Elogio de los bares

Diario de una epidemia 32 –

El otro día por la noche, cuando el niño ya estaba durmiendo y la oscuridad envolvía toda la casa, me acordé de los bares. No es que en los últimos años haya salido mucho, de hecho, casi no he podido, pero me entraron ganas de estar en uno. Y me serví un cubalibre. No esa mierda de ron cola que se toma por ahí. Me refiero al auténtico cóctel conocido como cubalibre, con su lima y su angostura.

Mientras le daba el primer sorbo, pensé que no era lo mismo beberse una copa en casa que hacerlo en un bar. Pero no por lo que muchos piensan, que solo un camarero te puede servir a la perfección, a pesar de que algo de razón llevan, sino por lo que precisamente hace especial a los bares: el bullicio, la gente entrando y saliendo, el ruido. Seguramente, todo eso por lo que antes me sentía incómodo. Y recordé cuando no hace mucho hice mi incursión en el gremio de la hostelería con mi chica y algunos amigos.

Es verdad que no nos sentíamos parte de la profesión, intentábamos revestir el negocio de mil cosas que, aunque ciertas, no eran más que matices de ese trabajo milenario que es servir bebidas detrás de un mostrador. Era la sede de un colectivo cultural con el que nos esforzábamos en no morir de aburrimiento en Valladolid y hacíamos de todo que pudiera considerarse fiesta, arte y cultura. Pero éramos un bar, al fin y al cabo. Y, aunque nosotros llevábamos hasta el extremo esos matices, no dejábamos de ser un exponente más de lo que realmente son los bares: los auténticos centros culturales españoles.

Lo digo así, a sabiendas de que mucho purista se llevaría las manos a la cabeza, porque ese fenómeno del bar solo existe aquí. No por casualidad, hasta ahora somos el país del mundo con más locales de estas características por habitante. Hasta ahora. Lugares donde se toma un café, se desayuna, se come o se cena. Lugares donde se toma una copa (otro concepto raro en el resto de Europa, donde se beben long drinks o cócteles y ambos se sirven midiendo el alcohol con dedal) o un aperitivo (único país en el que se denomina así a la tapa y no a la bebida). Lugares donde se cuentan chistes, se tienen las conversaciones políticas más encarnizadas y se arregla el mundo, donde hay internet para buscar trabajo o se lee el periódico. Lugares donde uno espera del camarero que sea su confesor o su psicólogo, donde puedes llegar solo para marcharte fácilmente en compañía.

Por eso, mientras me tomaba mi cubalibre, pensé que los bares españoles, por ser esos auténticos lugares de reunión y conversación, son los espacios en los que hemos venido socializando todos nosotros hasta ahora, donde se forja habitualmente el sentido común de nuestra sociedad. ¿Quién no recuerda haber tenido alguna vez una conversación sobre algún tema interesante con un grupo de desconocidos en un bar? ¿Quién no ha tenido conocidos a los cuales solo veía en ese local? ¿Quién no se dio uno de sus primeros besos ahí?

Cardos en los acantilados, autor desconocido. Hacia 1900. Dominio público.

De hecho, durante muchos años el bar fue el intento de salida de la crisis de muchas personas que, viéndose en paro, decidieron emprender la aventura de la hostelería a partir de una idea sobre un pinchito o la intuición de ofrecer tal o cual música. El filósofo Santiago Alba Rico, en un artículo precioso que escribió hace años sobre los bares, decía con cierta ironía, y no exento de razón, que en el país del sol y la caña, estos negocios habían supuesto para buena parte de la sociedad una salida económica. Si antes las familias decimonónicas  mandaban a un hijo al ejército y otro a la iglesia, como manera de asegurarse la supervivencia, ahora enviaban uno a la universidad y otro a la hostelería.

Este fue nuestro caso. Teníamos un colectivo cultural y organizábamos eventos, sí, pero en 2011 nos quedamos en paro varios del grupo de amigos y tuvimos la oportunidad de abrir un antiguo café en una de las plazas más bonitas (y por desgracia, destrozadas) de la ciudad. Allí vivimos toda la explosión del 15-M, participamos muy activamente en ella y usamos el local también como lugar de agitación política. Eso sí, siempre bajo una premisa muy clara. Si no se podía bailar, no era nuestra revolución. Hicimos teatro, conciertos, pinchadas, lecturas poéticas, exposiciones, charlas de diseño, conferencias de política, ciclos de cine, fiestas de nochevieja, mercadillos navideños, quedadas a puerta cerrada, cumpleaños, alguna boda y un largo etcétera de actividades que seguramente olvido. Incluso, la policía intentó cerrarnos el garito por un cabaret tan ácidamente crítico que de hacerse hoy, nos aplicarían sin duda esa norma revival del franquismo que es la ley mordaza.

Por eso, pienso en algunos viejos amigos y conocidos que siguen ahí al pie del cañón, dejándose la piel en sus respectivos bares culturales, programando como hacíamos nosotros entonces. Si antes, ese centauro del ocio que nos invita a beber la cerveza con un poco de lúpulo para el alma ya estaba en crisis y lo tenía difícil, ahora van a ser de los pequeños negocios más castigados. La ley de espectáculos que rige nuestra comunidad imposibilita cualquier tipo de actividad cultural en un bar. Y, aunque el ayuntamiento actual es más permisivo y no persigue la música en directo, como sí lo hacía el anterior, la ley sigue siendo la que es. Bastaría un simple cambio de timón para que se viniera de nuevo abajo el precario tejido cultural que ayudan a tejer y mantener estos locales. Pero además, habrá que ver cómo se desarrolla el mundo postvirus en el que el distanciamiento social va a ser la norma durante una buena temporada.

Siento que me haya salido hoy este apunte de mi diario de esta manera, pero es que la cultura y la hostelería van a necesitar de todo nuestro apoyo y nuestro amor para seguir cumpliendo la función tan importante que tienen en nuestro mundo. Ambos ámbitos pertenecen a mi particular geografía sentimental y fueron parte de la motivación por la que yo, un cualquiera, se decidió a dar el salto temporal a la política, cargado de ideales y razones, durante los últimos cinco años de mi vida. Es ahí, aunque en otra orilla, adonde he vuelto una vez abandonada la actividad parlamentaria y reinstalado en la vida civil.

Así, que sin poder hacer mucho más de momento, el otro día por la noche, con mi cubalibre en la mano, brindé por todos esos amigos, por mis recuerdos y un futuro que sea de todos, y me propuse, para empezar, darles las gracias de la manera que mejor sé, escribiendo esto.

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