La egolatría de las redes

A partir de una lectura de David Mamet –

Cartero del servicio postal de Puerto Rico, colección Frank y Frances Carpenter, hacia 1890.

La pandemia se ha convertido en uno de los acontecimientos más significativos para nosotros. Ha propiciado de manera generalizada la creación de relatos, desde las historias «conspiranoicas» como la creación del virus para controlarnos a todos, hasta aquella del médico que le pide matrimonio a su novia escribiéndolo en el EPI con el que trabaja en el hospital.

Dar estructura dramática, de relato, al mundo que nos rodea es algo connatural a nuestra propia existencia. David Mamet, en Los tres usos del cuchillo, explica que desde el momento en el que hacemos un comentario sentido sobre el frío o el calor, estamos dramatizando. Si nos quejamos de la lluvia y decimos «¡la que está cayendo!», estamos construyendo de una manera muy sencilla un relato. Nos posicionamos como protagonistas de un argumento, es decir, le damos significado y sentido a algo que no lo tiene. Por ejemplo: iba a salir con los amigos, comienza a llover, veo frustrados mis planes. Pero las condiciones atmosféricas nada tienen que ver con mis ganas de pasarlo bien.

El filósofo Paul Watzlawick afirmaba que no es posible permanecer en un contexto de interacción con personas sin comunicar algo. En su teoría de los signos y la comunicación no verbal, incluso quedarse callado en una conversación con tu grupo de amigos o en tu cuenta de tuiter ya está diciendo algo. De forma análoga, podríamos aventurar que no es posible estar en el mundo sin explicárnoslo continuamente y siempre de manera que nos sentimos protagonistas de una historia. Somos radicalmente egocéntricos. No podemos conocer si no es a través de nuestros sentidos y de nuestra mente. Hacia nosotros, primero, y luego hacia los demás. 

En los últimos tiempos las redes sociales aglutinan la mayor parte de estos relatos. Historias que antes hubieran permanecido en la intimidad de una conversación de bar, ahora pueden llegar a millones de personas en apenas unas horas. Son leídas, comentadas, compartidas, modificadas. Cimentan una especie de sentido común de época: «yo soy especial», que no es más que un remedo del sentimiento de superioridad. Los stories, los selfies y los posts funcionan como una versión renovada, más mundana y más relativista, del hic et nunc. 

Por eso, la egolatría que fomentan estas redes viene de serie. Esa manera de darnos al mundo y de explicárnoslo exagera nuestra autopercepción como protagonistas. La vida sigue sucediendo sin sentido, pero al colocarnos como sujetos en el centro de un argumento que construimos, dramatizamos tirando de monólogo. Más allá de la estructura primordial clásica en tres partes: principio, nudo y desenlace, que se puede rastrear en cada mini anécdota, hay otra que se ajusta a la perfección al modo de contar en ellas: la estructura en sarta. Es la técnica medieval que se usa por ejemplo en el Libro de Buen Amor, del Arcipreste de Hita, y en casi todos los textos narrativos hasta los siglos XIV y XV. Consiste en refundir, reescribir, ampliar o resumir todo tipo de fuentes que no pertenecen al autor partiendo de un texto base también ajeno, presentarlo como parte del relato propio y, en torno a una aventura, se van ensartando (como cuentas en un hilo, de ahí la etimología de «contar») los distintos hechos o episodios de la narración. La vida como camino. 

Juan Ruiz viaja por los territorios cristianos, judíos y musulmanes de la España de principios del siglo XIV y relata quince historias de amor. Dante, en medio del camino de su vida, refiere su experiencia fantástica por el infierno y el paraíso en busca de su amada. Sin querer compararlos, Fulanito narra en Instagram su «aventura»: la doma narcisista de su egomanía. Pero mientras que en la Edad Media esa estructura se usaba para contar el mundo conociéndolo, ahora simplemente sirve para atestiguar la inconsistencia de un yo frente al mundo que no logramos aprehender.

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