Juegos simbólicos

Diario de una epidemia 34 –

Como la casa ya es nuestro mundo, nuestro planeta Tierra, me atrevería a decir, el niño se ha pasado toda la mañana viajando por grandes ciudades del mundo, visitando a sus amigos del cole y saludando a los nuestros.

Ha sido el gran juego del día, ideado y desarrollado por él. Se puso a la espalda una mochila donde guarda sus piezas de madera y, al principio, íbamos los dos juntos, cada uno montado en una escoba voladora, en un ciclo que repitió dos o tres veces. Primero visitábamos Berlín. Allí una amiga suya le cocinaba unas galletas, que eran naturalmente las piezas, le dábamos las gracias y después nos íbamos  a Londres. Allí le daba una galleta a una amiga nuestra. Se despedía y luego, viajábamos hasta Madrid para darle una galleta a mi hermano. Después Bilbao, Zaragoza, Burgos y Valladolid hasta no dejar a nadie de la familia ni a ningún amigo sin regalo.     

Una vez sentadas las bases del juego, me propuso organizar una fiesta. Invitaríamos a todos los que previamente había visitado. Colocó una mesa con objetos encima y, por supuesto, las piezas de madera sirvieron esta vez de bebidas, aceitunas, queso, patatas y pan. Y aquí llega lo mejor. En la cúspide de la fiesta me pide que me quede, que él se va. A dónde, le pregunto yo, y él me responde que a ver a un amigo. Nos despedimos y le pido que me llame cuando llegue. Entonces, se marcha hasta un rincón, saca una pieza y le oigo que hace como que habla conmigo por teléfono. Al cabo de un par de minutos, vuelve. Me lo anuncia a voz en grito, como para que salga a su encuentro a mitad de camino. Y en ese instante, me doy cuenta de que lo que quiere es ensayar el reencuentro, besos, abrazos, qué tal estás, cómo ha ido el viaje y más besos y abrazos. Al final, esta última fase del juego la repetimos cinco o seis veces. Siempre separación y reencuentro. 

Así estuvimos buena parte de la mañana. Pensé que en un mundo en el que no podemos salir de casa, lógicamente a mi hijo solo se le ocurría viajar muy lejos, probar los lazos del cariño, asegurarse de que su autonomía no conlleva distanciamiento emocional. Y supuse que así es como aprendemos, experimentando en un entorno seguro, de igual modo que los científicos realizan pruebas de ensayo en un laboratorio. Una emoción controlada.

Palmeras en las pirámides, autor desconocido. Hacia 1900. Dominio público.

¿Hay algo más básico que esto? ¿Hay algo más importante que aprender las medidas, el sentido y el uso de los sentimientos? 

Me imagino que estos días habrá millones de niños y niñas haciendo este tipo de pruebas, o al menos intentándolo. Habrá quienes por su familia y las condiciones de su casa, logren llevar a buen puerto este tipo de pruebas. Pero también supongo que otros no lo conseguirán. La reacción de los padres es fundamental aquí y, por desgracia, solo el hecho de poder conciliar estos días, se ha convertido en algunos casos en un auténtico infierno. Cada uno con su edad y sus objetivos emocionales. Cada uno con su universo mental. 

Cuando el lunes próximo el niño pueda salir de nuevo a la calle, llevará cincuenta días sin salir de casa para absolutamente nada. Ni comprar el pan ni ir al supermercado. Me digo todos los días que tiene una edad en la que, por fortuna, no se le va a quedar casi nada de todo esto. No quiero hacer un drama tampoco de una situación privilegiada. Pero creo que poco se ha pensado estos meses en los niños.

Si hay alguien que se ha merecido todo este tiempo un aplauso, esos son ellos. Aunque, en realidad, todo esto debería hacernos pensar que les debemos algo más. Porque, asumámoslo, España no es exactamente un país amigo de la infancia. No destaca ni por el apoyo que le presta ni por promocionar la natalidad ni por compaginar el trabajo con la familia. Lo peor es que en los últimos años se ha ido degradando más en este sentido hasta llegar a lo que el sociólogo César Rendueles llamó, en una excelente entrevista que le hicieron al principio del confinamiento, la extraña desaparición del espacio público de siete millones de niños. 

He aquí el meollo del asunto, que esa desaparición no fue tan extraña realmente. ¿Cuándo los niños han estado presentes en nuestros discursos políticos, en nuestras agendas institucionales, en los planes empresariales, en el ocio general, en la cultura de todo tipo? Salvo contadas excepciones, nunca. Y es que para que pudieran volatilizarse todos ellos de la noche a la mañana, tenía que tratarse de un proceso que viniese desde hacía tiempo. Tal vez el tiempo en el que una sociedad envejece y deja de pensar en los niños. Por eso, creo que deberíamos reflexionar sobre qué nos ha traído hasta aquí. 

Tal vez, cuando salgamos de nuestro encierro, no estaría mal que pusiéramos esto en nuestra lista de cosas a repensar (joder, igual ya demasiado larga). 

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