El lugar de la mirada

Diario de una epidemia 36 –

Esta mañana tocaba de nuevo salir a comprar, como cada semana, en estos cuarenta y cinco días que llevamos de estado de alarma. Cogí mis guantes, mi mascarilla, las bolsas y abrí la puerta. Sin embargo, al salir al mundo exterior, algo me resultó al instante totalmente distinto. No sabía el qué. Pero en el aire flotaba otro ambiente que no tenía nada que ver con el de las últimas semanas.

Mientras iba por la calle, intenté aguzar mis sentidos, para ver qué narices estaba pasando. Digo intenté porque la mascarilla me producía un efecto extraño, como si no solo cubriera una gran parte de mi rostro, sino también de mis percepciones. Y sí, el olfato y el gusto claro que los tenía capados con la tela ciñéndose desde un pómulo hasta el otro. Pero me parecía que era otra cosa.

Entonces, me di cuenta de que había mucho más jaleo del que ha habido estas últimas semanas. Más tráfico, más gente comprando, más ruido, más mascarillas. Podría ser, pensé, que me hubiera acostumbrado ya a la paz absoluta, al aire limpio, al silencio en las calles, y que al haber salido más gente, no sé si por el buen tiempo o porque ya llevamos demasiados días encerrados para ser humanos, me estaba pareciendo todo exagerado, desproporcionado. Podría ser, continué mis cavilaciones, que necesitara ahora otro periodo de adaptación para volver a los niveles de bullicio de antes, porque al final, es cierto eso de que somos animales de costumbres. Y me sorprendió pensar todo esto. Desde luego, jamás hubiese imaginado al principio del confinamiento que un mes y medio después me iba a aturdir el estruendo de dos coches pasando por una avenida por la que antes circulaban cientos cada minuto. Ni de coña entraba en mi imaginación que eso pudiera parecerme demasiado.

No sé. No puedo decir muy bien por qué. Pero percibí un aire de fin de algo, como si fuese a haber un cambio de manera inminente. Había más gente por la calle. Todos parecíamos definitivamente acostumbrados a esta nueva vida, a nuestras mascarillas, a mirarnos de soslayo, al mismo tiempo que, en los gestos, en los ojos y en el tono de las conversaciones, todo el mundo insinuaba la posibilidad de volver al mundo anterior, como si todo esto pudiera terminar con un chasquido de dedos y, al instante siguiente, nos despojáramos de toda esta vivencia y retornáramos a los toqueteos cotidianos.    

Flor silvestre en un pedregal, autor desconocido. Hacia 1900. Dominio público.

Sin embargo, no fue hasta que me vi en la cola de la tienda, cuando comprendí de qué se trataba. Allí de pie, rodeado de personas a metro y medio, cada uno con sus guantes y con su mascarilla, en silencio o con la voz ligeramente disimulada, me figuré que el gran cambio, lo que flotaba en el aire bien distinto con respecto a las últimas semanas, tenía que ver precisamente con el rectángulo del rostro que queda oculto en nuestro nuevo atuendo. O, dicho de otro modo, con el que queda desvelado. 

Con la mitad de la cara tapada, perdemos una parte importante de las facciones que nos hacen humanos, de los gestos que denotan la expresividad de una persona, los tics, la forma peculiar de torcer un labio, una arruga pronunciándose de más cuando sentimos asombro o contrariedad. La boca, la nariz, la barbilla, el mentón, los pómulos son importantísimos para la interpretación de una palabra, para leer entre líneas, para sentir atracción o repulsión hacia el otro que tenemos delante. Embozados como vamos, resultamos ahora todos como el ladrón de las películas del oeste. Sabemos lo que es, pero nos resulta imposible interpretar si su intención es realmente la que es.

A pesar de ello, lo raro, lo verdaderamente extraño, es el otro rectángulo que queda visible, las cuencas de los ojos, el arco superciliar, la frente. El escritor John Berger, en un ensayo titulado Mirar, explicaba cómo en esa zona tan pequeña reside la mirada de una persona, que sería una forma de llamar hoy en día al alma cuando se decía antaño eso de que la cara es el espejo del alma. Pues es la mirada la que trasluce el interior de alguien, la peculiar manera que tienen los ojos de expresar la causa por la cual han fijado la vista en tal o cual cosa. De ahí que la mirada diga tanto de nosotros y que esto sea el motivo por el que se le tapa esta parte de la cara a las personas cuando no se quiere que sean reconocidas. De hecho, las técnicas modernas de reconocimiento facial biométrico se centran principalmente en esta zona.

Es la mirada la que nos diferencia de los animales no conscientes. Es la mirada lo que nos habla del estado de una persona. Es la mirada lo que nos hace empatizar. 

Así, que la mascarilla nos oculta, por un lado, al tiempo que nos mantiene desvelados. Nos permite ver a la persona, pero nos impide leer una parte importante de sus matices, porque yo no sé si ese que me habla, ha torcido la boca en señal burlona o si las aletas de su nariz se le han abierto en señal de excitación, no sé si arruga el mentón como prueba de desagrado o si, por el contrario, ensancha su expresión como muestra de satisfacción. Solo veo a la persona en estado puro, podríamos decir. Esta ahí, es humano, está vivo y me transmite algo indistinguible de su fondo del alma, como una especie de sentimiento muy vano, pero sin apenas matices. 

No importa que yo sepa todo esto o no, que lo haya leído en algún libro o lo ignore por completo. Nuestro cerebro lo sabe. Y eso es lo único que cuenta. Por ello, andamos un poco despistados estos últimos días cada vez que salimos a la calle. Porque al extrañamiento de la situación en sí, todo vacío, ajeno a nosotros, hay que sumarle nuestro propio alienamiento, el verse otro. Nos miramos por la calle y nos falla un paso previo en el olisqueo natural de los mamíferos. Nos reconocemos sin conocernos. Nos volvemos extraños a nosotros mismos. Y hay un cierto horror en mirarse de ese modo, como deshumanizado.

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