias, hasta que un día apareció. Lo habían llevado de cárcel en cárcel. Primero, picó piedra en la sierra. Después, lo trasladaron a Salamanca y, por último, a Burgos, antes de liberarlo. Al llegar a este punto, mi abuela bajó la cabeza, cerró los ojos y se puso a llorar. No quise insistir más. Aquel día ella permaneció en silencio el resto del tiempo. 

Dejé correr un par de tardes hasta que volví a preguntarle por mi abuelo. Recomenzó la historia desde el principio. Los bombardeos, la sierra, la cárcel. Pero de nuevo, se echó a llorar. Así sucedió durante varios días. No conseguíamos avanzar. Mi abuela me hablaba siempre entre susurros para que nadie la oyera, acostumbrada a tener que ocultar su simpatía por los socialistas, como decía. Esperaba a que nos quedáramos solos, se arrellanaba en el butacón y, con un ojo puesto en quién venía, comenzaba su relato. Eran normales las largas interrupciones, bien porque ella desconfiaba, bien porque se acercaba una parte muy dura, difícil de explicar, casi indecible. Después, se le hinchaban los ojos, los alzaba brevemente hacia el techo y a continuación los enterraba en el suelo, cerrándose poco a poco sobre sí misma. Apretando el puño, podía permanecer largo rato, agarrotada por el dolor de un recuerdo prohibido.

Sé que mi abuelo se pasó el resto de su vida yendo a fichar cada mes a comisaría, y haciendo lo que mejor se le daba, conducir camiones. Nadie lo contrató por rojo. Sin embargo, por desgracia, desconozco el resto. Al poco de contarme aquella historia, mi abuela murió.

De aquellos silencios, aprendí cómo es posible decir algo con la pura insinuación: no me quedó otra. El olvido siempre es más grande que la historia. Una pausa puede encerrar un mundo completo y significativo, incluso más que la palabra, a condición, eso sí, de que se delimite bien, como quien deja migas de pan por el camino: no tanto para volver después al punto de partida, sino más bien, para indicar la progresión, esas huellas casi invisibles que dejan nuestros orígenes y devaneos sobre nosotros. 

Por eso, me gustaba pensar que las conversaciones de los parroquianos del bar en la butaca de mi abuela tendían al tono íntimo, entre susurros, como si algo de ella hubiese quedado allí. El día que se rompió definitivamente fue como si la mujer hubiera descansado de una vez por todas. Se liberó. Después de un concierto, vino a pinchar el cantante del grupo. La liamos aquella noche. En un momento en el que pasamos de bailar 2Unlimited a los Iron Maiden, la gente se volvió loca. Una chica se puso de pie en el butacón a dar saltos de puro éxtasis. Fue inútil advertirle nada. Nosotros volábamos de un lado a otro de la barra, sin dar abasto. Digamos que fue el último baile de mi abuela. Al día siguiente, las patas y el asiento estaban rotos. «Run to the hills, run for your lives». 

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