Los baños (VII)

Cuentos del Café Maravillas –

Decía el escritor inglés W. H. Auden en uno de los cantos más bellos de amor del siglo XX que uno puede decirle a la persona amada te quiero en cualquier idioma, y, salvando los matices distintos del sentido y el significado relativos a una gramática particular, todas las lenguas traslucen el mismo problema: la dificultad para que el lenguaje contenga esa amalgama de sentimientos, deseos y pasiones que llamamos amor escapando de la forma cultural concreta de una época concreta. Primero, ¿qué quiero decir cuando digo «yo»? Segundo, ¿qué entendemos por amor? Tercero, ¿quién es ese «te», «a ti», a quien va dirigido el amor? Y cuarto, el hecho de que es más importante o significativo emitir el mensaje que recibirlo. De hecho, el semiólogo Roland Barthes, afirmó en su clásico ensayo Fragmentos de un discurso amoroso que el amor se ha convertido en un decir en solitario y, por tanto, para comprenderlo hay que analizar los lugares comunes que lo componen y la función que cumplen en el sistema social. 

La diferencia entre ambos escritos, además de que el primero data de 1959 y el segundo es de 1977 con toda una revolución sexual de por medio, contiene el problema que acució al lenguaje durante todo el siglo pasado. El poema de Auden afirma una imposibilidad tras constatar que la palabra no puede decir la verdad de lo real, o sea, que las guerras del siglo XX han aniquilado la metafísica que hacía posible el amor tal y como se había entendido hasta el Romanticismo desde los tiempos de Leonor de Aquitania. Por su lado, Barthes asume esa aniquilación para demostrar inmediatamente después que ya no hay un discurso unitario a la hora de hablar sobre el amor, solamente trozos deslavazados de algo que fue y desapareció, por lo que tan solo cabe descifrar ese puzzle de piezas sin contigüidad en el que se ha convertido la expresión de sentimientos. 

–¿Significa esto que la gente ya no se ama? –preguntó Teo.

–Para nada. Simplemente lo expresamos ahora diferente. 

Teo cogió su copa de verdejo y, torciendo la boca en un gesto de burla que lo definía a la perfección, añadió:

–El amor es un niño cabrón que te agarra en cualquier esquina, te quita lo que llevas y, encima, no le puedes denunciar.  

Le encantaba soltarte este tipo de sentencias continuamente, se hablara del tema que se hablase, aunque principalmente cuando lo hacía de chicas. Era un tipo de una cierta edad, unos cincuenta largos, diría yo, y con porte de señor de toda la vida. Más atlético, eso sí, y con clase, una elegancia de quien proviene de esas familias de buena educación de una ciudad de provincias. 

Solía venir a medio día y tomaba verdejo. Dos, tres, cinco, dependiendo de cómo de animada estuviera la puerta, pues también él era uno de los habituales del escalón de la entrada. Básicamente, fumaba sin parar, opinaba de todo y llamaba niño o niña a todo aquel un poco más joven, independientemente de que tuviera cuarenta o veinticinco.  Niño, ponme otro de estos o, eso que estás diciendo es una tontería, niño. Y su favorita, que solo la soltaba cuando se encontraba entre hombres: ¡madre mía, la niña que acaba de pasar! Única vez que el apelativo se refería realmente a alguien menor de veinte años. De hecho, entre nosotros comentábamos que venía probablemente al calor de las muchas chicas guapas que frecuentaban el local. Un poco viejo verde. Un poco personaje turbio y de fondo oscuro. Un poco vampiro.

Café bar Gautxori, Vitoria. Hacia 1920.

Por aquel entonces las mañanas eran de un grupito de chavales que venían en el recreo del instituto a desayunar. Normalmente, después se quedaban un par de horas más y se marchaban antes de comer. Los sofás del fondo eran su zona. Se apoltronaban cinco, siete, diez amigos y amigas, sin mezclarse, y se hacían bromas, se contaban historias, jugueteaban los unos con los otros, con complicidad, pero con una cierta distancia. No bebían alcohol, pero algunos sí que fumaban. Y si había algo bueno que había traído la ley antitabaco, según comentaba todo el mundo, era que, al tener que salir a la calle, te juntabas a otros fumadores, en una especie de hermandad del vicio que propiciaba el intercambio de mecheros, papelillos y, a menudo, el inicio de una conversación. Por lo que no era raro encontrarse los grupos más heterogéneos de personas que, de no haber mediado la ley, jamás se hubiesen formado. Eso sí que se le agradecía al gobierno. Gentes que en condiciones normales no se hubiesen acercado a hablar contigo, ahora podían hacer esperar un rato largo a sus amigos por fumarse dos y hasta tres cigarros seguidos con su hermandad, siempre y cuando la conversación fuese animada. Digamos que la vida social se había ensanchado de repente y la mayor parte de los fumadores estaba de acuerdo en que nunca antes habían conocido a tantas personas como a partir de la prohibición. Y eso, en una ciudad seca y desconfiada como esta, en la que todos estábamos acostumbrados a no salir del grupito de amigos de toda la vida, se notaba. Algunos también lo agradecieron. Quién sabe cuántas parejas empezaron su historia de amor debido precisamente a esas salidas a la calle. 

–Como mínimo –sentenció Teo– las mismas que las que se han roto, por lo que siempre habrá un número igual de detractores del vicio que de defensores.

Evidentemente, él se encontraba entre sus propagandistas más acérrimos. Especialmente, desde que dos de las chavalas del grupito de la mañana comenzaron a salir a la puerta. En cuanto sacaban sus cigarrillos, el hombre se apresuraba a darles fuego con su flamante mechero plateado. Ellas le respondían con una risilla entre avergonzada y autosuficiente, y continuaban a lo suyo. Se notaba que no llevaban mucho tiempo fumando. La mano rígida y la forma cuidadosa, algo precipitada, de echar el humo las delataba, muy lejos de la naturalidad de esas caladas profundas y distraídas de los viciosos contumaces y experimentados como Teo. 

Sin embargo, un día, las palabras de ellas se cruzaron con las sentencias de él. Las risas, soltadas en paralelo, acabaron por confluir y las miradas de Teo dieron resultado. Una de ellas fue entrando poco a poco en su charla. Y así comenzaron a conocerse. No tendría más de dieciocho años. Aquella primera mañana estuvieron horas allí fuera. Los amigos de Lucía, como se llamaba ella, se marcharon como siempre a casa. Carmen, Luis, Helena, todos los colegas que solían venir a medio día también se fueron. Pero ellos siguieron hablando, entre risas, sonrojos y tabaco hasta bien entrada la tarde. Yo los miraba de vez en cuando y me sorprendía, sinceramente, que tuvieran tanto de que hablar y no se cansaran el uno del otro. Porque cualquiera podría pensar que a él le había tocado la lotería. Siendo ya mayor, tener la oportunidad de disfrutar de la compañía de alguien tan joven era sin duda algo excepcional y agradable. Pero también ella habría podido colmar sus fantasías por el mismo motivo. Sin embargo, en cualquiera de los dos casos, en el mundo real, lo normal, era que una cosa así no cuajara. Más bien solía pasar que después de un rato de tonteo te acabaras cansando, porque una cosa era fantasear con enrollarte con alguien más joven y otra, estar de verdad con una persona a la que casi sacas cuarenta años. Yo los miraba y me venía todo el tiempo a la cabeza esa canción: «you are in a different Road, I’m in the milky way, you’re from the 70’s, but I’m a 90’s bitch». De modo que cuando los sorprendí encandilados, jugueteando primero con las manos, para marcharse finalmente cogidos de la cintura, se me puso el corazón contento. 

No volví a ver a ninguno de los dos por el bar. Me imaginé que necesitaban un margen para no sentirse azorados, aunque jamás habría hecho la más mínima mención. Como si no hubiese pasado nada. Parte de lo que se esperaba de mí consistía en ser discreto. De hecho, incluso guardé silencio entre mis compañeros, a pesar de que aquello podría haber sido considerado el gran cotilleo del año.

Sin embargo, tiempo después, cuando ya casi lo había olvidado, en un cambio de turno, Laura me soltó atropelladamente y con cierta exaltación:

—¿A que no sabes qué ha pasado hoy?  

—Ni idea.

—Que Teo y Lucía se han liado.

Seguí callado y puse cara de sorpresa. Laura fue más allá:

—¡En los baños!

Fue entonces cuando comprendí esa idea de Barthes de que únicamente descifrando el significado de los lugares comunes del amor, estaríamos en condiciones hoy día, no ya de construir un discurso, sino de fundar una nueva poética erótica ajustada al ser humano actual. Nuestros baños eran de lo peor que podía encontrarse uno en los alrededores. Situados en el sótano, su oscuridad y humedad solo eran compensadas por la calidez de unas lucecitas de navidad que pendían de la puerta todo el año. Una escena inglesa de caza se podía admirar sobre los urinarios, y en el lavabo de chicas, un busto de la virgen de Regla bendecía los retoques de rímel y carmín. Las puertas de los váteres, además de no cerrar del todo, dejaban sendos huecos arriba y abajo, y un foco casi penitenciario caía a plomo sobre el incauto que exigiera más intimidad, de modo que se podía oír y entrever todo desde fuera, pues una sombra cenital asomaba por el suelo más definida de lo esperable. Sinceramente, me costaba imaginar un encuentro amoroso en aquella mazmorra. Cuando le insistí a Laura para que me diera algún detalle, qué había hecho ella o si les había dicho algo después, puso cara de estar asqueada.

–Te juro que ha sido suficiente por hoy.

Y me dejó con la palabra en la boca. Se marchó encendiéndose un cigarro sin esperar a salir del bar.

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