Conversaciones con mi hijo

Diario de una epidemia 20 –

Ahora que mi hijo está empezando a hablar, a decir frases con coherencia, he decidido inculcarle desde el principio el amor por la lengua. Así, que a menudo le digo que si nos fijáramos en la etimología de las palabras, en el uso que hacemos de ellas, tendríamos una buena guía para nuestro paso por el mundo. También un antídoto potentísimo contra la manipulación y los malentendidos. Y un clavo ardiendo al que aferrarnos en estos días de espera suspendida. Él me mira e intenta separar en sílabas «esternocleidomastoideo».

El otro día, durante la comida, lo dedicamos a la palabra «epidemia». Le expliqué que proviene del griego «ἐπιδημία» y significa ‘estancia temporal en una población’. Su origen nada tiene que ver con el nombre o con la peculiaridad de una enfermedad. Al contrario, era el término que usaban los viajantes, aquellos que iban de un lugar a otro, como los médicos que en aquella época, en la antigua Grecia, eran itinerantes.

Y como ya le empieza a interesar la mitología, le hablé de Hipócrates, el famoso médico del juramento que hoy en día prestan los profesionales. Le conté que escribió en el año 400 antes de Cristo un libro llamado Epidemias. El título precisamente se refiere al conjunto de andanzas suyas por distintas ciudades tratando diversas enfermedades. Y le advertí que, aunque es de aquí de donde proviene nuestro actual significado, tendrían que pasar varios siglos, casi dieciocho, hasta que en el XIII de nuestra era aparezca por primera vez en castellano la palabra «epidemia». 

Entonces, el niño cogió los playmobil y los metió en su coche. Rápidamente le dije que sí, que efectivamente, desde el principio de los tiempos, la enfermedad estuvo ligada a los viajes. El desplazamiento por diferentes países y lugares como fuente de peligro para el cuerpo humano. Y le aclaré que nada más en las antípodas de nuestro imaginario en un mundo globalizado. 

Almendros, autor desconocido. Hacia 1900. Dominio Público.

Estupefacto, comprobé cómo me daba la razón en todo, para después añadir con su gracioso tono de tres años que quién no se ha recomendado a sí mismo un viaje por salud en algún momento de su vida. Para descansar o desconectar, para encontrarse a sí mismo o cambiar de onda, continuó, el viaje está hoy en día en el centro de nuestra vida. Incluso yo, papá, se puso como ejemplo, a mi edad he viajado ya dos veces en avión. A lo que solo pude responderle que así era, y que encima, cada vez más millones de personas se veían obligadas a viajar a diario cientos de kilómetros por motivos de trabajo. ¿Alguien se atrevería a sostener que el viaje es hoy la fuente de algún mal? A lo sumo, de la contaminación, me interrumpió él, añadiendo que esto es algo que empezamos a reconocer con la boca pequeña, pues supondría limitar nuestros placeres hasta un punto que igual no estamos dispuestos a aceptar. Y siguió jugando con los muñecos mientras se metía una cucharada de sopa en la boca.

Y es que es cierto. La etimología, que es casi mágica, persiste ahí. Y por más que nos empeñemos, no podemos despreciar miles de años de hábitos culturales y costumbres, que no son más que la base del significado de una palabra. Pero esto no se lo conté. Me pareció que todavía no estaba preparado para escuchar algo así.

Luego recordé un artículo que había leído recientemente en internet. Tal y como desveló el semanario alemán Der Spiegel a mediados de marzo, nuestra epidemia comenzó sus andanzas por Europa en una pequeña estación de esquí de los Alpes austríacos. En Ischgl, para más señas. Uno de los lugares más pijos y de moda entre la gente adinerada de todo el continente. Tanto, que incluso van a pasar allí sus vacaciones de invierno (esa sana costumbre norteuropea de darse dos semanas libres en febrero) islandeses y escandinavos, junto a alemanes, checos, daneses y holandeses, entre otros. 

Al parecer, según investigó el periodista, en esa pequeña población ya se tuvo constancia de casos del COVID19 a finales de febrero, justo en plena temporada alta. Pero no hay que ser un lince para imaginarse lo que sucedió. El gobierno consideró que la posibilidad de expandir un virus era algo menor en comparación con la economía austríaca, muy dependiente del deporte de invierno. Así, que emitieron varios comunicados diciendo que no pasaba nada, que solo afectaba la enfermedad a personas mayores y que era bastante improbable que hubiese contagios en aquella población. El resultado fue que a principios de marzo, cuando aún la situación en Italia parecía una tontería, y en España nos creíamos invencibles pasando chistes sobre chinos por los grupos de wasap, se dieron los primeros casos en Islandia, Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia, Alemania, Holanda y República Checa, todos provenientes de los fantásticos resort de Ischgl, en Austria. Repito lo de Austria porque hace una semana el primer ministro de ese país, junto a los de Holanda y Alemania, se negó a prestar ayuda a los países del sur. Por cierto, que en los tres gobiernan las derechas liberal conservadoras, por si esto le dice algo a alguien. Pues bien, según el reportaje, todo ello se ocultó hasta pasada la segunda quincena del mes de marzo. Es más, el resto de países ya habían introducido la ciudad alpina entre los lugares de alto riesgo, cuando el gobierno austríaco estaba todavía alentando la llegada de turistas a sus pistas de esquí. De hecho, recientemente se anunció una querella contra el estado austríaco por parte de más de 400 turistas de distintos países que fueron contagiados en aquellos días. 

Así, que una pequeña localidad vacacional, uno de nuestros lugares de paso, fue el ventilador del virus hacia el resto de Europa. Nunca antes la etimología de una palabra se ha mostrado tan fiel a los hechos.

Sin embargo, consideré que aquí ya nos podríamos meter en política internacional y salirnos del tema de la filología, que era lo que a mi hijo le estaba interesando en esos momentos, por lo que tampoco le mencioné lo del artículo, no fuese a liarse con conceptos tan complejos. Además, pensé, cómo se le explica a un niño de tres años que había unos señores que sabían que la gente iba a enfermar, pero decidieron que el dinero era lo primero. Difícilmente, ¿verdad? 

3 comentarios sobre “Conversaciones con mi hijo

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  1. ¡Muy interesante, Carlos, gracias!, me siento muy orgullosa de haberte conocido como estudiante en el Isabel de España de Las Palmas, ¿lo recuerdas? Enhorabuena por tus ideas, por tus escritos y por tu hijo.., ¡que tengas una buena vida…!👍👌✌❤👋😍😘😘😘

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