La fiesta era yo (I)

Cuentos del café Maravillas –

Un bar siempre ha contado con varias ventajas en nuestra cultura. La primera es que, indudablemente, representa un espacio fundamental de nuestras vidas. ¿Quién no se dio sus primeros besos, una vez pasada la euforia del parque y con la llegada de los fríos del otoño, en un sillón un poco escondido de una cafetería? El bar y sus pobladores, sus conversaciones, los rituales de acercamiento entre personas, han sido una parte indispensable de nuestra educación sentimental y de nuestra manera de ver el mundo. Eso es lo que, tal vez, haya hecho que la hostelería se percibiera siempre como una actividad asequible en términos empresariales, cercana, practicable por parte de cualquiera. Todo el mundo podría abrir un bar en un momento dado. Como si no se requiriera más conocimiento que el de cualquier persona haciendo de anfitrión en su casa. Y aquí está la segunda ventaja, su familiaridad y transversalidad. ¿Qué joven de hoy en día no ha hecho alguna vez de camarero, de ayudante de cocina o de relaciones públicas de un local, en verano para sacarse un extra o los fines de semana para costearse parte de sus gastos? En el país del mayor número de bares por habitante de todo el mundo, da igual la ideología que se tenga, el aterrizaje en el mundo del trabajo es tan precario que entre las familias de clase media ha habido habitualmente algún hijo destinado a tener un empleo en hostelería. Por último, la tercera ventaja es la aparente inmediatez del retorno económico de la inversión. La idea de que, incluso en medio de una crisis, la cervecita es lo último que se va a quitar la gente. Eso tan culturalmente nuestro de que podrá irte fatal, pero que nadie te arrebate esos ratitos de evasión en los que, acodado a una barra, charlas de lo divino y de lo humano, arreglas el mundo o te cagas en él. ¿A quién no le habían contado una de esas historias donde un amigo montaba un bar con nada y le iba tan bien que tenía que guardar el dinero en cajas de zapatos debajo de la cama? 

Café l’Opera en Barcelona. Hacia 1950. Autor desconocido.

A mí, desde luego, me pareció que era una buena opción cuando un conocido me comentó que un local se quedaba libre. Eran los años centrales de la crisis, después de haber sido despedido de mi trabajo, y decidí que había que probar suerte montando mi propio negocio. Hacerme autónomo. El súmmum de la libertad y la autorrealización, según decían. Así, que sin saber muy bien a qué dedicarme y tras haber ideado varios proyectos que, en general, podrían ser muy bonitos, muy culturales y muy filantrópicos, pero escasamente rentables, cuando me dijeron lo del bar, no me pareció tan mala idea. 

Recuerdo que una amiga dijo, tío podríamos abrir El Círculo Polar, y entre el grupo se produjo una especie de deflagración de risas. Ese era el nombre con el que muchas veces, en nuestros años universitarios, habíamos soñado con el bar ideal, ese que no existía en la ciudad, pero en el que te pondrían la mejor música, se organizarían las mejores fiestas y solo acudiría la gente más maja. Era evidente que la película de Julio Médem nos había impactado. Quizás, no tanto por la historia que narraba, sino por aquella luz pálida, azulada, de personajes predestinados en su soledad a buscarse eternamente, sin llegar a encontrarse más que fugazmente. Una especie de plenitud melancólica, esos días de un sol poniente estático que convertían el círculo polar en la metáfora perfecta de nuestras vidas. Aunque también había cierto consenso en que nos enamoraba Najwa Nimri. La actriz siempre aparecía en las listas de los diez mejores actores españoles cada vez que hablábamos del tema. Con su voz rota y enigmática que nos volvía locos a los chicos. De hecho, alguien también propuso que el local se llamara precisamente como ella, lo cual podría darle un cierto porte y un toque personal al negocio, según dijo. Porque la cuestión era que un bar debía consistir en algo más que una barra con bebidas. En eso estábamos de acuerdo. Tenía que ser un ambiente, un estado de ánimo. Incluso alguien apuntó que eran los auténticos centros culturales de nuestra época, los lugares donde se respiraba el sentido común con el que luego uno se enfrenta a la enésima putada de su jefe o se forma su opinión sobre el sexo de los ángeles.

Sin embargo, la cosa no fue tan fácil. Primero hubo que conseguir el dinero. Después, hacer algunos arreglos, negociar con los proveedores, diseñar la imagen, hacer la publicidad y un montón de cosas más que no supimos hasta que ya estábamos dentro. Afortunadamente, el local se conservaba casi perfecto en términos técnicos. Solo había que darle un poco de estilo con una decoración nueva y tirar mierda, mucha mierda, por lo que el gasto podríamos decir que fue nada, si lo comparamos con el dineral que suele invertir la gente en abrir un negocio. Un par de familiares aportaron algo en forma de préstamo. Los amigos se implicaron a cambio de cervezas e, incluso, convencimos a algunos conocidos para que hicieran un par de trabajitos a precio de colegas, y yo empleé mis exiguos ahorros. Aun así, para lo que eran nuestros bolsillos, nos pareció todo un capital. Y cundió una especie de entusiasmo entre todo el mundo que pasaba por allí. Uno arregló el cuadro de luces, otro limpió algo, otro llevó unas sillas. Hablaban como si también fuese su local.

Estaban curiosos por ver en qué se había convertido aquel local que anteriormente había sido un pub de mala muerte, donde básicamente se pasaba droga.

Gracias a esto, la cosa fue, en realidad, muy rápido y para cuando transcurrieron los quince días que empleamos en la mini reforma, todos estaban tan deseosos de abrir las puertas que ya le habían hablado a sus respectivos amigos del nuevo garito. El bar ya era famoso antes si quiera de haber servido su primera caña. Las expectativas eran tan grandes que hubo un momento en el que pensé que se nos estaba yendo de las manos. Pero llegó el día de la inauguración y todo fue mucho más exagerado de lo que habíamos imaginado. Antes de abrir ya había cola para entrar. Muchos conocidos se habían acercado para ver lo que estábamos preparando. Algunos, atraídos por la publicidad que habían visto en las redes sociales o que les habían hecho amigos comunes, se acercaron como olisqueando. Otros estaban curiosos por ver en qué se había convertido aquel local que anteriormente había sido un pub de mala muerte, donde básicamente se pasaba droga y organizaban fiestas para menores, y mucho antes, en los ochenta, había formado parte de los garitos más selectos de la movida de la ciudad. Así, que por un motivo u otro, todo el mundo tenía una excusa para hacernos una visita. Un par de amigas trajeron sus equipos para pinchar música, otro se puso a hacer cócteles especiales de bienvenida y poco a poco la cosa se fue calentando. Primero, un grupillo de chavales se puso a bailar junto a una de las ventanas, luego se les unieron unas chicas y cuando quisimos darnos cuenta, casi todo el mundo estaba moviéndose al mismo ritmo, de manera que, cuando de repente comenzó a sonar Got to give it up, de Marvin Gaye, hubo como un leve sobresalto generalizado seguido de una exclamación de alegría que recorrió todo el bar, desde la puerta hasta el fondo, poniéndonos a todos una sonrisilla en la boca que ya no nos pudimos quitar en toda la noche. Un señor de mediana edad, todo un caballero de la vieja escuela por su forma de vestir, con camisa, corbata, jersey y americana, que no hacía más que pedirse copas de verdejo, se subió a la butaca y comenzó a lanzar brindis a diestro y siniestro, al ritmo de la música y con cara de haber alcanzado la felicidad. En una esquina, dos chicas respondían al caballero bailando para él y lanzándole besos entre risas. A ninguno lo conocíamos y esa fue la prueba definitiva de que acabábamos de hacernos un hueco en la ciudad.

Agotamos toda la bebida, nos quedamos sin hielo, tuvimos que pedirle a la gente que se marchara porque media hora después de la hora de cierre, ya con la música apagada y las luces encendidas, todavía seguían allí con ganas de fiesta. Esa noche terminamos agotados. Nos fue tan bien que al día siguiente no pudimos abrir. No teníamos de nada.¿Quién podía haber imaginado con nuestra inexperiencia semejante éxito a la primera? De hecho, durante aquellas horas olvidé por completo la fatiga y las preocupaciones de los últimos meses, el trauma que me había supuesto el despido repentino de un trabajo que sentía vocacional. Me liberé de la angustia de no saber realmente qué iba a pasar con mi vida seis meses después, el descoloque mental que supone levantarse cada mañana con el objetivo de buscar trabajo, pero sin saber muy bien qué hacer una vez que ya has escrito a dos millones de ofertas y no te han contestado de ninguna. Sentí un cierto alivio. Mi padre me dijo que eso era así porque ahora tenía una ocupación. Laura, sin embargo, fue un poco más banal: ahora, el dueño de la fiesta eres tú, me soltó mientras se venía conmigo a casa a las cuatro de la mañana. 

A la semana y media, más o menos, ya me parecía haber sido camarero toda la vida. Controlaba a la perfección mis dominios. Pasaba tantas horas allí dentro que cada zona del local la concebía como un continente diferente y, si quería cambiar de humor o relajarme un rato, solo tenía que sentarme en un rincón donde no soliese pasar tiempo para sentirme casi como de vacaciones. Las mañanas, las tardes, las noches cada una tenía su propio ritmo, su luz, su clientela y su ánimo. Las horas no transcurrían pasados sesenta minutos, sino dependiendo de la compañía y de lo ocupado que estuviera. 

Todos los amigos que nos habían contado cómo era eso de ser autónomo, nos lo habían puesto tan mal que lo considerábamos un calvario burocrático innecesario.

El segundo sábado sucedió lo inesperado. Era más de medianoche y la cosa iba bien. El bar empezaba a estar lleno y la gente, muy animada, no hacía más que pedirse copas y cañas. Habíamos puesto la música a todo volumen y bajado las luces para dar un poco más de intimidad a aquellos intrépidos que quisieran bailar un rato. Estábamos dos en la barra y volábamos de un lado al otro con una coordinación tan precisa como la de una cadena de montaje. Entonces, un tipo nos hizo señales desde el otro extremo. Iba acompañado de una mujer y los dos resultaban absolutamente aburridos, como esas parejas que recorren la noche de bar en bar sin dirigirse la palabra, cada uno empleado en llevar hasta el final sus hábitos y sus manías, él con su copita de Carlos III y su purito, ella con su vasito de Ricard, compartiendo nada más que eso, el estar ahí, lo cual, tras treinta y cinco años de pareja, adquiere una grandeza y una dignidad heroicas, casi como de alegato revolucionario. Me acerqué y les pregunté qué querían. La mujer se abrió el abrigo, sacó un carné y dijo que eran inspectores de trabajo, querían hablar con el encargado, ver los contratos de todo el mundo. Debí de empalidecer, pues noté dos gotas de sudor deslizándose por mi cara. ¡Menuda parejita! Intentando parecer serio y tranquilo, les dije que no teníamos contrato, que éramos los dueños. Muy resuelta, la mujer me contestó que entonces tendríamos los papeles de la sociedad, el alta de autónomos, esas cosas. Pero no, aún no habíamos hecho el papeleo. En realidad, no sabíamos muy bien a dónde teníamos que ir ni qué teníamos que hacer. Todos los amigos que nos habían contado cómo era eso de ser autónomo, nos lo habían puesto tan mal que lo considerábamos un calvario burocrático innecesario. Y, al final, como premio, te tocaba pagar casi trescientos euros mensuales para nada, porque no tenías derecho a prácticamente nada. Además, daba lo mismo que fueras el puto Amancio Ortega o un camarero, al final podías pagar el mismo fijo cada mes. ¿Pero cómo hacerles entender esa sensación de estar en un filo, de no saber qué podía pasar con tu vida la semana después, al cabo de tres meses?  Les puse mi mejor cara de chico bueno y me excusé por no sacarles los papeles alegando que en ese instante no podía atenderles, que había demasiada gente y que podían pasarse en cualquier momento por la mañana. Aceptaron únicamente tras comprobar que abríamos no solo por las noches, como ellos tenían en su expediente. 

Pero al día siguiente no aparecieron. El lunes, aun con el miedo y algo de rabia en el cuerpo, fuimos corriendo a darnos de alta. Tras pasar las doce pruebas de Asterix ya éramos legales. Ahora la cosa sí que iba en serio. El resto de la semana estuvimos esperando a que llegaran los inspectores. Lo teníamos todo preparado. Incluso nos embargaba un cierto sentimiento de revancha. Queríamos que se personase ante nosotros la plana mayor del Ministerio, la policía entera si fuese necesario, para que viesen que ya lo teníamos todo en regla. Ensayamos un par de veces lo que les diríamos en el caso de que nos pidiesen explicaciones. Montamos guardias con turnos para no quedarnos nunca solos. Mantuvimos largas conversaciones con clientes y amigos dándole vueltas una y otra vez al asunto, como una forma de encontrar consuelo, pensando que la justicia divina tenía que existir, implorando no recibir ningún castigo. 

Al cabo de dos semanas ya se nos había olvidado el incidente cuando llegó el cartero con un certificado. El tipo era simpático y, como siempre, entró sonriente. Estaba Laura sola y, según nos contó, al principio no supo de qué podía tratarse. El episodio con los inspectores ya estaba tan lejos que ni siquiera se le pasó por la cabeza que podría llegarnos una notificación a esas alturas. Pero en cuanto vio el membrete de Hacienda, bajó la cabeza y se puso rígida. El cartero debió de darse cuenta y borró su sonrisa de inmediato. Era una multa por fraude fiscal y no sé qué cosas más. Trescientos euros. El equivalente a una cuota mensual de autónomo y un poco más. Medio pedido semanal de bebidas. No mucho, dijo Laura, menos mal. Pero era un terremoto considerable para la escala precaria en la que nos movíamos. Ese mismo fin de semana decidimos organizar una fiesta, «la fiesta del trabajo» la llamamos, pensando que igual así hacíamos un poco más de caja. 

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