El otro sentido del tacto

Diario de una epidemia 58 –

Hay otro sentido del tacto que también parecen haber perdido algunos. Me lo decía el otro día mi amiga Sara, que la educación, la sensibilidad por el otro y un cierto respeto se han perdido en muchos chats familiares, pues andamos todos un poquito alborotados últimamente.

Como si el wasap se hubiera convertido en el termómetro de los ánimos sociales, cosa que en realidad es falsa, pues ya sabemos que los mensajes siempre se malinterpretan, todos tenemos algún grupo donde se mezcla la familia, cada uno con sus ideas, sus frustraciones, sus expectativas y sus pequeñas envidias. Mi amiga me contaba que ella los veía como cápsulas del tiempo en las que prevalece la imagen de uno mismo que se hicieron los demás cuando tenías quince años, donde abundan las historias repetidas una y otra vez que van siempre a colocarte en el molde de aquella imagen, corren los chistes más superficiales, los lugares comunes y los temas y motivos que alguien creyó que eran los aptos para todos los públicos. Porque son hilos alternos que nunca profundizan e intentan desarrollarse bajo la premisa de que hay cosas universales, votes a quien votes o tengas la formación que tengas: la cocina, la música comercial de tu generación, los animales, los chistes (en formato meme, casi siempre) y las fotos de vacaciones.

Y he aquí parte del asunto. ¿Quién decidió que esos eran los temas de la mayoría? ¿A quién se le ocurrió que compartir una receta de Sbieta no suponía ningún problema? ¿Cómo es la autocensura que tiene cada uno para poner un meme y no otro? Es lo que se llama sentido común aceptado. No me refiero a una cosa que es tenida por razonable, sino a ese conjunto de ideas, con las que podemos estar de acuerdo o no, que han sido interiorizadas por la mayor parte de la gente como asuntos que son así y punto. A todo el mundo le gusta el deporte. A todo el mundo le gusta viajar. En España abunda la picaresca. Los bancos te roban. El capitalismo es el menos malo de los sistemas. Los políticos son todos unos jetas. 

Anémona de bosque, Francis Benjamin Johnston, 1915. Dominio público.

Lo que pasa es que ese sustrato aceptado supuestamente por todos suele ser más bien conservador. Me contaba mi amiga que en los grupos en los que ella estaba era más frecuente que se hicieran comentarios tirando a fachas. La mayor parte de sus miembros no reaccionaba frente a ello, simplemente callaban. Esa era su forma de no estar de acuerdo con el contenido. Solo una minoría respondía al comentario, principalmente a favor. La excepción era decir algo en contra. Ella era una de las que se plantaba y cada vez que lo hacía, los otros saltaban en cascada. No solo era la diferente y rarita por observar que un chiste le parecía machista y, por eso, inaceptable, sino que además, era la tocapelotas, la tiquismiquis, la sensible o, directamente, la que quería imponer sus ideas al resto. ¿No era esto una democracia?, le decían, como si la democracia fuese tener el derecho a decir cualquier barbaridad.

La cuestión es que, hasta ahora, parecía que su chat familiar se había desenvuelto con un relativo equilibrio. Principalmente porque ella no solía decir nada y, desde luego, una parte seguía teniendo el suficiente tacto como para no colgar memes hirientes. Sin embargo, desde que todo esto había comenzado, me contaba Sara, se habían multiplicado por tres el desprecio a un tipo de ideas, los bulos y los chistes de tono racista. Y ella ya no aguantaba más. No tenía horas suficientes para desmentir, argumentar o denunciar cada falsedad o cada insulto. Estaba agotada. Y triste.

Tenía la sensación de que algunos, todos esos que se dedican a fabricar basura política, habían convertido estos chat en auténticos campos de batalla, pues de lo que terminara pensando la gente en esos grupos, me dijo, iba a depender la explicación y las soluciones a la gran crisis que se nos viene encima.

Sin embargo, me sorprendió porque en lugar de sentir rechazo o querer abandonar, de lo que tenía ganas mi amiga Sara era de hacer una de las barbacoas que solían organizar todos los años en una casa rural donde se juntaban, me dijo. Le apetecía celebrar con la familia entera una gran fiesta de reencuentro, donde poder abrazarse, brindar todos juntos e, incluso, picarse los unos a los otros. Porque en persona, se decían de todo, discutían de todo y se llamaban lo que se tuvieran que llamar. Pero, al final, se reían y se aceptaban con sus más y sus menos. Prevalecían el cariño y esa amistad rara de los primos sobre el resto de consideraciones. Todo lo contrario de la vida virtual de los grupos de wasap, donde parecía proliferar el rencor y campar a sus anchas la envidia. 

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