El chico del facebook (III)

Cuentos del Café Maravillas –

El chico Pearl Jam entraba casi todos los días en el bar a eso de las diez de la mañana. Se pedía un desayuno, se sentaba en una mesa, sacaba el móvil y empezaba a escribir. Lo llamábamos así por su media melena despeinada, con un aire noventero como el del grupo de música de Seattle. Pasaba una media hora con los restos del café, pegado a su pantalla, con cara de esforzarse en lo que fuera que estuviese haciendo y luego se marchaba a toda velocidad, normalmente con una sonrisita de satisfacción. Seguramente fuese su pausa del desayuno, pero no tenía ni idea de a qué se dedicaba. 

Un día apareció Raquel cuando el chico estaba allí.

—¡Coño! ¡Mira este! –exclamó con ironía.

—¿Quién?

Y señaló disimuladamente hacia la mesa donde estaba el otro tecleando sin parar en su móvil.

—¿El chico Pearl Jam? –dije.

Raquel no pudo contener una carcajada que duró más de lo normal y sonó tan fuerte que un grupito de mujeres cercano a nosotros nos miró con cierta censura.

—Tiene un aire, ¿verdad?

—Es que –soltó Raquel a duras penas–, ¿sabes cómo se llama en Facebook? –e interrumpiéndose de nuevo por un ataque de risa, consiguió articular– ¡Eddy Sin Más!

Tampoco pude yo aguantar la carcajada. Intenté disimularla volviéndome de espaldas hacia la máquina del café. Las redes sociales, esa espacie de patio de cotillas virtual, confirmaban la sospecha que me llevó un día a ponerle ese mote: el parecido con el cantante del grupo no consistía únicamente en una cuestión azarosa, acentuada tal vez por un cierto estilo generacional de la ropa, fruto de haberse quedado anclado en una edad, sino que se trataba de un parecido consciente y pretendido, un caso de idolatría en toda regla.

Raquel giró la cabeza hacia él y le saludó escuetamente mientras Eddy se levantaba y recogía sus cosas. En cuanto se marchó, mi amiga empezó a contarme. Se conocían principalmente de vista, de haber coincidido en algunas fiestas y tener algunos conocidos en común. Habían hablado un par de veces, no más, y no le había parecido ni especialmente amable ni simpático. Más bien, parco en palabras, y con la típica sequedad de la tierra, una de esas personas que prefiere hacer como que no te conoce si te encuentra en un lugar imprevisto, fuera de ese ambiente de amigos comunes. Sin embargo, la cosa cambiaba en internet. Y cómo. Al parecer, el chico se tomaba muy en serio su imagen. Se había construido todo un personaje en las redes sociales. Estaba a punto de llegar a los cinco mil seguidores y se escribía tres o cuatro entradas al día. Recibía cientos de «megustas» y decenas de comentarios que atendía sin excepción. Por lo visto, este era uno de los secretos de su dudable éxito: estar pendiente todo el rato de responder a las bobadas que le escribía la gente. Porque eso era lo que se premiaba, que fueras una persona activa en redes, me contó Raquel. Es decir, el chico solía ir solo o, al menos, no se le veía con grupos de amigos. Incluso en las fiestas en las que habían coincidido parecía ir picando de un grupito a otro. Pero en el panóptico virtual era una estrella que brillaba con una cierta intensidad, alguien que se jactaba, incluso, de no pedir amistad a la gente, advirtiendo que si alguno recibía una solicitud suya era porque posiblemente le hubiesen hackeado el perfil. Y lo anunciaba en su muro para que sus seguidores lo leyeran. Lo más alucinante de todo es que la gente lo compartía y no hacían más que llegarle nuevas solicitudes de amistad. 

Café Comercial en Madrid
Café Comercial, Madrid. Hacia principios del siglo XX, autor desconocido.

Eddy no se dedicaba simplemente a colgar un enlace, no, ni siquiera a poner noticias esperpénticas o absurdas, siguiendo la moda friki del momento, sino que sus entradas eran toda una obra de arte de la falsedad, la corrección política y el postureo. Un día, había publicado algo así como un elogio de la vida en los barrios pobres. Trataba la idea de vecindad como una especie de salvaguarda contra la mercantilización de la vida y la cosificación de las relaciones personales, pues le gustaba escribir así, con un toque de intelectual de izquierdas comprometido. Se expresaba totalmente categórico, sin olvidar ni un solo lugar común. Las tapas de barrio eran lo mejor. El panadero, el de toda la vida. La ferretería de la esquina, de esos lugares donde encontrar de todo. Saludarse con la vecina del portal de enfrente, algo que había que rescatar. Comprar el periódico todos los domingos donde Manolo, un lujo. Sin embargo, lo que no sabía casi nadie, y él no contaba, era que realmente vivía en el centro, en una zona bien cuidada, en un piso antiguo de sus padres. Y si alguien le dejaba un comentario desvelándolo, rápidamente salía él defendiendo que también el centro era un barrio y que reivindicar todo aquello allí era casi un acto revolucionario, teniendo en cuenta la progresiva conversión de las ciudades en centros comerciales, etc. Otro día, coincidiendo con la publicación de una estadística que afirmaba que el cuarenta por ciento de la gente no tenía dinero para irse de vacaciones, sacó una entrada en la que contaba que se había ido unos días de camping. Lo decía como si hubiera realizado un sacrificio terrible, con su tienda y su cocinilla Quechua, pues aquello era un derecho de la gente humilde que muchos ahora no podían ejercer, y por eso lo hacía de mala gana, a la fuerza, venía a decir entre líneas, puesto que él sí se lo podía permitir, pero no quería parecer un privilegiado. Obviamente, nada decía de que era profesor funcionario, ni de sus festivos cada dos por tres. Esos detalles se los callaba discretamente para no estropear el personaje. De manera que se mostraba como una especie de héroe de la clase trabajadora, un Working Class Heroe, lo llamaba Raquel. Pero luego, el tío había estado en Sri Lanka, en Japón, en Thailandia y era de los que se iba un fin de semana a las islas Madeira. Aunque de esos viajes tampoco publicaba nada en su Facebook. Pero, sin duda, lo mejor era cuando te hablaba de personajes más o menos conocidos. Lo hacía siempre como si se tratase de una vieja y sólida amistad, aunque realmente no habían sido más que coincidencias peregrinas. Así, el cantante de Los Planetas era un colega de gremio con el que había compartido escenario y César Rendueles, ese chaval del barrio con el que había pasado tantas horas jugando al futbolín. Pero lo único que le unía al músico era haberlo visto en uno de sus primeros conciertos en una sala de Granada donde, supuestamente, se tomó una cerveza con él. Mientras que la relación con el segundo era todavía más ficticia, ya que se reducía a una anécdota que le había contado su primo, quien conocía a una exnovia del tal Rendueles de los tiempos del colegio, que decía que jugaba mucho al futbolín. 

Todo lo que elaboraba para su personaje tenía, en el fondo, un aire como de querer quedar bien con el mundo, es decir, sin entrar nunca en el fondo de las cosas, sin llegar a posicionarse con nada claramente, excepto con los temas o las opiniones más neutras y tópicas. Nunca quería polemizar. Si alguien le llevaba la contraria, intentaba justificar algún argumento que le acercase a él, pareciendo, incluso en ocasiones, como si en realidad siempre hubiese tenido la opinión del otro. Pero si llegaba otra persona a reafirmarle en su comentario con una felicitación vehemente, Eddy saltaba rápidamente a explicitar que con sus palabras había creído dar en el blanco del sentir general de la gente, lo cual enervaba de verdad a Raquel. A ella le jodía soberanamente esa falta de integridad. Le parecía un gigantesco ejercicio camaleónico de postureo. Basura narcisista, dijo zanjando su relato.

Después de todo aquello, no pude dejar de sugerirle que mirásemos si había publicado algo ese día. Raquel sacó el móvil y se fue a su perfil. Allí estaba. Una nueva entrada publicada hacía solo diez minutos ¡y con setenta interacciones ya! Con cara de sorpresa y una mueca burlona, se retiró un poco de la barra, ocultando el móvil como preservando una supuesta privacidad.

—¿Qué pasa? —le dije.

—Vas a flipar. ¡Está hablando del bar!

Por segunda vez aquella mañana nuestras carcajadas atrajeron la mirada indignada de otros clientes. A Raquel casi se le saltaron las lágrimas. Según Eddy, yo era uno de los imprescindibles de la ciudad, un tipo con el que se podía salir de cañas y hablar de series al tiempo que analizar el último libro de Byung-Chul Han. Tremendo. Hablaba de mí, que jamás había cruzado con él más palabras que las indispensables para servirle el desayuno y cobrarle. ¿Se podía tener más cara? Pero tenía su gracia, aunque te sintieras utilizado para vanagloria de otros. No me disgustó del todo verme a mí mismo como un personaje, tener la posibilidad de observar el reflejo con el que una persona te ve. Esa imagen que de alguna manera uno emana sin darse cuenta y que los otros interpretan como les da la gana. Realmente, uno no tiene muchas oportunidades para verse dibujado así. Por eso, me pareció interesante. Le hice una captura a la entrada y me la guardé en mi móvil. Ya tenía yo también mi personaje. Y eso sin tener ni puta idea de quién era el chino ese a quien supuestamente había leído.

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