La cura

Un cuento –

La casa estaba en silencio. En realidad, lo que se consideraba silencio no era más que una serie continua de golpes atenuados por un zumbido de fondo. Ruido metálico de motores. Unas voces lejanas lanzaban constantemente anuncios. Se oía mensajes de advertencias. Igual de día que de noche. Mientras se ponía el abrigo, el señor W. agarró el folleto con toda la información de la cámara, cerró la puerta y salió. Le echó de nuevo un vistazo a la publicidad en el ascensor, satisfecho de sentirse seguro con su elección. La cámara no solo disponía de la tecnología más avanzada, sino que, además, las prestaciones de bienestar eran muy buenas, incluso con un equipo médico de asistencia durante todo el proceso, para hacer perfecta lo que denominaban la gran experiencia de la vida: veinte minutos de silencio absoluto a menos veintidós decibelios. 

Las instalaciones se encontraban en una de las torres que componían el distrito de bajas emisiones acústicas: una zona de calles tranquilas, con vegetación, donde estaba prohibido todo lo que hiciera ruido y abundaba la ropa cara. Nadie llevaba tapones en las orejas y los teléfonos estaban siempre en silencio. Al entrar en el vestíbulo del edificio, una persona que no supo identificar como hombre o mujer, vestida de blanco de arriba abajo, se le acercó y le hizo señas con las manos, como si le estuviera hablando. Se lo quedó mirando con gesto de no saber qué decir. Recordó haber visto en algún lugar que la lengua de signos se estaba imponiendo poco a poco entre ciertas clases y, cada vez, había más gente que la hablaba como una forma de practicar el silencio. Lengua pura, la llamaban. El andrógino se disculpó y continuó hablando de viva voz. Después de explicarle algunas cuestiones legales, lo acompañó hasta una habitación. Una vez solo, al cerrarse la puerta, notó un leve golpe de presión en los oídos. El aislamiento era ya considerable. Un cosquilleo le subió desde el estómago hasta el pecho. Aquella quietud era más de lo que había sentido jamás. Entró un médico con una serie de aparatos. Formaba parte del procedimiento normal, le dijo, un pequeño chequeo para cerciorarse de que estaba sano. Finalmente, le dieron la señal para entrar en la cámara. Respiró hondo y, con un movimiento veloz y certero, desapareció en su interior.

De regreso a casa fue cuando lo percibió por primera vez. Una especie de siseo muy lejano, casi imperceptible. Al principio no le prestó atención. Se trataba de una especie de susurro indistinguible. Inspiró hondo un par de veces conteniendo el aire. El siseo se tornó una voz nítida y cercana que le hablaba con total claridad, a pesar de que él no entendía absolutamente nada. Pensó que debía de ser un efecto secundario de la cura. Seguramente el silencio le habría afectado más de la cuenta. Sería algún tipo de alucinación de esas que le habían comentado. Supuso que si tapaba la voz con algo de ruido, desaparecería. Y se puso a hablar en alto, luego a canturrear, hasta que terminó chillando. Sin embargo, por más que gritara cada vez más fuerte, no conseguía acallar la voz. Se sintió rabioso. El descanso no le había durado ni un par de horas. Tampoco se había transformado en ese hombre nuevo capaz de afrontar el mundo que decía el prospecto. Si todo el efecto de la cura se reducía a estar un poco más relajado, parece que ya había tenido su momento, se lamentó. Se sintió engañado por haber gastado así sus ahorros. Mientras caminaba, la voz, cada vez más clara al tiempo que incomprensible, se fue haciendo hueco entre sus pensamientos, como si quisiera estar más cerca de él, más dentro. Ahora sonaba como un contrapunto. Subrayaba las ideas que le iban surgiendo o parecía construir un discurso a partir de ellas. Y crecía. Se hacía poco a poco más amplia y abundante. Fue llenando cada espacio libre de su cabeza, como si quisiera decirle algo. El señor W., cada vez más aturdido, apretó el paso. Se sentía espiado.

Sábado noche en una cabina de grabación. J.D. Sloan (Creative Commons CC BY-NC-ND)

Lo primero que hizo cuando entró en casa fue conectar el aire. Tuvo la necesidad de oír el chirrido de la vieja turbina del aparato, como si pudiera mantener así la voz a raya. El pitido era agudo y tililante, realmente insoportable. Aparentemente, el ruido la desplazaba ligeramente. Sin embargo, allí seguía. Encendió también la televisión. Puso el volumen al máximo. Pero no había forma de quitarse la voz de encima. Añadió el microondas, accionó la campana extractora y como colofón de aquella extraña cacofonía, encendió la alarma del despertador. Todo sonando a la vez, con una estridencia que tan solo un día antes no hubiese sido capaz de soportar. Solo entonces consiguió descansar.

A media tarde se despertó aturdido en el sofá. Tenía la cabeza a punto de estallar. Todo le molestaba. Aquella maldita voz continuaba hablando y le estaba volviendo loco. Mientras se imaginaba que se abría el cráneo, salió corriendo de casa y, como pudo, llegó a la torre. El andrógino lo recibió hablándole en lengua pura. Sin mediar explicación, el señor W. le pidió ver urgentemente al médico que lo había tratado. Pero no era posible, solo podían atenderle si tenía concertada una cita. Nervioso, empezó a gritarle exigiendo sus derechos. Había pagado por un servicio que incluía atención posterior. Estaba empezando a desesperarse. El silencio era silencio, le dijo, no una voz que taladraba el cerebro durante horas. Tenían que sacarle aquello, descifrar qué quería. 

La voz se hizo más intensa, más dura, como si la posibilidad de entrar de nuevo en la cámara le estuviera dando una vida que, a cada segundo, se hacía más violenta. Con tono urgente, repetía una y otra vez algo. Una y otra vez. Apremiándole. El señor W. dejó de escuchar lo que le decía el andrógino. Sin pensarlo dos veces, echó a correr hacia las cámaras. Abrió la primera que le pareció vacía y se metió en ella. La voz se había convertido en coro, chillaba, cacareaba, susurraba en una suerte de polifonía de ruidos mezclada con palabras separadas que se hacían más y más nítidas. Echó el seguro y atrancó el cierre. 

Al cabo de unos segundos, vio cómo los guardias entraban en la sala contigua y, asomados por una escotilla que había en la pared, golpeaban con las manos y le hacían gestos para que abriera. Pero a él ya nada le importaba. Notó el mismo vacío que había sentido horas antes y tuvo la sensación de que el silencio de la cámara succionaba con fuerza la voz. El coro se recompuso en un único tono que lanzó un estertor. De las profundidades de su cuerpo se elevaron un sinfín de algo que solo pudo concebir como resonancias. Una especie de flujo recorrió sus extremidades de arriba abajo borboteando al ritmo del corazón, que sonaba como un auténtico bombo en aquel vacío insonoro. Oyó una serie de chisporroteos eléctricos, líquidos que rebosaban, las contracciones de sus glándulas suprarrenales al liberar adrenalina. Sus músculos. Las células. Él mismo. 

Los guardias, que habían desaparecido durante unos minutos, regresaron pertrechados de varias herramientas y aparatos para abrir la puerta a la fuerza. El andrógino los acompañaba junto con varios médicos y personal general de la compañía. Mientras caía al suelo, el señor W. vio el mar que había visitado con su padre cuando era pequeño. Oyó el estruendo de las olas rompiendo contra los acantilados, como miles de piedras lanzadas contra un muro de metal. Las gaviotas chillando en el cielo. Su padre muerto hacía años explicándole por qué subía y bajaba la marea. La voz de su padre. Vio por última vez la luz blanquecina de la cámara, creyendo que era el sol de aquella playa. A lo lejos, los médicos trataban de reanimarlo.

No debió de estar inconsciente más de media de hora. Cuando se despertó, estaba todo en silencio. El médico lo miró aliviado. Le preguntó en lengua pura si sabía quién era y cómo se llamaba. El señor W.  intentó articular las palabras, pero de su garganta no salió el más mínimo sonido. El médico sonrió y le hizo un gesto al andrógino para que se lo llevara. 

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