Paseo por Valladolid

Diario de una epidemia 65 –

Hoy termino este diario. Pasamos a la fase 1. Y con veinte días de retraso, he podido llevar el coche a revisión. No puedo dejar de preguntarme si es esto la nueva normalidad, si diez semanas en la crisálida del confinamiento se van a reducir a esto: desinfección con un cañón de ozono al empezar, conversaciones a dos metros con o sin mascarilla, cañonazo al terminar.

De modo que, mientras los del taller se afanaban con el coche, decidí ir a pasear, aprovechando que la cosa está más relajada. Hacía tanto tiempo que no estaba por aquella zona, el entorno del antiguo matadero, que tenía una curiosidad casi extraterrestre por saber si la ciudad seguía existiendo más allá de mis confines. 

Nada más ver el puente del polígono de Argales, una mole curva de cuatro carriles que se alza sobre las vías del tren adentrándose en esa zona industrial, comprobé que Valladolid seguía intacta. Posiblemente, gracias a la capacidad que ha tenido siempre esta ciudad para esconder sus bellezas, si no directamente borrarlas de un plumazo, lo cual le confiere una especie de camuflaje ante las buenas épocas lo mismo que ante las malas. 

Lo del nombre del polígono fue un ejemplo durante años para mí. Asociado a naves industriales cutres, aceras inexistentes, talleres, una antigua fábrica de asbesto y la avenida más larga que jamás he visto con césped de plástico en su mediana, Argales siempre me llevó a imaginar al fulano que se hizo rico especulando con unos terrenos que se han quedado hoy en día casi céntricos y que suponen un problema de salud y medio ambiente de primer orden. En mi cabeza, este hombre había sido el típico hacendado castellano que tras ver cómo las ciudad se extendía hacia el sur, decidió plantar allí su fábrica, muy cerca de las casas donde alojaría a sus obreros y pegada a la estación de trenes. 

¡Cuántas veces he despotricado en reuniones familiares o charlando con amigos contra el señor Argales! ¡Cuántas veces he fantaseado con sentarlo en el banquillo de los acusados por contribuir a la ruina estética de la ciudad! 

Hasta que, de repente, un día descubrí que no era así, que era todavía peor. El señor Argales no existía. No hubo tal especulador o no de esa manera. El nombre en realidad venía de un sistema de canalización del agua construido por el mismísimo Juan de Herrera, el de El Escorial, sí, que consistía en una serie de conductos en forma de arcas y que una vez pasó por allí. En el típico estilo sobrio renacentista del arquitecto, fueron patrocinadas por Felipe II y de ahí que se conozcan como «arcas reales». Argales es el nombre del manantial que surtía el acueducto y que está debajo de un pago cercano denominado así. En cuanto conocí esta historia, me enamoré de estas arcas y con mi vehemente forma de soñar, solo quería recorrer una y otra vez ese camino antiguo.

Llevaron el agua a varias fuentes del centro de la ciudad desde principios del siglo XVII hasta 1974, cuando se clausuró porque se vio que ya no era potable. Lo acojonante de todo es que, a pesar de que son monumento nacional, están medio perdidas entre naves industriales, destrozadas en parte y olvidadas. 

Así, que me di media vuelta, pensando que no quería caer en lo que siempre me ha parecido que era la actitud de aquí, la exaltación de las viejas glorias desaparecidas combinado con el desprecio de lo propio. Para nada. No estaba dispuesto a dejarme llevar por esa queja de lo mierda que es todo, en plan orgullo herido. ¿No fue eso lo que llevó a ningunear tanto patrimonio exquisito y ayudó a que pasaran la piqueta por más de media ciudad desde la década de 1950?

Desde que estaba en el instituto, siempre oía hablar de lo maravillosa que había sido la ciudad desde un punto de vista arquitectónico, el lugar con más palacios de España, la llamaba una profesora mía, la segunda capital del reino, la mítica cuna de Felipe II, el decorado de algunos de nuestros escritores eternos como Cervantes o Teresa de Ávila. Bien. Vale. ¿Pero dónde se había ido todo aquello? De modo que, paseando por las calles, siempre tuve que hacer un auténtico esfuerzo de lo que hoy llamaríamos «realidad aumentada»: complementar lo real con la información de un dispositivo virtual, un móvil o la imaginación libresca, pongamos por caso. Porque para apreciar tal o cual palacio, tal o cual vista, había que suprimir siempre la mole de ocho pisos construida al lado, el aparcamiento de coches en la fachada, la escultura horrorosa del artista fraudulento, la iglesia franquista. Y, claro, así nunca se me aparecía la histórica Valladolid.

Hayas, Russell Lee, 1900. Dominio público.

Sin embargo, adentrándome por el paseo de Zorrilla, nuestra arteria principal, mitad construcción barata y fea de la dictadura, mitad pelotazo inmobiliario, con sus honrosas y escasas excepciones, me vino una idea a la cabeza: que la belleza de la ciudad no estaba ahí. Era evidente que no podía estarlo. Pero es que no lo estaba porque, además, esa idea formaba parte de una construcción estética bastante absurda, según la cual Valladolid, o en realidad cualquier ciudad, únicamente existe en lo antiguo, en lo histórico, ese periodo temporal que abarca desde el inicio del universo hasta el nacimiento de nuestros abuelos, más o menos. Un mejunje artístico que tiene más que ver con las ideas del siglo XIX y la burbuja del cemento que con un sentido realmente historicista de la urbe, y de ahí esos quioscos pretendiendo parecer Art Nouveau, las farolas grises, las balaustradas en las aceras hechas de ese granito que por aquí no se da, los cuales fueron la gran apuesta del partido popular en la Castilla de los años 1990. De ahí que hablemos del «casco histórico» o que digamos Valladolid es bonita o París o la Conchinchina, basándonos en una zona muy delimitada y que no suele representar ni el veinte por ciento de la extensión de la ciudad. 

Los alemanes, que para esto son superprecisos, no tienen la palabra «monumento» sin más, sino que usan «Denkmal» (‘¡piensa!’) para aquello que también etimológicamente debía designar nuestro término castellano, un lugar conmemorativo, y «Sehenswürdigkeit» que muy literalmente vendría a ser ‘lo-que-es-digno-de-ser-visto’, es decir, aquello que tendríamos que visitar en la ciudad. Lo interesante del matiz es que no solo lo histórico y lo antiguo pueden entrar en esta categoría. 

Fue en este momento, cuando delante del sagrado Corte Inglés, un cubo terrible de granito gris, llegué a la conclusión de que debía comenzar a aplicar esa categoría alemana a mi amor por Valladolid. Porque de hecho, esa zona monumental para nosotros que, sin embargo, define de puertas para afuera nuestra imagen, ¿no era una minoría de la minoría? ¿No habitamos, entonces, la inmensa mayoría de nuestro tiempo más allá de ese centro monumental? ¿Y de este modo, qué? ¿Acaso toda esa gran extensión que es en realidad la urbe contemporánea no tiene estatuto de ser en la ciudad nombrada? ¿Por qué nos cuesta tanto salirnos de ese esquema si todos llevamos nuestras vidas entre torres de ladrillo, urbanizaciones de hormigón y calles de asfalto? 

Yo me crié en un barrio de parcelas, torres de cemento de la época del pelotazo con parterres minúsculos, piscina y cancha deportiva. Nada mal, bien visto. Y excepto un breve periodo en el que viví en el centro, en un cuchitril más viejo que antiguo, siempre he habitado en pisos de constructora. Aun así, he conocido muchos lugares que merecían la pena sin ser un apunte en una guía turística. En Parquesol, el barrio de mi adolescencia, llamado así por la empresa que inició el proyecto en la década de 1980, había mucho campo, grandes extensiones de almendros coronando el cerro donde se encuentra. En uno de estos parajes, había un manantial al que íbamos los sábados a pasar la tarde asando chorizos y bebiendo alguna que otra cerveza. ¿Por qué a nadie se le ocurrió que ese podía ser un sitio para conservar, en lugar de construir allí la cuarta fase de una mole de diez plantas?

Tal vez, si empezáramos a reflexionar sobre lo que tiene valor en nuestras vidas y lo que no, podríamos establecer qué merece la pena de aquello que ya tenemos, y así podríamos fijar un catálogo monumental de las ciudades más acorde, no solo a lo que ya pasó, sino también a lo que somos, más respetuoso con la vida que realmente llevamos, más honesto. Porque si no, vamos tirando hacia adelante con esta esquizofrenia de tener el cuerpo en un lado y la cabeza en otro, buscando siempre un algo que no sabemos qué narices es, pero que nunca llega, conformándonos a menudo con lo mediocre y lo feo por no tener más referencias, al tiempo que anhelamos con urgencia salir de aquí, marchar a tomar aire fuera.   

Ya de vuelta a por el coche, me alegré de todo esto. Me acordé de todos mis amigos que siempre han sido muy activos, política y culturalmente hablando. Pensé que después de tanto tiempo, pasear de forma placentera y crítica por la ciudad era también una manera de recuperarla, porque, tal y como demostró el grandísimo Robert Walser en su libro El Paseo, si uno consigue que ni  un solo detalle de su caminata le resulte ajeno, entonces no solo estará consiguiendo que su entorno le pertenezca, sino también ser más proclive a implicarse con él y mejorarlo. Eso, mejorar el lugar donde vivimos, haciéndolo más agradable y más humano, más justo y sin contaminación, me parece que podría resultar una buena tarea para el tiempo que viene. Es lo que toca, pensé, darse un poco a lo de fuera,  ahora que salimos del encierro.

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