Una cuestión de talante

Diario de una epidemia 57 –

La verdad es que nunca pensé que seríamos tan serios y conservadores en Valladolid. De otros lugares me lo habría esperado, pero no de aquí, la verdad, conocidos en el mundo entero por la apertura de nuestro carácter y nuestra alegría salerosa. Por eso, me lo he tomado como un signo de la debacle que está por venir.

Me refiero a lo de pasar de fase, que nos lo hemos tomado en plan superpreciso y vamos a desescalar por decimales. Así de rigurosos somos. Que le den a la fase 1. Nosotros pasamos a la fase 0,5, que es mejor, más austera, no como el despiporre de la fase 1 que hemos visto estos días.

En Madrid, que es nuestro espejo del callejón del gato, a algunos les ha sentado fatal. Pero eso es porque son unos vivalavirgen. Se sienten maniatados. Encerrados, dicen. Como en una dictadura. Y exhibiendo símbolos franquistas piden democracia. Se ve que ellos medían su libertad por la cantidad de privilegios que tuvieron. Incluso, les oí gritar el otro día que no les dejaban ir a trabajar, o eso alegaba uno de esos tipos engominados, con la bandera a lo Superlópez, que afirmaba dar trabajo a cientos de personas. No sé. Igual me equivoco. Igual mis prejuicios ideológicos me impiden ver las cosas correctamente. Pero creo que el problema no es que no te dejen, es que sufrimos la mayor emergencia sanitaria que ha vivido nuestro país en la historia. Aunque, viendo como se apretujaban sin mascarillas ni nada, parece que la salud de los españoles se la sopla, directamente.

Sin embargo, aquí estamos tan contentos. Ningún aspaviento. Pasito a paso: que no se puede subir al primer piso, pues subimos hasta el descansillo. Y la verdad es que me encanta. Pasar de fase por decimales tiene su cosilla. Después de sesenta días de confinamiento es una forma de decir, cuidado, no nos vayamos a emborrachar, no vayamos tan deprisa. Como si fuese una cuestión de prudencia. Fijaos qué tío más prudente es Igea, o Mañueco, o quien narices esté al mando. Como si no tuviera nada que ver la ratio de contagios tan alta que tenemos o que la tasa de reproducción del virus no acaba de bajar lo suficiente. No tiene nada que ver que un buen porcentaje de los fallecidos se haya dado en residencias, que están la mayoría privatizadas. Para nada. Tampoco los miles de millones de recortes durante treinta años de gobierno del PP. Fijo que no. Es más, el otro día alguien me decía que eso era un prejuicio ideológico, que no influía para nada en el número de muertos o en el ensañamiento de la epidemia el hecho de que apenas hubiese médicos en atención primaria o que hubieran disminuido las camas hospitalarias. Claro. ¡Qué tíos más prudentes!

Sauces, autor desconocido, 1906. Dominio público.

¿Para qué queremos más? Lo que pasa es que la actitud de Valladolid no vende. Aquí sufrimos gobiernos de recortes y conservadores desde hace tres décadas, que se dice pronto. Todas las teorías privatizadoras de la derecha han sido experimentadas primero aquí. ¡Si hasta inventamos que Aznar es de Valladolid! Pero con una salvedad. El talante de los presidentes. Mañueco, Herrera, Lucas. Todos ellos con su porte serio, nada histriónico, su tono calmado y austero. Nada que ver con las memeces estudiadas de una Aguirre, con la arrogancia y el cinismo de Cifuentes ni con el populismo cuñado de una Ayuso.

Todos los negocios sucios nacionales o madrileños han tenido ramificación en nuestra tierra. Pero en la capital del reino lo hacen con fuegos artificiales, mientras que aquí, de forma parca, sin alharacas. Normal que no venda nuestra actitud para los programas de televisión. Donde esté el esperpento y lo cañí que se quite lo demás. Es más, las mismas gilipolleces y barbaridades que han dicho los empresarios de allí abajo las han dicho también por aquí arriba, como lo de no computar a los mayores como enfermos porque no son productivos, para no salir malparados en las estadísticas de contagios. Pero nuestra flamante presidenta de la confederación vallisoletana no salió en los telediarios nacionales. Así somos.

Por eso, me encanta eso de desescalar por decimales. ¡Es tan nuestro! Es más, me atrevería a decir que muchos se quedarían tan contentos en una fase 0,5 de por vida. ¡Qué tranquila está la ciudad sin bares ni jaleo por la calle! Y todo está tan ordenado y bien pensado que muy pocas cosas se echan en falta del mundo anterior. A lo sumo las procesiones, porque hasta el paseo por la calle Santiago los domingos ya lo hemos recuperado. 

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