Ahora es dentro de mil años

Diario de una epidemia 19 –

El espejo es otro de esos lugares que se ha enrarecido últimamente. Esta mañana me he mirado y no sabía si seguía siendo yo o, por el contrario, aparecía ante mí aquella persona que fui hace veinticinco días. Físicamente no es que haya cambiado mucho, pero hay algo dentro que se ha movido.

Entonces, me acordé de aquel peliculón que era Trainspotting y de una frase que suelta Mark Renton, el protagonista. El tipo, cansado de la vida marginal que lleva, metido en la heroína y con varios amigos que han muerto, decide irse de fiesta a una discoteca. Se ve a la legua que se siente extraño, aunque eufórico, entre una música que no es su estilo y un ambiente que le resulta totalmente nuevo. Entonces, justo antes de ver a la que será su gran amor, enuncia su teoría del presente: «el mundo está cambiando, la música está cambiando, las drogas están cambiando, incluso los hombres y las mujeres están cambiando, dentro de mil años ya no habrá tíos ni tías, solo gilipollas».

Allí, frente al espejo de mi cuarto de baño, con mi rostro coronado de salpicaduras de agua en una imagen que la luz amarillenta volvía como gastada, pensé que ese reino de los gilipollas estaba siendo aquí y ahora. Ya había cambiado el mundo. Ya habían pasado los mil años de Trainspotting. O igual no había sido necesario. 

No lo pensé tanto por las toneladas de bulos, noticias intoxicadas y comentarios maliciosos que nos estamos tragando todo el día, ni por el nivel de narcisismo exagerado que estamos alcanzado, en el que yo también me incluyo, claro. Ni siquiera se me vino eso a la cabeza a propósito de ciertos representantes públicos con aires de psicópata que se atreven a reclamar para hoy lo que ayer aniquilaron. No. Simplemente, me miré al espejo y constaté que estaba perdiendo peso, y que en medio de la peor crisis de nuestra historia, solo podía hablar de esto.   

Es decir, confinado, sin apenas moverme y picoteando de puro aburrimiento a cada hora, estoy bajando peso, incluso tengo menos barriga. Sin embargo, los últimos cuatro años, estando en la vorágine política, estresado todo el rato y constantemente fuera, cogí cerca de diez kilos. Tal cual. ¿No es esta la imagen misma de la gilipollez más absoluta, darse cuenta de esto en esta situación? ¿No es a esto, precisamente, a lo que se refería el bueno de Renton, un mundo en el que ya no se distingue un orden lógico, en el que todo parece lo mismo porque nada permanece inmóvil? ¿No es ese mundo en el que un tío como Abascal se pasa años chupando de fundaciones públicas fantasma para venderse ahora como un audaz antisistema? 

Hojas, autor desconocido. Hacia 1900. Dominio Público

Los espejos, si no es en los probadores de H&M o en el laberinto de las ferias, nunca mienten. Así, que me quedé un buen rato escudriñando mi imagen, viendo si el gilipollas que tenía delante era el de ahora o el de hace meses, pues no estaba en condiciones de saberlo. Y la pregunta era relevante. No se trataba de cualquier tontería, de un acertijo estúpido para pasar el tiempo. Muy al contrario, adivinar aquello se volvió fundamental.

La cosa tenía una importancia de primera línea porque las consecuencias sobre mí mismo podían llevarme por un terreno o por otro. Si fuera el gilipollas de antes, aun tendría una oportunidad para cambiar. Podría cogerme por los hombros y decirme cuatro cosas, hacerme comprender que para cambiar políticamente algo hace falta más que voluntad y el mal llamado empoderamiento, dejar los miedos a un lado y pillar el toro por los cuernos, hacerme cargo de mi propia gilipollez y dejar a un lado la de los demás. Si fuera el gilipollas de antes, me lo llevaría a la terraza a tomar un poco el aire, me invitaría a una cerveza escuchando Song for my Father, de Horace Silver, y haría que se me quitara tanta tontería. Pero si fuera el de ahora, ay, pobre del gilipollas de ahora, porque con ese sería imposible hablar, más pendiente del wasap y de la tele que de comprenderse en estos tiempos. A él tendría que agarrarlo de una oreja y meterlo bajo el grifo para ver si espabilaba. Habría que ponerle los puntos sobre las íes, decirle que dejara de hacer como si siempre llevara la verdad, que se tranquilizara un poco y empezara a ver el lado bueno de las cosas. Si fuera el gilipollas de ahora, le haría escribir cien veces en la pared no te mires el ombligo. 

Después de un buen rato, mi chica llamó a la puerta del baño, el niño tenía que hacer caca y eso es algo que está por encima de cualquier disquisición, sobre todo, si el pobre sufre estreñimiento. De modo, que se acabó la intimidad. Pero según entraban, me eché un último vistazo, clavando mis ojos contra mis ojos, buscando ese gesto, ese leve parpadeo que delatase de una vez por todas al tipo que tenía delante. Vi que las ojeras que me acompañan desde hace tres años se habían difuminado un poco. Me pareció que las patas de gallo que me estaban saliendo las tenía ahora un pelín más tersas. La mirada en general, por un segundo, me resultó más despejada y serena que de costumbre. 

Aunque debió de ser solo una breve sensación, pues reconozco que, aun creyendo ver la sonrisa burlona del gilipollas de antes, no puedo asegurarlo por completo. En el último momento, me vi una cana extremadamente larga y descocada en una ceja. Mal asunto, pensé. Pronto empezamos. Y entonces, me vinieron las mil y una inseguridades del gilipollas de ahora. Menos mal que, por lo menos, mi hijo hizo caca.  

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