Por el camino del baño

Diario de una epidemia 16 –

Después de diez días sin salir para nada, la otra tarde bajé de nuevo a hacer la compra. ¡Menuda odisea solo el llegar hasta al armario! Me levanté del sofá y con paso ligero, un tanto emocionado, me encaminé hacia el dormitorio. Pensando que lo podía resolver muy rápido, la verdad es que emprendí el viaje con lo puesto. Ahora me doy cuenta de que fui un inconsciente. Ni siquiera me despedí de mi chica ni del niño. 

Justo cuando cuando empezaba a bajar del canapé, un cojín enorme se había caído y bloqueaba el paso. Intenté moverlo, pero fue inútil. Entonces, consideré las distintas alternativas. Dar un rodeo por el ordenador supondría añadir cuatro o cinco horas más a la excursión. Así, que me decidí por destrepar y atravesar el cañón de las librerías, que tenía sus peligros, pero suponía la opción más corta. La ladera era abrupta y las últimas lluvias habían provocado corrimientos de cojines y la aparición de amplias áreas cubiertas de mantas, por lo que el terreno se había vuelto resbaladizo.  

Como pude llegué hasta la alfombra. Entonces, el espectáculo que se abrió ante mí fue digno de cualquier amante de la naturaleza. La hierba, en esta época del año, suele estar muy crecida por allí, pero, sin duda, la ausencia de seres humanos lo había vuelto todo mucho más verde y frondoso. Nunca antes había visto tan asalvajado aquel tapiz, con miles de florecitas creciendo en los límites de la mesita, y los senderos, habitualmente hollados por las pisadas, casi borrados entre cardos lilas, brotes de saúco, renuevos de zapatillas y macizos de calcetines silvestres.

El perfume embriagador de la pradera y la alegría de sentir cómo la naturaleza se recuperaba más vigorosa y vivaz que nunca, me impidieron darme cuenta de que mis pasos me habían dirigido por el camino del pasillo, hasta que de repente, un golpe seco y pesado me sacó de mis ensoñaciones. No sé todavía ni cómo pude esquivarlo. Pero de no haberme girado para atrás, me hubiera caído encima un bloque de libros que acababa de desprenderse de lo alto de una de las estanterías. Entre aquellas paredes no es raro ver cómo anidan figuras y marcos con fotos. También es bastante normal avistar ejemplares de lápices macho que se aventuran por las cumbres para hacer sus peleas y cortejos. De modo, que a menudo se producen pequeños aludes de libros y cuadernos. Sin embargo, parecía diferente esta vez. Las últimas semanas había caído abundante literatura. Las heladas nocturnas la habían apilado en ciertas grietas y repisas, de modo que sobresalían muchos volúmenes. Me fijé en el sendero y vi que, en efecto, había signos de desprendimientos recientes. Un tomo de la enciclopedia de poesía alemana. Me apresuré. Yo solo y con tan ligero atuendo era toda una invitación al peligro. Comencé a ponerme nervioso. La cosa se puso especialmente peligrosa cuando el paso se estrechó en un punto cercano ya a la puerta y tuve que brincar por entre canchales de lego y de playmobil, caídos seguramente en los últimos días. Menos mal que, al menos, me dio por ponerme las botas en lugar de los playeros, pensé. Si no, en ese momento ya hubiese tenido los pies completamente destrozados.

Flores, autor desconocido. 1898. Colección Matson. Dominio Público.

Y, arrepintiéndome de haber tenido el empuje de salir a comprar, llegué a lo alto del pasillo, exhausto, sudoroso y sediento. Es cierto que ya había recorrido la mitad del camino y que, desde aquel punto de la meseta, el resto hasta la habitación se volvía casi plano. Pero el calor comenzaba a ser insoportable, incluso a aquellas horas de la tarde. Se trata de un paraje a mucha altitud y en los días despejados, como era el caso, el sol pega muy fuerte desde las diez de la mañana hasta que se esconde por detrás del armario. Además, el efecto reflectante de los suelos de parqué hace que aquello funcione como un horno. Así, que preferí no arriesgar y hacer una parada en los manantiales del baño, que pillan muy cerca y apenas hay que desviarse un poco hacia el noreste. 

La verdad es que impresiona cómo cambia el paisaje en tan pocos metros. En cuanto desciendes hacia el cañón de la terraza, el frescor y la humedad de los bosques de cortinas alivian las altas temperaturas del pasillo. Rápidamente te adentras por los azulejos que cubren hasta la bañera con su follaje denso y, sin casi darte cuenta, terminas en la orilla del bidé, al pie del váter, manantial de manantiales. ¡Qué pura y cristalina nace por allí el agua! ¡Qué maravilla la poza helada de la surgente! 

A mí, que me encanta beber con las manos, pues considero que es uno de esos placeres arcaicos que conservamos, me supo a poco el remojón que me pegué por cara, orejas y nuca. Pensé que maldita la hora en la que me envalentoné para salir del sofá tan a la ligera, sin provisiones ni una triste cantimplora. Me quedé un rato sopesando si, tal vez, no sería mejor idea volverme para atrás y pedir ayuda a mi chica. Ya se me estaba haciendo tarde. Me dolían las piernas y la espalda y, aunque ya no me quedaba mucho, todavía tenía que entrar en la habitación.

Pero saqué fuerzas de flaqueza y emprendí de nuevo mi camino. Me puse a cantar para entretenerme y, no habría pasado más de una hora y media, cuando por fin llegué a la orilla de la cama. Allí se erguía imponente y rígida. Sólida y alta contra la ventana. En ese instante me desplomé. Las lágrimas me brotaron sin poder contenerlas. La emoción y la alegría me hicieron revolcarme por el suelo. Desde allí se divisaba ya el armario, regio y empotrado, con su contrachapado en tonos cálidos y sus pomos como el acero. No daba crédito a mis ojos. Lo había conseguido. 

En cuanto abrí las puertecillas, llamé a mi chica para notificarle que ya había llegado y me encontraba bien. De la emoción, se me olvidó lo duro del camino y las penurias que había tenido que pasar. Le hablé del camino precioso, del manantial helado. Le propuse que la próxima vez me acompañaran, que podríamos pillar la tienda de campaña para quedarnos unos días por allí. Le pedí que recordara cómo se ponen en primavera los almohadones de la cama, todo blancos y relucientes, y le advertí que eso mismo es lo que estaba viendo yo en ese preciso instante. Menudo espectáculo verlos florecer al mismo tiempo, me replicó ella, como dándome la razón. Colgamos. Entonces, me vestí, cogí las bolsas y salí a la calle.

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