Teoría cuántica

Diario de una epidemia 43 –

Paseando por mi habitación, entre la cómoda y la mesilla de noche, me he encontrado con unas cuantas palabras que no me esperaba ver por allí. Es cierto que gracias a que el niño está aprendiendo a hablar, de repente aparecen conceptos y frases en los lugares más inesperados, como cuando la otra mañana recogiendo los cojines del sofá me saltaron encima «alarmismo» y «a punto de».

Agazapadas junto al reposabrazos, las descubrí mientras estaba pasando el aspirador. ¿A quién se le ocurriría esconderse ahí?, pensé. Pero rápidamente me di cuenta de que venían huyendo de los zarpazos vocales del niño, que andaba lanzando a diestro y siniestro por la casa «batacazo de las bolsas», «comunismo», «confinamiento fascista» y otras cosas. Entonces, con sumo cuidado, las agarré por las extremidades, no fuera a romperles una «l» o una «d» y las saqué por la ventana, agitándolas para que se marcharan volando, tal y como hicimos otra tarde con «desescalada» y «nueva normalidad», pues soy consciente de que es primavera y vivimos en una zona verde en la que proliferan todo tipo de insectos, pero si yo no me meto en su territorio, me digo, que esas palabras tampoco se metan en el nuestro.

Después del paseo, cuando ya volvía a la cocina al atardecer, recordé cómo me había metido en esto. Me refiero a la idea de escribir un diario sobre mi confinamiento. Me guste o no, este viaje alrededor de mi casa va llegando su fin y, aunque todavía le quedan unos días, se vislumbra ya al final del pasillo la luz que entra por la rendija de la puerta. Es nuestro tiempo recobrado, el final de nuestro excepcional estado. Y pienso que habrá que ir diseñando un desenlace.

En el Viaje alrededor de mi habitación, de Xavier de Maistre, que ha sido el verdadero inspirador de este diario, la conclusión de su relato se va anticipando poco a poco. Es cierto que cuando lo leí, me cayó de sopetón la última página, pero creo que tuvo más que ver con el hecho de encontrarme irremediablemente atrapado por su lectura. Sin embargo, su confinamiento tenía un tiempo limitado, una fecha concreta de salida. Al parecer, después de una pelea, se batió en duelo con un adversario y lo detuvieron por eso mismo, condenándolo a cuarenta y dos días de arresto domiciliario con su perro y su criado.

Era 1794 y De Maistre sería lo que hoy consideramos un reaccionario de tomo y lomo, un facha en toda regla. Aunque aristócrata y muy culto. Contrario a los ideales de la revolución francesa, se puso siempre de parte de los grupos más radicalmente conservadores, se enfrentó a Robespierre y se alistó en el ejercito ruso, zarista, en la guerra contra Francia, por lo que terminó sus días en el norte de Italia, sin poder volver a su país. 

El librito, muy breve, lo publicó de hecho de forma anónima y cosechó rápidamente un gran éxito, siendo admirado posteriormente por todos los grandes escritores. Su interés no reside en lo biográfico, que está ausente casi por completo y cuyas breves referencias son tan veladas que apenas resultan interpretables, sino en lo fantástico y formal. Ante la imposibilidad de salir de su cuarto, una habitación de unos cuarenta metros cuadrados, decide emprender un viaje por su habitación, que en realidad es la excusa para meterse en sus interiores, explorar las facetas de su personalidad, cuestiones de filosofía y de cultura, y así confrontar, como él dice, el alma y la bestia que todos llevamos dentro, poniéndolos a dialogar, siempre con una ironía y un sarcasmo que denota un fino sentido del humor. 

Naranjo y pomelo juntos, Florida. 1898, autor desconocido. Dominio público.

De esta manera, el autor consiguió realizar una de las proezas literarias más interesantes que se hayan realizado y que, según el análisis de otro de los grandes, Italo Calvino, marcó el devenir de la literatura de finales del siglo XX y de lo que llevamos de XXI. Es decir, a partir de un microcosmos, un espacio reducido, un motivo sin importancia como es la habitación, construyó todo un universo con su propio tiempo, su escala y sus reglas concretas. Es lo que Calvino bautizó como la multiplicidad de un relato: reduciendo de manera pasmosa la velocidad de la narración, yendo a los detalles más minúsculos y fijando el foco microscópico en un punto, fue capaz de hablarnos de lo más grande, de lo que nos atañe a todos como seres humanos semejantes. Dos tiempos y dos mundos. Por decirlo de otra manera, su descubrimiento fue similar al que llevó a Max Planck a enunciar su teoría cuántica y fundar en términos físicos aquello que ya Heráclito decía, que lo infinitamente grande está contenido en lo infinitamente pequeño.  

Por poner solo tres ejemplos de cómo ha influido Xavier de Maistre, mencionaré En busca del tiempo perdido, del francés Marcel Proust, que viene más o menos a desplegar la sensación de comer una magdalena durante siete tomos; Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes, o el relato La Silla, de José Saramago, en el que el universo de una carcoma royendo una silla se convierte en la dictadura de Salazar derrumbándose. Pero también tendríamos alguna referencia en el ámbito televisivo. La serie Lost, que cautivó a medio planeta hace diez años, construyó sus seis temporadas de suspense y vaivenes en torno al instante de la muerte del pasaje de un avión. O la maravillosa película de Patricio Guzmán Nostalgia de la luz.

Así, tras mi paseo del otro día, recuperé el libro de De Maistre y me lo puse en el cuarto de baño, para ver si me inspiraba su final. Porque, claro, la diferencia fundamental, aparte naturalmente de que yo no tengo su genio literario, es que me falta una fecha, un punto de fuga que me dé perspectiva en este confinamiento. 

¿Cómo calibrar un final literario para una serie de anotaciones diarias que dependen de tantos factores ajenos? El anuncio de Pedro Sánchez de alargar otros quince días el estado de alarma, me ha vuelto a hacer plantear hasta cuándo debo escribir este diario, ahora que ya podemos salir a la calle, pero no soluciona. Lejos de instaurar una fecha concreta, a la vista de la progresividad de la vuelta a la calle, anuncia más incertidumbre. ¿Sería viable un diario de un confinamiento, pudiendo salir de seis a ocho de la mañana y de doce a siete con el niño? ¿Tendría sentido seguir narrando un encierro que ya no lo es tanto? 

Por eso, mi hijo ya me ha dicho que eso es solo cosa mía, que así es el oficio de escribir, con el riesgo de adelantarse demasiado al final, de manera que parezca mal resuelta la historia, o atrasarlo tanto que termine por aburrir. Pero yo, sinceramente, no lo tengo claro.

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