Los idus de abril

Diario de una epidemia 29 –

Como ya no distinguimos entre chándal y ropa de calle, pues todos los días es chándal, ni entre martes o domingo, tampoco sabemos si lo que hicimos ayer fue solo hace un rato o si lo tenemos pensado para mañana.

Así de desorientado me muevo por la casa, después de treinta y tantos días de confinamiento. Entro en el salón y me creo que es un parque de esos de pelotas, donde llevan a los niños a celebrar sus cumpleaños, todo lleno de juguetes, recortables, dibujos, plastilina. Pero si voy al dormitorio, parece la sala de reuniones del departamento de lengua de un instituto. Todo es trabajo y trabajo o fiesta y fiesta, que es lo mismo. No hay matices ni lugares intermedios.

Incluso yo ya no sé si me repito o estoy viviendo la edad dorada de mi ingenio. Lo bueno para los amantes de la literatura es que, según las últimas noticias, nos quedan otros casi treinta días de lectura a tope para terminarse dos o tres colecciones de obras completas. Benditos aquellos que pueden leer. En cuanto a mí, eso significa que me encuentro a mitad de mi diario y no sé si tendré fuerzas para seguir narrando mi confinamiento.

De hecho, he visto cómo en los últimos días iban bajando la persiana varios diarios que seguía. No sé si lo han dejado o simplemente han tenido que frenar el ritmo, pues aunque no lo parezca, es muy cabrón esto de tener que mirarse todos los días dentro, escudriñar lo que se siente, hacer balance de lo acontecido cada veinticuatro horas. Así, que puedo imaginarme que el resto de apuntadores como yo lo ha ido dejando. Es más, algunos, como si lo hubieran planeado, han dejado publicadas sus últimas entradas con auténtica maestría, cerrando cada tema, resolviendo todos los nudos como si fuera un tercer acto redondo. 

¿Por qué cuento todo esto? Porque nadie escarmienta en cabeza ajena. Porque nunca hacemos caso de ese refrán tan nuestro de las barbas del vecino. ¿Qué sería de nosotros si fuésemos precavidos, si actuásemos teniendo en cuenta lo sucedido a nuestros semejantes? Yo veo a mis compañeros de letras y, lejos de ir redondeando esto, de pensar en un final para este marrón en el que me he metido, sigo yendo a lo loco, sin rumbo, creyendo que la fiesta de las musas va a durar eternamente. ¿No debería tomar medidas antes de que sea demasiado tarde y me encuentre con que el confinamiento ha terminado?

Los anales de la historia están llenos de momentos en los que un personaje decide no hacer caso a algo y luego se equivoca. Claro, que también de los contrarios. No es fácil tomar decisiones, y es una cosa a la que no te enseña nadie. Por eso, son más importantes los  idus de abril que los de marzo, si lo miramos con nuestra perspectiva. Me explico.

Campo abierto, autor desconocido. Hacia 1900. Dominio público.

Los idus de marzo era una festividad romana que se celebraba el día 15 de ese mismo mes, consagrado a Marte. Según los historiadores marcaba el inicio del año y presagiaba buenos augurios. La cuestión es que, aunque idus había todos los meses, nosotros nos hemos quedado con esta expresión por su doble carácter fatídico. Por un lado, asociada a la inminencia de la primavera, tiene una connotación positiva. Pero por otro, es la fecha en la que se asesinó a Julio César, lo cual le ha dado ese matiz trágico que también tiene. 

César había pervertido la república y se granjeó, por ello, muchos enemigos. Algunos de sus adivinos, que en aquellos tiempos cumplían la función de nuestros modernos asesores, le advirtieron de no acercarse al Senado por los idus de marzo, que se estaba urdiendo un complot en su contra. Naturalmente, no hizo caso. Ese día fue apuñalado «por la espalda» (de ahí nuestra expresión) por varios de sus más allegados correligionarios, como lo era Bruto. Así comenzó la era del imperio romano. Un 15 de marzo.

Pero, ¿y qué fue del mes de abril? ¿Y del de mayo? Sin duda, hubo más conspiraciones, pero muy pocos hicieron caso del aviso. Seguramente por un exceso de confianza y seguridad o, tal vez, porque no daban credibilidad a la persona que hizo la advertencia. El caso es que la historia está llena de escenas de este tipo.

Últimamente lo hemos visto con el virus. ¿Quién tomó medidas cuando todo esto era cosa de los chinos? Pero es que luego fue de los austriacos. Y después de Italia, de España, de Alemania, Reino Unido, el continente americano… Nadie ha escarmentado en cabeza ajena. El patrón ha sido igual en todos los países: menospreciar y minimizar hasta verse sobrepasados. Independientemente de que ahora se estén empleando a fondo.

No quiero decir que lo llevemos en la sangre, pero me parece que nos cuesta asumir el peligro como propio. Más aún. Se trata en este caso de un peligro que nos afecta a todos como especie, la especie humana. ¿No tendría que ser esta la primera conclusión que sacáramos ahora? ¿Seremos capaces de unirnos como especie? ¿Tiene sentido la tendencia que vemos estos días de encerrarse en fronteras nacionales?

Por eso, ahora que abril está pasando y luego llega mayo, debería mirar quién está tomando las decisiones adecuadas, pero desde el único punto de vista que en estos momentos me parece válido: ¿quién se está poniendo en el lugar del otro? 

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