La cafetería de la esquina (VIII)

Cuentos del Café Maravillas –

Siempre que entraba a trabajar, pasaba por la cafetería de la esquina. Se trataba de uno de esos raros locales que casi han desaparecido, en estilo modernista de principios del siglo XX. Aunque sin pretensiones. Tanto la clientela como los camareros parecían conservados en formol y, excepto algún despistado turista que se acercaba hasta allí para disfrutar de un café con leche, ninguno bajaba de los sesenta años. Posiblemente, era uno de esos escasísimos lugares donde servir se consideraba todavía un noble trabajo, a juzgar por la chaqueta blanca impoluta y la pajarita negra que vestían los empleados, con su servilleta perfectamente planchada colgando de la muñeca izquierda y una bandeja metálica que manejaban con una destreza digna de ser premiada. Como si ser camarero pudiese representar un oficio digno, dedicado, valorado y bien remunerado para toda una vida y no esa ocupación precaria, para ir tirando, en la que se había convertido en España. 

No era una cafetería para las novedades ni las bebidas de moda. Allí se servía el café solo o con leche, el cortado, el carajillo, el café bombón y, como mucho, el café irlandés, además de infusiones de bolsita, la típica cerveza de caña, dos o tres vinos y algún aperitivo propio de otra época. Nada más. No había conexión a internet ni se admitían animales ni ninguna otra cosa resultante de los avances cívicos y democráticos alcanzados tras la década de 1950 en el resto del mundo. Todo lo que tenía de único y especial lo tenía también de rancio y conservador, lo cual ayudaba, sin duda alguna, a que el local estuviese casi siempre vacío. 

Sin embargo, en los últimos tiempos se había puesto de moda precisamente por todo eso entre algunos grupillos de universitarios, de arquitectura y de letras principalmente, así como entre ciertos erasmus avezados que iban los viernes a tomarse su vermú. Les debía de hacer gracia la parsimonia con la que te servían. Seguramente, les resultaba un ambiente auténtico, con historia, una especie de posibilidad de reencuentro con las raíces de la ciudad. Como si ellos fuesen los descubridores de un tesoro olvidado y, por tanto, los únicos capaces de valorar toda esa riqueza y singularidad en su justa medida, depositarios y transmisores de una tradición milenaria que había estado a punto de perderse y que ahora llegaba a sus manos para ayudarles a desentrañar alguna faceta incomprendida de sus vidas desarraigadas. Todo ello aderezado, sin duda, por los precios relativamente baratos.

Si entre semana, a través de los ventanales, el ambiente parecía sacado de una versión europea de los cuadros de Hopper, con dos o tres personas mayores solas, sentadas cada una en su mesa pasando el aburrimiento, los viernes la escena semejaba más una alegoría barroca del discurrir del tiempo: hasta tres generaciones de clientes podías encontrarte. Esos días compensaban el resto de la semana desde el punto de vista de los chavales que iban allí a experimentar su aventura vintage. No obstante, para alguien que conociera los entresijos del negocio, era evidente que, a los dueños, las cosas no podían irles muy bien económicamente. De hecho, Genaro, el capitán de aquel Titanic, con su rictus serio y su pajarita perfectamente triangular, solía decir que el trabajo había que hacerlo bien hasta el final. 

–Yo estoy aquí dure lo que dure. 

El comentario se entendía como un reconocimiento de la mala situación.

Café Suizo, Santander. Hacia 1900.

Pero una mañana me lo encontré en la puerta sin su uniforme y con dos lágrimas asomándole por los ojos. Entonces supe que había llegado el final. La cafetería cerraba después de ciento cinco años. El edificio lo había comprado una empresa australiana, decían. Lo iban a tirar todo, dejando solo la fachada, para construirlo de nuevo. Estaba ya muy viejo, decían, y en mal estado. Podía quedarse en el local, pero con un alquiler que pasaba a ser cinco veces más caro. 

–¡Es que la zona se está poniendo…! –dijo el hombre, mientras señalaba con el mentón hacia el bar de montaditos que habían abierto en la esquina.

Pocas ganas de pelea tenía ya Genaro. Había aceptado la situación y una indemnización que le dieron. En un mes echaría la persiana y ya solo le quedarían los recuerdos familiares de varias vidas.   

Después de aquel día no lo volví a ver. Yo seguía pasando por delante del local cada vez que iba a trabajar. Vi cómo durante meses dejaron que el edificio se viniera abajo. Los bomberos tuvieron que colocar redecillas para que no cayeran cascotes cada vez que llovía. Casi dos años después, abrieron una franquicia. En las paredes colgaban fotos antiguas de locales típicos de París, Londres y Roma junto a frases de escritores famosos que hablaban de literatura y café. En algunas mesas, uno podía sentarse en sillones envejecidos que aparentaban no ser made in China. El día que la inauguraron, la cola para entrar y tomarse un cappuccino con un corazón pintado en la espuma llegaba hasta la esquina. Habían pagado a uno de esos influencers de Instagram que escriben cursilerías del tipo «qué bonitos son tus ojos cuando miras», que no hacía más que hacerse fotos con chavalitas. La clientela ahora iba con sus portátiles y iPads, había ejecutivos que se pedían un bagel a media mañana y por cincuenta céntimos más, con tu café hacían una donación a algún proyecto en África. Sin embargo, junto a las ventanas, seguían los mismos viejos, ahora más solos y con la mirada perdida, que habían frecuentado antes el local.

–Ya nadie me conoce –me comentó uno de ellos un día que se acercó a nuestro bar–, no te dan los buenos días, como antes con Genaro. 

–Cambian cada semana de camareros –le dije. 

El hombre esbozó una sonrisa entre la gratitud y el desconcierto. Sacó un pañuelo de tela  perfectamente planchado del bolsillo de su americana, lo desdobló despacio y se limpió la nariz con delicadeza.  A continuación rectificó:

–Lo que pasa es que ahora se está más caliente en invierno y te dan siempre una galletita. 

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: