Pigmalión

Diario de una epidemia 18 –

Nadie que no lo esté viviendo puede imaginarse lo agotador que es pasar con un niño de tres años el confinamiento. Física y mentalmente acabas al final del día como un guiñapo. Es un ritmo diferente, una dimensión temporal totalmente ajena a la de los adultos, una percepción del mundo inexpugnable para nosotros que ya nos hemos hecho mayores.

No quiero resultar quejica ni parecer desconsiderado hacia todos aquellos que lo están pasando verdaderamente mal. Y para que quede claro, diré que me siento totalmente afortunado y hasta privilegiado por tener a mi hijo y vivirlo como lo estamos haciendo, etcétera, etcétera, etcétera. Me arrancaría muchos días la piel a tiras si supiera que eso podría darnos un ratito de respiro. Tanto a mí como a mi chica. Y, por supuesto también también para él. Porque el pobre tiene que llevar también a estas alturas la suya.

Ya he contado otras veces cómo desde el primer día nos organizamos con un estricto plan de trabajo y tiempo libre para poder atender nuestras obligaciones al tiempo que cuidamos del niño. Sin embargo, a veces ni eso ayuda. Es admirable la insistencia que demuestra por cumplir sus deseos. Si es el momento de jugar, no para hasta que estés haciendo exactamente lo que él considera en su formulación del mundo que es jugar. Incluso hay situaciones en las que, estando ya con él metido en faena, construyendo un barco con los lego o montando su trenecito de madera, se para un momento, me mira y, como contrariado por algo que ignoro, me suelta imperioso: papá, vamos a jugar. 

Pero también resulta muy bonito ver cómo la imaginación se va despertando en él. Supongo que será así en todos. Lo que pasa es que hasta hace aproximadamente unos meses era mucho más literal, se quedaba con las cosas al pie de la letra. Si tenía un muñeco en la mano no sabía muy bien qué hacer con él, aparte de actuar como si fuera real. Ahora, por el contrario, ya empieza a imitar nuestros juegos de personalidades, y se va inventando poco a poco conversaciones entre varias figuritas, basadas siempre en las situaciones que nosotros le hemos propuesto. Y por ese mundo que se le está abriendo, parece asomarse también un incipiente sentido del humor, con sus pequeñas bromas y sus hipérboles. Si de bebé me sorprendía ese pequeño pack con el que al parecer nacemos, que rápidamente te sirve para aceptarlo en tu vida a base de sentar cátedra afirmando todo el tiempo que los niños son así o asao, subiendo puntos a gran velocidad en la escala padre, ahora me maravilla que casi todo lo que desarrollamos es parte de un aprendizaje. Todo lo aprendemos por imitación. O casi todo.

Palmeras, autor desconocido. Hacia 1900. Dominio público.

Y eso resulta muy cansado. Porque siempre, en la modernidad, se ha hablado de Pigmalión desde el punto de vista terrible de la estatua que toma conciencia de ser una creación y termina rebelándose. El chaval adolescente que rompe con todo. Ahí está el mito del individualismo y la autonomía del ser humano. Pero, ¿qué hay del pobre creador, de Pigmalión? Ni siquiera Ovidio menciona lo agotador que tuvo que ser para él tener a alguien a su sombra noche y día. Esa sensación de que todo lo que hagas, todo lo que digas, incluso todo lo que calles, será copiado y repetido hasta convertirse en una parodia de tu forma de ser, es atenazante. Más aún, con los años, todo eso podrá volverse en tu contra. Porque sabes que por más que quieras darle libertad al niño y, aunque seas de los que deja hacer porque si no nos convertimos en el padre autoritario y castrador, tú siempre representarás su modelo. Al menos, durante un tiempo. 

Esto es una de las cosas que más energía me quita al terminar el día. Y no hay nada para evitarlo. Claro que no le doy más importancia. Si lo hiciera, me volvería loco. Acabaría como Casandra, desquiciada por saber cómo será el final de la historia y sin lograr que la gente te haga caso. Aquí, la historia termina con el niño ya mayor, llevando su propia vida y tú aceptando que hiciste lo que pudiste (o consumiéndote por dentro). Pero nopuedes evitarlo.

Y es que la energía de un niño es inversamente proporcional a la tuya: cuanto más cansado te encuentras, más eufórico está tu hijo. Es seguramente también el problema de tener descendencia tan tarde. Somos ya casi abuelos. Aunque también vivamos hoy en día mucho más. Aunque nos conservemos en mejor forma durante más años. Da igual. Tengo la sensación de que nuestro cerebro no está preparado. Por eso, espero que este apunte valga, al menos, como una sumaria recopilación de todo lo que estoy aprendiendo de mi hijo. Ojalá tengamos fuerza y posibilidades para que, una vez pasado todo esto, podamos continuar este camino.

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