Cumpleaños (IV)

Cuentos del Café Maravillas –

¡Hasta el moño me tiene este hombre ya!

Mientras decía esto, Carmen se acercó a la barra, soltó de un golpe su bolso y me hizo un gesto para que le pusiera una caña. Parecía una mujer muy tranquila. Nunca la había visto perder los estribos o levantar la voz. Su pelo larguísimo, siempre rigurosamente peinado, así como su aspecto arreglado al milímetro, le conferían una apariencia dura, lo cual hacía que su belleza fuera aún más atractiva. Pero en cuanto hablabas con ella un rato, te dabas cuenta de que era una buenaza. Se veía que era incapaz de tener un mal gesto con alguien.

Volvía del cumpleaños de su mejor amiga y, por lo que contaba, había sido un auténtico calvario. Hacía tres semanas que la había invitado y un mes que no se veían, así que, en cierto modo, cogió la celebración con ganas. Cuando llegó, fue saludando uno a uno a todos los asistentes. A algunos los conocía desde hacía mucho tiempo, mientras que con otros había coincidido un par de veces en otras reuniones. Se dirigió de la entrada a la cocina y de ahí al salón y, de repente, al llegar al comedor, sin previo aviso, se encontró con Herme.

—¿Y quién es Herme? –dije.

—¡Mi exmarido! ¡El hombre de la sonrisa perfecta!

Bar en la calle Vitoria, Burgos, hacia 1936. Autor desconocido.

Al parecer, Carmen y Herme habían tenido una intachable relación de doce años, periodo durante el cual fueron la envidia de su círculo más cercano, principalmente, debido a las grandes cualidades del hombre, es decir, que era un marido ordenado, limpiaba la casa a diario, se mostraba a menudo de buen humor, nunca llevaba la contraria, cocinaba bien, tenía un gran trabajo con mucho dinero y estaba constantemente dispuesto a dar gusto a quien tuviese a su alrededor, ya fuera su mujer, unos conocidos o su suegra. Todo era esplendoroso en su convivencia y el día a día resultaba tan perfecto que, a Carmen, lentamente, aquello empezó a parecerle vacío. Demasiado cuadriculado. Un tanto falso. Por lo que después de caer en el más oscuro aburrimiento acabó por dejarlo y se divorciaron. Digamos que su amor lo mató un exceso de cumplimiento de las expectativas. Aun así, incluso la separación fue modélica y no hubo ni una sola discusión, cosa que a ella terminó por enfadarle de verdad, pues hasta tal punto Herme no tenía sangre en las venas. 

Sin embargo, a pesar de encarnar, al menos en apariencia, todas las virtudes que se le puedan atribuir a un ser humano civilizado, el aburrimiento de ella fue dando paso durante los años de relación modélica a un deprimente sentimiento de anulación, debido a esa especie de aura de santidad que emanaba su marido. Si Luís XIV reafirmaba su personal actitud autoritaria con la expresión «L’Etat c’est moi», Herme, en un intento de superación de la dualidad de todo amor, soltaba, de vez en cuando, a modo de chiste: Quien cocina soy yo, que soy muy feminista. Y tal vez no se daba cuenta de que, además de ser falso, estaba desposeyendo a su mujer de uno de los reconocimientos que siempre le habían hecho sus amigos. Desde los tiempos de estudiante le decían a Carmen que tenía un sexto sentido culinario. De hecho, un día confesó que estuvo a punto de estudiar cocina en lugar de ingeniería, porque su sueño era montarse un localito en Formentera. Y es que, si daban una cena para amigos, aunque hubiese sido ella la artífice del menú, era él quien buscaba los halagos. En las conversaciones era él quien dirigía continuamente el tema, la interrumpía con frecuencia para matizar la anécdota o mejorarla en términos narrativos, como decía él, y hasta llegaba a explicar como propias las reflexiones que le había hecho Carmen en la intimidad. Por eso, lentamente y con el correr de los años, la mujer se había ido percatando de cómo su marido se apropiaba o, más bien, le expropiaba todo cuanto hubiese sido suyo.

Ahora, tras cinco años de divorcio, la situación seguía igual. El tipo se había comprado una casa enfrente de los padres de ella y, como siempre se habían llevado muy bien, no era extraño encontrárselo los domingos comiendo con ellos, para sorpresa y desgracia de Carmen, o apareciendo en las reuniones de los amigos de ella con caras botellas de cava o alguna exquisitez de alta cocina, como precisamente había sucedido ese día en el cumpleaños.

Por eso, la mujer venía siempre sola al bar. Era uno de los escasos lugares que su ex no conocía. Se sentía tan aliviada que después le costaba marcharse. Estaba en su último reducto de intimidad. Incluso, se había hecho su propio grupo de amigos y ya formaba parte de nuestra camarilla cada vez que ocupábamos el escalón de la entrada.

–¿Y no te da miedo que te acose? –le pregunté yo, ofreciéndole un cigarrillo para salir a fumar.

–Uy, qué va –dijo mientras me aceptaba la invitación–. ¡Qué más quisiera él! Si no vale ni para eso…

Aún así, cogió su móvil y vi cómo desactivaba la ubicación.

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