Cuento de Navidad (V)

Cuentos del Café Maravillas –

Mientras entraban juntos al bar, Ricardo le preguntó a Esther dónde estaba el cactus que el año anterior había adornado la ventana y sirvió como árbol de Navidad, bueno, le aclaró, más bien como cactus de Navidad, porque era altísimo. Le había parecido una genialidad que aprovecharan el hecho de que en vacaciones volvían todos a la ciudad para montar una fiesta, con champán y todo, invitando a la gente a que colgara los adornos que quisiera. Pero Esther no tenía ni idea de lo que había pasado. Creía que se había muerto o tal vez se lo habían llevado de allí. 

–Mejor así –dijo–, era un monstruo del desierto. 

A ella le inquietaba eso de sentarse en un bar junto a una cosa con pinchos gigantes. Había estado muy bien lo de la fiesta de los emigrados, pero ya. Un detalle bonito que en realidad le había dado repelús.

–Pues yo creo que le daba un poco de magia –dijo Ricardo.

Esther lo miró con gesto burlón. Se quitó el abrigo y se acodó en la barra. Pidió un cortado y un té americano con ron.

–¿Desde cuándo te gusta la Navidad?

–En mi casa se pone el belén de toda la vida.

Esther no pudo disimular su sorpresa. Jamás había tenido a Ricardo por un fan de esas fiestas.

–¿Y también en Berlín? 

Con una media sonrisa esbozada en los labios, esperaba que la respuesta fuese una broma. Pero él asintió con firmeza mientras cogía su café y se dirigía a los sofás del escenario.

Taberna de Sevilla, autor y fechas desconocidas.

Volvía de año en año y tenía su ritual de citas. Quedaba con los amigos de la uni, salía otro día con los del barrio, veía a sus excompañeros del restaurante donde había trabajado los últimos tiempos antes de marcharse y quedaba con Esther un par de tardes. Así cada Navidad. Le gustaba ir a los bares y coincidir con la gente, con un montón de conocidos que también volvían. Era una tradición ese reencuentro. Una manera de descansar. Sin embargo, del mismo modo, se reservaba un par de días para visitar belenes. 

–¿Pero qué dices? –Esther le propinó un empujoncito, como para sacudirle de encima lo que ella consideraba tonterías.

Ricardo sacó el móvil. Buscó entre las fotos y, poniéndole la pantalla delante de los ojos, le mostró una imagen en la que aparecían los Reyes magos. La chica soltó una carcajada. Observó con detenimiento. En una maqueta de, al menos, un metro de largo, con arena, vegetación, casas y todo tipo de detalles, las tres figuras formaban en perspectiva, con un juego de luces y sombras que le daba mucho realismo a la escena.

–No tenía ni idea de que te flipara tanto todo esto. 

Ricardo se soltó.

–¿A que mola? –empezó a pasar fotos con el dedo– Este año lo he ambientado en la Selva negra –le puso un vídeo que había grabado desde la perspectiva de las figuritas–. Me fui con unos amigos a una casa en el campo y me vino la idea. El sonido lo grabé allí –se oía agua, cantos de pájaros, un bosque de verdad.

Esther soltó una exclamación. Cada vez tenía más la sensación de que su amigo le estaba tomando el pelo. Nunca le había oído hablar de belenes ni nada por el estilo. Se conocían desde hacía veinte años, o como solía apostillar ella, desde los quince. Habían pasado mil historias, fueron juntos a la facultad, se llevaban bien con sus respectivos padres, sin embargo, Ricardo nunca le había contado lo más mínimo de aquella afición. Se lo había reservado para él. Ni una palabra.

–Eres un friki de los belenes. 

Por las palabras de Esther asomó un leve tono de reproche. Ricardo se irguió en su sillón.

–Pero vamos a ver, es una cosa normal, ¿no? Todo el mundo pone belén o árbol. De pequeño me encantaba hacer dioramas de guerra.

–Primera noticia que tengo –le recriminó ella.

–Tenía mi cuarto lleno de maquetas.

Esther se recostó en el sillón y puso cara de no entender.

–¿Qué no entiendes?

Le dio un sorbo al té. Sintió cómo el calor se le subía a las mejillas. Titubeó.

–A ti.

Abriendo los brazos, Ricardo se inclinó hacia adelante pidiéndole explicaciones. Hacía un año que no se veían. ¿No tenían nada mejor que decirse? Él, desde luego, traía buenas noticias. Su vida había dado un giro los últimos meses. En la empresa le habían ofrecido un puesto más alto, un contrato indefinido. Ella torció el gesto.

–¿En serio te parece tan grave? 

–Pues sí –respondió sin dudar.

Visiblemente contrariado, Ricardo se dejó caer sobre el respaldo del sillón. Echó un vistazo a su alrededor. Le encantaba aquel sitio. Se divisaba todo el local desde allí arriba. Miró a su amiga, que sostenía el plato y la taza en la mano, con un gesto tenso. Parecía esperar una respuesta. Vio que en la ventana donde antes había estado el cactus, ahora extendía sus hojas un cafeto. En la mesa que había debajo, un señor mayor, de más de cincuenta años, un tipo de esos que parecen un caballero de otra época, flirteaba con una chavalilla de no más de veinte, y en la barra, una chica trabajaba con su portátil. Ricardo intentó cambiar de tema.

–¿No te has planteado nunca retomar lo de irte a Inglaterra?

–Sabes que mi madre está sola –respondió Esther secamente.

Ricardo puso su mejor tono conciliador, aunque comprendía cada vez menos de qué iba todo aquello.

–¿Y qué tal está?

Esther se aceleró.

–Teniendo en cuenta que lo de mi padre fue hace un año, mal, ¿cómo esperas que esté?

Incorporándose de nuevo en el asiento, el chico le hizo un gesto con las manos para que parase. Sentía que iban directos a un precipicio. Si ella tenía algo que decirle, lo mejor era que se lo dijese ya. Nada de aquella conversación tenía sentido. Él pensaba que habían quedado para ponerse al día con sus vidas. Pero algo había tenido que suceder. Nada que ver con los belenes. Estaba claro que ella no estaba bien y prefería que se lo contara en ese instante. Eran amigos, ¿o no? ¿Acaso no tenían la suficiente confianza?

Esther explotó.

–Cuéntame tú qué te ocurre. Porque aquí el desaparecido eres tú. Tú te marchaste hace seis años. Tú eres el que se esfuma cada dos de enero hasta el año siguiente. Y encima, ahora resulta que ni siquiera eres quien creía conocer.

Ricardo se quedó en silencio. Apurando el café, le sobrevino esa especie de nostalgia por adelantado que le embargaba siempre al tercer o cuarto día de su visita. Pensó en los momentos futuros en los que se encontraría en Berlín echando de menos a su amiga, a su familia o incluso el bar. Su vida consistía en un cúmulo de contradicciones. Aquí no tenía futuro, sin embargo era donde el cuerpo le pedía estar. Allí le iba muy bien, pero no terminaba de cuajar. Incluso a Lena, su novia, la veía, más que como un amor, como una oportunidad para arraigarse, cosa que jamás le había contado a Esther. Miró a su amiga fijamente a los ojos. Ella le sostuvo la mirada un segundo. Uno de esos segundos donde el corazón parece saltar y acompasarse repentinamente al corazón de otro. Ese largo y único segundo.

–Creo que el frío alemán me está endureciendo –fue lo único que él tuvo valor de decir.

Ella asintió en silencio. Le puso la mano en el hombro. Entonces, Ricardo notó su perfume. Un dulzor picante mezclado con el calor de su cuerpo.

–Antes de irme te llevo a ver un belén.

Mientras se le escapaba una sonrisa, Esther movió la cabeza en señal de desaprobación. Le dio unas palmaditas y se levantó a pedir dos copas de champán, por los viejos tiempos. 

Al acercarse a esa parte de la barra vio que había varias plantas decoradas con espumillón y bolas de Navidad. Entre los maceteros, destacaba uno pequeñito de cristal. Un fino y carnoso tallo en forma de prisma triangular, verde oscuro, y salpicado de pinchos, se erguía unos cinco centímetros. Acercó la mano despacio. 

–¡Puto cactus!

Un latigazo incandescente le recorrió el brazo. El picotazo, más fuerte de lo esperado, le había dejado el dedo enrojecido.

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