«Ser» o «estar» (II)

Cuentos del Café Maravillas –

Esta es la barra con más metros de la ciudad –dijo Teo una noche. 

Por lo visto, según contó, uno de los anteriores dueños había montado allí un bar de copas, uno de esos sitios horteras, repleto de botellas de chupitos de colores, decorado con muebles de esa madera que hay en los apartamentos de playa, motivos góticos de hierro forjado, focos verdes y música que abarcaba desde Paulina Rubio hasta Carlos Vives. Lo había llamado el Lancelot. Según su teoría, cuantos más metros de barra hubiese, más volumen de copas podría servirse y más caja se haría al cabo de una noche. El dueño se había hecho conocido en la ciudad por ser una suerte de Henry Ford de los bares. Su cadena de montaje estaba pensada al milímetro para ofrecer a los clientes el pedo más rápido y barato de la zona. Entrar, beber y marchar: un contundente pelotazo en tres fases. De modo que a fuerza de tratar a los parroquianos como máquinas tragalcoholes, aquel tipo, según contó Teo, consiguió hacerse en poco tiempo con una buena fortuna. Todo un esfuerzo de innovación en el consuetudinario oficio del tabernero. 

De hecho, no fue el único. Eran los años en los que una inversión segura consistía en comprarse un piso y montar un bar. Mientras la gente mejor preparada huía de la ciudad, este tipo de innovaciones eran las más comunes y creativas. De ahí que los próceres de nuestra tierra, el orgullo de sus conciudadanos, los grandes ejemplos empresariales, fuesen todos hosteleros y si no, constructores.

En cualquier caso, a pesar de haber transcurrido ya algunos años de aquello, yo continuaba sufriendo las consecuencias de tales innovaciones fordistas. La inmensidad de la barra hacía que, sin duda, algunos días recorriese uno o dos kilómetros durante mi jornada. 

–Así haces un poco de ejercicio –decía Esther bromeando.

Un día, con el bar medio vacío, estaba leyendo en la barra para matar el aburrimiento, cuando entró Herme. Hizo primero su habitual recorrido fisgando por las mesas arriba y abajo, como buscando a alguien, para acercarse después con su acostumbrado aire petulante. Se acodó junto al grifo de cerveza y me hizo un gesto con la mano para que le pusiera una caña sin por favor ni nada, mientras me clavaba sus ojos. Le serví sin mirarlo si quiera. 

–¿Este no era el…?

Sin dejarle acabar le dije que no.

–¿Pero cómo se llamaba?

No respondí. Cada vez que venía preguntaba lo mismo. Intenté seguir leyendo.

–¿No ha pasado hoy Carmen por aquí?

Negando con la cabeza, me levanté y me fui al otro extremo de la barra a colocar vajilla en el lavaplatos. No le iba a dar la más mínima oportunidad de molestarme. Los pocos momentos de tranquilidad que hay en un bar había que aprovecharlos. También lo solía hacer cuando alguien me daba coba y yo simplemente no estaba de humor.

Cafetería Risko, Valladolid. Hacia 1950. Autor desconocido.

Una de las cosas que tiene trabajar detrás de una barra es que a uno lo convierten, como por arte de magia, en una especie de psicólogo. Disponible en cualquier momento, todo el mundo tiene algo que contarte. Con discreción, claro, como si fueses el confesor de sus pecados. Pero no esperan de verdad que te involucres. Cualquier desconocido llega solo, se apoltrona en la barra y, a nada que te muestres ligeramente amable, te la empieza a echar. Sin piedad. Diez minutos sin pausa, mínimo. Sin importarle que estés trabajando, que debas atender a otras personas o que, simplemente, no tengas el menor interés en su vida. Y como la fama de la ciudad era que los camareros, en general, formaban parte de algo así como una casta de tipos bordes y desabridos que casi te escupían a la cara cuando les pedías algo, a los que tenías que venerar por haber desatendido un instante sus sagradas ocupaciones para concederte la gracia de servirte, con mayor razón se acercaba la gente a nuestro bar. Sabían que mis compañeros escuchaban, que yo daba siempre conversación. Seguramente por la inexperiencia, porque no habíamos tenido que aguantar aun a todos los pesados que acumulaba a sus espaldas el gremio entero de camareros durante siglos de borracheras. De modo que ninguno de los habituales se sorprendía cuando les seguíamos el hilo. Pero los nuevos, sin embargo, te miraban con recelo, probablemente convencidos de que ocultábamos intenciones raras. Herme había sido de los desconfiados que en seguida le cogieron el gusto a confesarse, y de ahí pasó rápidamente a sentar cátedra. Para él, estábamos obligados a escuchar, a hacer de terapeutas. No comprendía la diferencia entre los verbos ser y estar, tal y como se lo había intentado explicar una tarde. Le comenté que yo no contemplaba la relación comercial con la gente que venía al bar. Le dije que para mí se trataba de invitados, pues aquello era mi casa. No me sentía camarero. Igual que los años que estuve en una academia tampoco me sentí profesor, o en una tienda de ropa donde recalé unas semanas, vendedor. Ser camarero (o terapeuta, como quería él) era una atribución similar a la que hacíamos con las actividades liberales como abogado, arquitecto o médico. Le dábamos un matiz existencial a la profesión, le dije, y así parecía estar ligada sustancialmente, en lo más íntimo de uno, a los devenires de la vida, como si fuera una estrella que nos guía en la noche oscura de la personalidad. Siempre me imaginé lo curativo que debía ser, en medio de una crisis vital, poder decirse a uno mismo: soy médico. Y es cierto que uno también afirma que es cajero, por ejemplo, pero lo hace con la misma intención con la que algunas personas, aunque sean el chico de los recados, hablan en plural de la empresa en la que trabajan como si fuese suya, dejándose llevar por esa ficción del sistema según la cual tu jefe es tu mejor amigo y el negocio es también tu negocio, le expliqué. Por eso, ser, lo que se dice ser algo, yo no era nada. Era nadie. Trabajé de muchas cosas antes de coger el bar, me metí en muchas pieles diferentes. Estuve trabajando de guía turístico, de profe de español, de dependiente, de comercial de fotocopiadoras, de ayudante de cocina, de corrector. De hecho, a pesar de mi carrera, nunca desempeñé lo que se llama un empleo cualificado y la retahíla de contratos temporales por horas era tan larga y variada que los quince años que llevaba en el mundo laboral se reducían a tres de cotización. Ese era el auténtico sentido del verbo estar, le dije: tomar cada instante como si fuera el último, involucrarme personalmente en lo que hacía, pero con un desapego hacia los valores del trabajo que me servía como antídoto contra las esperanzas frustradas y la precariedad, pues era solo eso, trabajo, y no tenía la necesidad de guardar las apariencias. De modo que hablaba con los clientes, continué explicándole, porque no los consideraba como tales y no había nada que jugarse, porque tenía la sensación de que todo no era más que una zanahoria eternamente inalcanzable que nos habían puesto delante para continuar dando vueltas a la rueda. Estudiar una carrera. Ser un hombre de provecho. Tener un trabajo. Fundar una familia. Todo eran zanahorias. Nada te aseguraba conquistar ese mundo tranquilo, feliz y abundante que nos habían pintado. Y ante ese despertar al mundo real, más canalla y caníbal, la opción casi impuesta fue no creer más, volverme un ateo del sistema, le dije. Pero Herme no lo entendió. Funcionario de la seguridad social, superaba los veinticinco años de servicio. Una distancia insalvable entre él y yo. Una diferencia que no solo era por la edad, ni tan siquiera porque él se sentara al otro lado de la barra, sino porque era un fervoroso creyente. Un romero de la virgen del capitalismo. Un devoto Manolo poniendo velas a la sacrosanta libertad de oportunidades. Pero sentado en su sillón. Por eso, aquella fue la última vez que le di conversación. Más que nada porque siempre interrumpía y ya me había cansado de sus aires arrogantes de quien cree llevar siempre la razón.

Ante ese despertar al mundo real, más canalla y caníbal, la opción casi impuesta fue no creer más, volverme un ateo del sistema

Por eso, yo seguía a lo mío haciendo como que colocaba vajilla. Pero después de un rato largo de silencio, Herme se bajó del taburete, agarró su caña y se acercó hasta mí.

–¡El Lancelot! ¡Era el Lancelot!

Levanté la vista del fregadero.

–Me encantaba este sitio cuando era el Lancelot –continuó–. Veníamos aquí los viernes, quedábamos con los amigos de la facultad.

Por un instante, su rostro pareció destensarse y perder las arrugas de la frente. No sé si fue la luz tenue o un gesto suyo, una sonrisa torcida, levemente burlona, pero lo vi totalmente rejuvenecido. Me miró como si se le hubiese escapado un secreto.

–Tú eras demasiado pequeño.

Cerré el grifo, me sequé las manos y me fui al otro extremo a quitarle el polvo a las botellas.

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