Paul Celan y la lengua de sus asesinos

Un poema –

El escritor W. G. Sebald decía en su libro Luftkrieg und Literatur (Guerra aérea y literatura), traducido confusamente  como Historia natural de la destrucción, que el enmudecimiento de los alemanes ante la aniquilación sistemática de su país por parte de los ejércitos aliados a partir de 1942 tuvo que responder a un sentimiento de culpa, desconocimiento y vergüenza directamente proporcional al horror inflingido por ellos a los demás pueblos. Solo eso explica que muy pocos escritores de la posguerra se refieran a ello.¿Cómo iban a pedir cuentas, dice Sebald, después de haber invadido media Europa y aplicado planes de exterminio? De hecho, hasta hace pocas décadas hablar de los bombardeos de Dresde era un tema principalmente de la ultraderecha. Al parecer, tratarse como víctimas los eximía de cualquier responsabilidad como verdugos.

Tal vez, en virtud de este doble padecimiento, el del verdugo y el de la víctima, se comprenda mejor a Theodor Adorno cuando dijo aquello de que escribir poesía después de Auschwitz era un acto de barbarie. Como si una misma lengua no pudiese dar cabida al grito del oficial de las SS y al canto de sus supervivientes. O más terrible aún, como si un hilo casi invisible, pero inevitable, condujese desde los versos de Goethe hasta el «Arbeit macht frei».

En esa tesitura de tener como propia la lengua de tus asesinos, se encontró el poeta Paul Celan cuando, encerrado en el gueto de su ciudad, vio cómo deportaban a su familia a un campo de concentración, para matarlos poco después. Las lenguas que había aprendido en casa eran el alemán, el hebreo y el rumano, debido a su ascendencia judía, por un lado, y al baile de fronteras en torno a su ciudad natal, Czernowitz, por otro, que hasta 1919 había pertenecido al Imperio Austrohúngaro, luego pasó a Rumanía y después a la Unión Soviética. De modo, que a la experiencia de desarraigo traumático que debió de sufrir su familia tras ver cómo desaparecía su país, tuvo que sumarse también la vivencia de quien se encuentra en la frontera de la propia cultura, entre varias lenguas, y después, la de quien se ve masacrado por aquellos que debían ser sus semejantes. 

Por eso, Celan, cuya lengua materna era el alemán, se acercó a su poesía desde fuera, como alguien ajeno. No en vano, explican sus biógrafos que nunca llegó a formar parte de los cenáculos de los poetas reconocidos. Una anécdota cuenta que la primera vez que recitó sus poemas ante la camarilla oficial del Grupo del 47, que incluía a nombres como Heinrich Böll, en 1952, se rieron de su tono y estilo, llegando a decir que leía como Goebbels. El poema con el que se presentó fue el de «Muerte en fuga» (que versiono más abajo), un texto que no solo habla de manera directa y descarnada sobre la vida y el asesinato en los campos de concentración, sino que lo hace además con una sintaxis, una musicalidad (calca el esquema musical de la fuga), una métrica y un léxico que rompían por completo tanto con la tradición lírica metafísica anterior a la guerra como con la experimentación juguetona del expresionismo y otras vanguardias. No solo le estaba hablando a los alemanes sobre algo de lo que no deseaban hablar, sino que encima lo hizo en su propio idioma, poniéndolo patas arriba.

Buena parte de su poesía, que abarca desde 1948 con la publicación de La arena de las urnas hasta 1971, con la aparición tras su suicidio de Parte de nieve, es una exploración de las posibilidades que tiene la palabra por recrear los sentidos del acontecimiento diario, algo que excede con creces las cuatro paredes del significado. Siempre con una mirada muy política acerca de la importancia de ese acontecer. Esto convierte su obra en una trama a menudo compleja, donde los juegos de lenguaje y conceptuales se superponen a la musicalidad y el ritmo de la métrica. Tal vez, haya sido este el motivo por el que habitualmente se le ha traducido mirando más a una supuesta fidelidad con el contenido que a la naturalidad con la que se expresa, bajo ese raro influjo que ejerce el alemán sobre los hispanohablantes y que nos hace tener el prejuicio de que se trata siempre de una lengua más rica y más apropiada para lo conceptual. Un ladrillo, al fin y al cabo. 

Tras aquella lectura de 1952, Celan no fue admitido en el grupo. Sin embargo, no deja de ser irónico que, finalmente, haya pasado su nombre a la historia como el de uno de los grandes renovadores de la poesía europea de la segunda mitad del siglo XX, hasta el punto de que los escolares estudian en Alemania ese poema. Solo alguien que habita los límites, fuera de círculos oficiales, y extranjero de su propia lengua, pudo relatar en ese momento la paradoja del dolor de la posguerra. Con su manera de usar el alemán y su clarísima posición política acabó encarnando una suerte de venganza de Moctezuma.

MUERTE EN FUGA


Leche negra del alba la bebemos de tarde
La bebemos de día y temprano la bebemos de noche
Bebemos y bebemos
Cavamos una fosa en el aire no se yace apretado
Vive un hombre en la casa que juega con las serpientes y escribe
Escribe cuando oscurece a Alemania Margarete de cabellos dorados
Lo escribe y sale delante de casa y las estrellas relucen y él silba a sus perros
A sus judíos los silba cavad una fosa en la tierra
Y ahora a tocar y a bailar nos ordena


Leche negra del alba te bebemos de noche
Te bebemos temprano y de día te bebemos de tarde
Bebemos y bebemos
Vive un hombre en la casa que juega con las serpientes y escribe
Escribe cuando oscurece a Alemania Margarete de cabellos dorados
Sulamith de cabellos ceniza cavamos en el aire una fosa no se yace apretado


Él grita picad más hondo en el reino de la tierra y vosotros a tocar y a cantar
Se echa la mano al revólver lo blande son sus ojos azules
Vosotros picad con las palas y vosotros a tocar y a bailar


Leche negra del alba te bebemos de noche
Te bebemos de día y temprano te bebemos de tarde
Bebemos y bebemos
Vive un hombre en la casa Margarete de cabellos dorados
Sulamith de cabellos ceniza él juega con las serpientes


Él grita tocad más dulce la muerte es la muerte un maestro alemán
Él grita más oscuro el violín subiréis por el aire hechos humo
Una tumba tenéis en las nubes no se yace apretado


Leche negra del alba te bebemos de noche
Te bebemos de día es la muerte un maestro alemán
Te bebemos de tarde y temprano te bebemos bebemos
Es la muerte un maestro alemán son sus ojos azules
Te dispara con su bala de plomo te dispara y acierta
Vive un hombre en la casa Margarete de cabellos dorados
A sus perros azuza una tumba en el aire nos da de regalo
Él juega con las serpientes y sueña es la muerte un maestro alemán
Margarete de cabellos dorados
Sulamith de cabellos ceniza


[de Amapola y memoria, 1952]

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