El turtulito

Diario de una epidemia 25 –

Nos hemos hecho un circuito de gimnasia con el niño. Como hay que estar en forma y hemos oído en algún lado que se aprende mejor con ejercicio, hemos decidido ponernos manos a la obra y todas la mañanas hacemos media hora de deporte.

Le ponemos una silla tumbada, una hilera de zapatos, unos cojines, el tendedero abierto y un tubo de espuma para flotar en la piscina, sobre el sofá. Así tenemos el tronco del bosque, el río, la arena de la playa, la cueva y la montaña, con los que vamos construyendo una historia y en donde cada vez tiene que hacer un movimiento, para terminar de pie, delante de la ventana, saludando a los vecinos, que no es más que una manera de levantar los brazos describiendo círculos.

Al final, quien termina realmente reventado soy yo, pues él podría estar la mañana entera haciendo el «turtulito», como lo llama con su lengua de trapo. Pero además de ser un momento muy físico, también lo es espiritual. Nos veo allí, dando vueltas al salón, encerrados en casa un día tras otro y me da por conectarme con el universo, con todos y cada uno de nuestros ancestros.

¿Cuántas veces en su historia se ha encontrado el ser humano en circunstancias similares? Si uno echa un vistazo a las enciclopedias (oh, dios mío, quién conoce a estas alturas una que no sea Wikipedia), se encontrará con unas cuantas epidemias y con varios confinamientos que pasaron a la historia gracias a que tuvieron su cronista. Paréntesis: adelanto que no, no me estoy haciendo ilusiones con lo de ser uno de ellos, que ya tenemos mucha tele y mucho periodista. 

Hace poco una arqueóloga historiadora contaba cómo en la época del último emperador romano, Justiniano, la gente tuvo que confinarse durante casi dos años debido a un brote de peste bubónica. Al parecer, el historiador Procopio fue quien narró los acontecimientos con todo lujo de detalle, explicando cómo era la vida cotidiana de la gente encerrada en casa, así como las políticas públicas que se pusieron en marcha. Dos años de encierro en casa, parcial o total. Una barbaridad. Creo que estamos en condiciones de saber lo que tuvieron que sufrir. Pero sin ninguna de las comodidades que tenemos nosotros, sin sistema público de sanidad universal ni videollamadas, sin subvenciones ni Movistar gratis para todos. Sin embargo, lo más alucinante son las situaciones que se repiten. Procopio menciona la vestimenta relajada de la gente en sus casas, que hoy podríamos interpretar como nuestro chándal. Pero también habla de la admiración que despertó la labor incansable de los médicos y voluntarios que, a menudo, caían exhaustos y enfermos después de semanas sin descanso. Algo que podríamos traducir en ese gesto de agradecimiento que son nuestros aplausos cada tarde. Las patrullas del ejército en las esquinas aparecen también en su relato y, por su puesto, haciendo honor a la etimología de «epidemia» una narración pormenorizada de cómo la enfermedad llega primero a las zonas comerciales y después se va extendiendo hasta el último rincón. 

Margaritas, autor desconocido. Hacia 1900. Dominio público.

Entonces como ahora, el gesto de encerrarse en casa como única protección real contra el virus, con la esperanza de que tú no seas el próximo. ¿No hay algo atávico en eso? ¿Cerrar la cueva a cal y canto, con la única compañía del fuego, para impedir el paso a la enfermedad? Llevamos toda la vida inventando cientos de maneras para aniquilarnos de la forma más rápida y masiva, y ahora, ante la posibilidad real de que nos llegue ese momento, lo único que tenemos es escondernos detrás de nuestras cuatro paredes y confiar, atemorizados por las noticias de fuera, en nuestros médicos y en que esto pase pronto. Hay una cierta soberbia histórica, podríamos decir, que se nos viene abajo con todo esto que vivimos.

Aunque dé miedo, aunque asuste, también podemos sacar una enseñanza de nuestra epidemia. Y creo que tendrá que ver con el hecho de esa conexión ancestral, ese ponernos en el lugar del otro, hace mil años o en el barrio de al lado, igual que con nuestro asombro frente a una naturaleza que no nos necesita, pero a la que estamos estorbando hace ya mucho. Necesitamos recuperarnos en el lugar del otro. 

Por eso, a mí me gusta mucho dejarme llevar por estos pensamientos mientras hago la gimnasia con mi hijo. Veo a esos niños del imperio romano o a los del Burgos medieval, intentando superar la claustrofobia y el aburrimiento. Veo a sus padres lidiando con el día a día de una cosa incompresible y que, pese a todo, se abre hueco en nuestra normalidad. Veo a Procopio escribiendo que los líderes de los partidos del Senado dejaron a un lado sus ideas para ponerse a trabajar con el emperador en pro de la salud de la ciudadanía. 

Desde la antigüedad griega hasta nuestros días hay más de tres docenas de epidemias documentadas. Algunos siglos incluso sufrieron una cada cuatro o cinco años. Podríamos decir, entonces, que solo nuestra estupidez nos ha llevado a pensar que esto eran cosas del pasado o de países subdesarrollados. Las más mortíferas de las recientes fueron la mal llamada gripe española de 1918, con casi 100 millones de fallecimientos en todo el mundo, y el SIDA, con 30 millones hasta el momento.

Así, que veo a mi hijo cuando hace el circuito y parece que instintivamente el ejercicio que más le gusta es el de pasar por dentro de la cueva. A veces, tengo que entrar yo también a sacarlo y ni por esas. Como si nos viniese de una memoria colectiva y arcaica. Una cueva de juguete estimulando el cerebro reptiliano de mi hijo para enseñarle a sobrevivir.  

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