Palabras para la tribu

Diario de una epidemia 21 –

Cada día, cuando me siento delante del ordenador a escribir estas líneas, me digo lo mismo: qué sentido tiene todo esto en un momento en el que se está sufriendo muchísimo y de verdad. ¿No estaré frivolizando lo que va camino de ser la mayor crisis social y económica de nuestras vidas? ¿O acaso, como decía el protagonista de la película Fresa y Chocolate cuando acepta hacerse amigo del escritor Reinaldo Arenas para espiarle, me estaré volviendo un hijoputa?

En serio. Todos los días se forma el mismo nudo en el estómago. Por un lado, estoy deseando trabajar en la nueva entrada, sacar toda la acidez y la ironía acumulada para reírme un rato, o simplemente ver lo absurdo en que se ha convertido todo de una forma más absurda aún, o sea, más cabal, si cabe. Pero, por otro lado, me siento mal. Me vienen los remordimientos y me culpabilizo por no estar escribiendo con más crudeza, más pegado al dolor de tantas y tantas personas.

Y es que tengo la sensación de que la literatura, la de verdad, pienso yo en esos momentos, la que aguantará el paso del tiempo, es aquella que pone voz a los desamparados, la que denuncia los abusos ejercidos contra los débiles, la que se hace cargo del dolor de los que nada tienen, de los cualquiera. En este sentido, el escritor es como una especie de artesano que junta las piezas para amplificar el sonido que vibra en ellas y transformarlo en música.

Pero creo que hay una falsa dicotomía entre arte comprometido y arte de evasión, que es en última instancia a lo que se refieren mis remordimientos, a la idea clásica de que para denunciar el mal, uno tiene que obviar todo artificio, hablar el lenguaje del pueblo, dicen algunos, y ser de este modo accesible, como si el pueblo fuese idiota y no apreciase las cosas bellas.

Entonces, pienso que lo que yo estoy haciendo con este diario es todo lo contrario de ese compromiso, que en realidad me estaría encerrando en la famosa torre de marfil de los poetas, aunque en una versión menos refinada, hablando todo el rato de cosas muy abstractas, con un lenguaje elaborado, o diciendo tonterías, para fijarme solo en lo superficial. Naturalmente, tirando de este hilo, mis pensamientos me llevan hasta la constatación de que me puedo permitir esto por mi posición acomodada (aunque sea mentira), porque soy hombre hetero y blanco o, en definitiva, porque gozo de algún tipo de privilegio. 

Cactus, autor desconocido. Hacia 1900. Dominio público.

Llegados a este punto, con todo el bajonazo, lo único que pienso es: entonces, para qué escribir. O como lo dijo un grande entre los grandes a finales del siglo XVIII, el poeta alemán Friedrich Hölderlin: «para qué un poeta en tiempos mezquinos». Y en ese momento, dejo de escribir.

Porque si hago caso a mi sentido de la culpa, debería estar narrando lo mal que lo estamos pasando todos. Tendría que denunciar la desigualdad socioeconómica que hace que a unos les afecte más que a otros esta crisis. Debería hablar de las familias que han agotado ya sus ingresos y están confinadas con miedo y hambre, de la niña que no tiene internet en casa y no puede seguir los deberes de su cole como el resto, de la cajera que se juega la salud en el supermercado por un salario de miseria, del autónomo que ha perdido todos los clientes o al que ya no le paga más la única empresa para la que facturaba, por ejemplo. Ellos son la realidad. Sin embargo, no lo hago o al menos, no directamente, de modo que me sitúo fuera de lo real. 

A veces, por eso, me cuesta mucho retomar la escritura. Le doy vueltas y vueltas a las frases hasta que voy encontrando de nuevo el punto en el que creo que todo encaja. Pero la culpa, el remordimiento, la sensación de estupidez, de estar fuera de lugar, incluso de ser un pijo arrogante y superficial sigue estando ahí. A veces, borro lo que tuviera escrito y ya está. 

Pero, ¿entonces no se puede apreciar la belleza del David sin conocer la historia política detrás? ¿Qué hay de libros como El Quijote, concebido como novela para el entretenimiento? ¿O La Peste, de Camus, por poner el ejemplo de un intelectual absolutamente comprometido con las causas débiles de su tiempo? Normalmente, en estos casos me vienen a la cabeza algunos escritores que son referencia para mí y que, de alguna u otra manera, han respondido a esta misma pregunta. Un día hablaré de ellos, pero ahora no quiero meterme en consideraciones estéticas, pues este tema ha sido tratado ampliamente y tiene mucha, pero que mucha tela donde cortar. Solo diré que, de todas formas, sus respuestas no lo son de forma directa. No son una receta ni tampoco una definición. Más bien se trata de reflexiones que sugieren, inspiran o apuntan hacia ideas interesantes. Pero la cuestión esencial de seguir escribiendo o no, de resistir al sinsentido del mundo, sigue dependiendo de uno mismo. Así, que nada ni nadie te libera de estar en esa cuerda floja todo el rato.

Sin embargo, hay veces que todo me suena bien y lo mismo que antes no me sirvió para animarme, ahora me abre las puertas del conocimiento. Eso me pasó la otra tarde cuando hablaba de todo esto con mi hermano. Le expliqué mis tribulaciones y él, con su típica manera de racionalizar las cosas, me dijo que no era lo mismo hablar para la plaza pública que contarle historias a la tribu. No usábamos ni el mismo lenguaje ni le dábamos el mismo sentido, pues también la tribu necesita contarse unas historias, por la noche junto al fuego, que le hablen de otras partes de su ser y de sus cuerpos, desde otras perspectivas, donde quepa la ironía y el humor, el absurdo y el contrasentido, la burla y el sarcasmo, la fantasía, la épica, la poesía… 

Esto, que a muchos les resultará una obviedad, a mí me clarificó aquella tarde. Como mi hijo, pensé, que necesita su cuento antes de irse a dormir. Desde entonces, intento recordar también esas palabras de mi hermano cada vez que me asaltan las dudas. Con que solo sirvieran para esto mis historias, ya sería más que suficiente.

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